Capítulo 9 - La oferta de Adrián

Adrián pidió hablar con Elena esa misma tarde.
El mensaje llegó a través de su abogado. Afirmaba tener información capaz de detener la adquisición de Blue Crown, pero solo la revelaría si Elena aceptaba reunirse con él personalmente.
Inés se opuso.
— Quiere manipularte.
— Probablemente.
— No tienes ninguna obligación de verlo.
— Pero puede conocer los códigos.
La reunión se celebró en una sala del edificio judicial. Dos cámaras grababan cada movimiento. Inés permanecía detrás de un cristal junto con los investigadores.
Adrián entró sin esposas, aunque un agente lo acompañaba. Llevaba la misma ropa de la fiesta. Se había afeitado mal y tenía ojeras profundas.
Se sentó frente a Elena.
Durante unos segundos, ninguno habló.
— Nunca pensé que llegaríamos a esto —dijo él.
— Planeaste mi muerte.
— Yo no planeé una muerte.
— Encargaste sabotear mis frenos.
— Quería provocar un incidente controlado.
— ¿Escuchas lo que estás diciendo?
Adrián bajó la voz.
— Mi madre me aseguró que Marcos colocaría un sistema para detener el coche. Pensé que te asustarías, cancelarías el viaje a Madrid y el consejo aprobaría una evaluación médica.
— Eso sigue siendo un delito.
— Lo sé.
Elena no esperaba escuchar aquella admisión.
— ¿Por qué pediste verme?
— Valeria va a quedarse con todo.
— Eso parece molestarte más que haber intentado destruirme.
— No sabes quién es.
— Sé que trabajaba para tu madre antes de que yo la contratara.
La sorpresa atravesó el rostro de Adrián.
— ¿Quién te lo dijo?
— Tomás.
— ¿Está vivo?
— Sí.
Adrián apoyó los codos en la mesa.
— Valeria se acercó a mí hace más de un año. Al principio solo hablábamos de la empresa. Me decía que tú no valorabas mi trabajo y que los inversores me consideraban un simple empleado de mi esposa.
— Y elegiste creerla.
— Porque era verdad.
— No. Era lo que necesitabas escuchar para justificar lo que ya deseabas.
Adrián apretó la mandíbula.
— Siempre tomabas la decisión final.
— Porque era presidenta y principal accionista.
— Yo convertí tus pequeños hoteles en un grupo internacional.
— Y yo te di la oportunidad de hacerlo.
La discusión se detuvo.
Adrián parecía querer regresar a los viejos conflictos, convertir la traición en una consecuencia lógica de su frustración. Elena no se lo permitió.
— Los códigos, Adrián.
Él se inclinó hacia ella.
— Blue Crown utiliza tres autorizaciones. La mía, la de Tomás y una llave principal que Valeria nos dijo que pertenecía a un administrador externo.
— Pero la llave era suya.
— Sí. Las opciones de compra requieren dos de las tres firmas. Valeria ya posee la suya y copió la de Tomás.
— ¿Puede falsificar la tuya?
— No. Mi clave se genera mediante una frase que solo yo conozco.
— Entonces dámela.
Adrián sonrió débilmente.
— Quiero un acuerdo.
— No soy fiscal.
— Puedes retirar la denuncia por el informe médico, apoyar una condena reducida y declarar que nunca creíste que el sabotaje pudiera matarte.
Elena lo miró en silencio.
— ¿Qué? —preguntó él—. Puedes salvar miles de empleos.
— Estás utilizando a los empleados como utilizaste nuestro matrimonio.
— Te estoy ofreciendo una solución.
— Me estás pidiendo que mienta para protegerte.
— Después de diez años juntos, ¿no merezco al menos eso?
Elena sintió algo romperse definitivamente.
Durante los últimos días había experimentado rabia, tristeza y decepción. Sin embargo, una pequeña parte de ella aún recordaba al hombre que había dormido en una silla junto a su cama cuando enfermó, al esposo que celebró la apertura de cada hotel y al compañero que parecía alegrarse de sus éxitos.
Ahora comprendía que Adrián continuaba considerando aquellos recuerdos como una cuenta que ella debía pagar.
— No voy a salvarte de las consecuencias de tus decisiones.
— Entonces Blue Crown ejecutará los contratos.
— Encontraremos otra forma.
— No hay otra.
Adrián se levantó.
El agente avanzó, pero Elena hizo un gesto para que esperara.
— Si Valeria obtiene Aurora —dijo Adrián—, despedirá al consejo, dividirá las propiedades y las venderá. No le interesa dirigir hoteles. Quiere convertirlos en dinero.
— ¿Cómo lo sabes?
— Porque la escuché hablar con un fondo estadounidense. Creía que yo dormía.
Elena esperó.
— Hay una grabación en nuestro ático —continuó—. Instalé cámaras ocultas cuando empecé a sospechar que Valeria me utilizaba.
— Grababas nuestra casa.
— Solo el despacho y el spa.
Elena recordó la puerta de cristal.
— ¿Por eso no te preocupó que nos vieran juntos?
— Pensaba borrar el archivo.
— Pero no lo hiciste.
— Necesitaba protección.
Todos guardaban pruebas para protegerse. Nadie había pensado en detener el delito antes de obtener una ventaja personal.
— ¿Dónde están las grabaciones?
— En un servidor privado. La contraseña está dividida entre mi reloj y un archivo guardado dentro del vídeo de nuestro aniversario.
Samuel, detrás del cristal, comenzó a trabajar inmediatamente.
— Dame la frase de autorización —repitió Elena.
— Ayúdame primero.
Ella se levantó.
— Nuestra conversación ha terminado.
Adrián perdió la serenidad.
— ¡Espera!
Elena llegó a la puerta.
— La frase está relacionada con el día en que nos conocimos.
Ella se volvió.
— No te la estoy dando —añadió—. Solo te estoy demostrando que no podrás encontrarla sin mí.
— Nos conocimos en el Aurora Grand durante la cena de la Fundación Horizonte.
— Había cientos de personas.
— Pero solo una frase escrita en la pared.
Elena recordó el vestíbulo aquella noche. Una exposición fotográfica mostraba historias de trabajadores del hotel. Sobre una pared aparecía la frase favorita de Mercedes:
La hospitalidad comienza cuando alguien abre una puerta sin preguntar cuánto dinero llevas.
— Esa es la contraseña —dijo Elena.
Adrián dejó de sonreír.
Samuel confirmó desde el auricular:
— Tenemos la primera parte.
Elena miró a su esposo.
— Utilizaste las palabras de mi abuela para proteger el dinero que me robabas.
— Elena…
— Gracias por ayudar.
Ella salió.
Samuel encontró el vídeo del aniversario en los archivos del hotel. Dentro había datos ocultos que completaban la contraseña del servidor privado.
Las grabaciones mostraban a Valeria hablando por teléfono con representantes de un fondo llamado North Atlantic Capital.
— Cuando los contratos se ejecuten, Aurora perderá liquidez —decía—. Compraremos las propiedades, despediremos a la mitad del personal y venderemos los edificios como apartamentos de lujo.
Elena reconoció hoteles donde trabajaban familias enteras desde hacía años.
También había una conversación entre Valeria y Beatriz.
— Adrián cree que serás su nueva esposa —decía Beatriz.
— Adrián cree demasiadas cosas.
— No lo subestimes.
— No lo subestimo. Solo sé que un hombre capaz de traicionar a una mujer que construyó un imperio también traicionará a la siguiente. No pienso darle tiempo.
La última grabación era más reciente.
Valeria hablaba con alguien cuyo rostro no aparecía.
— Cuando ejecute la compra, necesitaremos la firma final.
Una voz masculina respondió:
— Augusto jamás firmará.
— Augusto no será un problema.
Elena reconoció la voz.
No era Tomás.
Era Enrique Luján, el consejero que había votado contra ella.
Inés pidió su arresto inmediato, pero Enrique ya había abandonado la ciudad.
Samuel rastreó su teléfono hasta una propiedad costera cerca de Sitges.
Allí también se había detectado la conexión utilizada por Valeria.
— Tenemos una ubicación —dijo.
Elena miró el reloj.
Quedaban diecinueve horas antes de la ejecución de las opciones de compra.
La policía preparó una operación.
Pero cinco minutos después, Elena recibió una videollamada.
Valeria apareció frente a una ventana desde la que se veía el mar. A su lado estaba Augusto, sentado en una silla con las manos atadas.
— La residencia protegida fue una elección decepcionante —dijo Valeria—. Esperaba algo más seguro.
Elena sintió que el mundo se detenía.
— ¿Cómo lo sacaste?
— Enrique conserva contactos muy útiles.
Valeria colocó un documento delante de Augusto.
— Las opciones todavía necesitan una firma para superar la cláusula creada por Mercedes. Augusto puede proporcionarla.
— Nunca firmará.
Valeria levantó una pequeña pistola.
— Por eso vas a convencerlo.
La llamada terminó.
En la sala de interrogatorios, Adrián seguía esperando que Elena regresara para aceptar su oferta.
Pero ya no poseía nada que ella necesitara.
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Valeria había tomado el control del juego.
Y tenía como rehén al único hombre capaz de detenerla.