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La puerta de cristal / Chapter 1 / 15

Capítulo 1 - El regreso antes de medianoche

Elena Vargas debía permanecer en Madrid hasta el viernes por la tarde. Al menos, eso era lo que su esposo creía.

Durante cuatro días había negociado personalmente la adquisición de un antiguo palacio frente al mar, una propiedad destinada a convertirse en el establecimiento más ambicioso de Aurora Hotels, la cadena que Elena había construido desde cero. La última reunión terminó antes de lo previsto y, en vez de quedarse para la cena organizada por los inversores, tomó el primer vuelo de regreso a Barcelona.

Faltaban dos días para su décimo aniversario de bodas.

Elena imaginaba la sorpresa de Adrián cuando la viera entrar en el ático. Quizá cenarían solos, abrirían la botella de vino que guardaban desde su luna de miel y hablarían de todo aquello que habían dejado de decirse durante los últimos meses.

Adrián había estado distante, pero Elena lo atribuía a la presión del trabajo. Como director financiero de Aurora Hotels, era responsable de una expansión que involucraba millones de euros, bancos extranjeros y socios cada vez más exigentes.

Ella aún confiaba en él.

Al llegar al edificio, pidió al conductor que no avisara al personal. Llevaba un vestido negro sencillo bajo el abrigo, el cabello recogido y una pequeña maleta que dejó en el vestíbulo. El apartamento estaba extrañamente silencioso.

No había música en el salón ni luces en la cocina.

Sin embargo, desde el corredor que conducía a la zona privada del ático llegaba un resplandor cálido. Elena avanzó despacio sobre el suelo de mármol. Reconoció el aroma de las velas de vainilla que guardaba en un armario cerrado. Adrián decía que eran demasiado dulces y que le provocaban dolor de cabeza.

Aquella noche había encendido más de veinte.

Elena se detuvo frente a la puerta de cristal del spa privado.

Al otro lado se encontraba el gran jacuzzi blanco que ella había mandado construir como regalo por su quinto aniversario. Pétalos rojos flotaban sobre el agua. Dos copas de champán descansaban en el borde. Una camisa masculina, un vestido color vino y unos zapatos de tacón estaban esparcidos por el suelo.

Adrián estaba dentro del jacuzzi.

Y no estaba solo.

La mujer que lo abrazaba de espaldas tenía el cabello rubio recogido sobre la nuca. Elena la reconoció antes incluso de que girara el rostro.

Valeria Cruz.

Su directora de relaciones públicas.

Su amiga desde hacía siete años.

La mujer que había organizado la fiesta de aniversario.

Durante unos segundos, Elena no sintió dolor. Tampoco rabia. Solo una claridad absoluta, fría, casi insoportable. Cada detalle de los últimos meses encontró de pronto su lugar: las reuniones nocturnas, los viajes que Adrián no quería que ella acompañara, las llamadas que Valeria terminaba cuando Elena entraba en una habitación.

Adrián besó el cuello de Valeria.

Ella rio.

— Dentro de dos días todo habrá terminado —murmuró Valeria—. Después de la fiesta ya no tendrás que fingir con ella.

— Elena nunca sospecha nada —respondió Adrián—. Está demasiado ocupada creyendo que controla el mundo.

Elena permaneció inmóvil.

La puerta era de cristal ahumado. Desde el interior apenas podían distinguir su silueta, pero ella veía perfectamente los rostros de ambos.

— ¿Y si se niega a firmar? —preguntó Valeria.

Adrián tomó su copa.

— Firmará. Mi madre se encargará de presionarla delante de toda la familia. Y si aun así se resiste, ya tenemos preparado el informe médico.

Elena sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

¿Qué informe?

— No me gusta esa parte —dijo Valeria.

— Solo tenemos que convencer al consejo de que está agotada, confundida y tomando decisiones irracionales. Una baja temporal será suficiente. Cuando quiera reaccionar, la venta estará aprobada y el dinero habrá salido del país.

Elena apoyó una mano en la pared.

No se trataba únicamente de una infidelidad.

Adrián estaba planeando quitarle la empresa.

Aurora Hotels había nacido mucho antes de que él entrara en su vida. Elena había comenzado con una pequeña casa de huéspedes heredada de su abuela. Trabajó como recepcionista, cocinera y limpiadora hasta reunir dinero para comprar un segundo edificio. Cuando conoció a Adrián, ya tenía tres hoteles y más de cien empleados.

Él había aportado conocimientos financieros, contactos bancarios y una seguridad que entonces parecía amor.

Ahora pretendía convertir todo aquello en un arma contra ella.

Valeria se inclinó para besarle el pecho. Adrián cerró los ojos.

Sobre el borde del jacuzzi se encontraba su reloj dorado, un modelo exclusivo que Elena le había regalado el día en que lo nombró director financiero. En la parte posterior estaba grabada una frase:

Juntos construimos el futuro.

Elena abrió la puerta sin hacer ruido.

El vapor ocultó sus primeros pasos. Se acercó al jacuzzi, tomó el reloj y lo sostuvo entre los dedos.

Adrián abrió los ojos.

Su expresión pasó del placer a la incredulidad.

— Elena…

Valeria soltó un grito y trató de cubrirse con los brazos.

Elena no respondió.

Miró a su esposo, después a la mujer a la que había considerado su amiga. Ninguno de los dos parecía encontrar una explicación suficientemente rápida.

— No es lo que parece —dijo Adrián.

Elena observó las velas, las copas y los pétalos.

— Entonces debe de ser algo extraordinariamente complejo.

— Puedo explicarlo.

— Estoy segura.

Retrocedió hacia la salida.

Adrián intentó levantarse.

— Elena, espera.

Ella cerró la puerta de cristal y activó el bloqueo electrónico desde el panel exterior.

Un chasquido metálico resonó en la habitación.

Adrián tiró de la manija.

— ¡Abre la puerta!

Elena comprobó en el panel que la ventilación permanecía activa y que el botón de emergencia interior funcionaba. No pretendía causarles daño. Solo necesitaba unos minutos para pensar y evitar que Adrián llegara antes que ella al despacho donde guardaban los documentos de la empresa.

— ¡Elena! —gritó Valeria—. ¡Esto es ilegal!

— El botón de emergencia está junto a la ducha —respondió ella—. La seguridad subirá en doce minutos.

Adrián golpeó el cristal.

— Estás cometiendo un error.

Elena levantó el reloj dorado.

— El error fue regalarte algo tan caro sin comprobar qué hacías mientras lo llevabas puesto.

Entró en el despacho privado de Adrián y cerró la puerta.

El reloj era inteligente. Aunque parecía una pieza tradicional, estaba sincronizado con su teléfono y con el ordenador financiero de la empresa. Elena conocía el código porque Adrián utilizaba la fecha de su boda para casi todas sus contraseñas.

Diez años de matrimonio convertidos en seis números.

La pantalla mostró decenas de mensajes recientes.

Valeria: La transferencia está preparada.

Adrián: El sábado la obligaremos a firmar.

Beatriz: No olvides invitar a su abogado. Quiero que todos vean cómo pierde el control.

Beatriz Salazar era la madre de Adrián.

Elena sintió una punzada más profunda que la provocada por la infidelidad. Su suegra no solo conocía el plan. Participaba en él.

Abrió otro mensaje.

Era un archivo enviado por el doctor Esteban Montalvo, médico personal de la familia Salazar.

Evaluación preliminar de deterioro emocional y alteración del juicio de Elena Vargas.

El informe describía episodios que nunca habían ocurrido: desmayos, confusión, agresividad, abuso de sedantes. Al final aparecía una recomendación para retirarla temporalmente de la dirección de Aurora Hotels.

Elena fotografió cada página con su teléfono.

Después llamó a Inés Robles, la abogada que había protegido la empresa desde su fundación.

— Necesito que vengas al ático —dijo Elena—. No llames a Adrián. No informes a nadie.

— Son casi las once. ¿Qué ha ocurrido?

Elena miró la puerta del spa. Adrián seguía golpeando el cristal mientras Valeria buscaba una toalla.

— Acabo de descubrir que mi marido quiere robarme la empresa.

Hubo un silencio.

— ¿Estás segura?

— Completamente.

— Entonces no firmes nada, no lo amenaces y no le digas cuánto sabes. Estoy saliendo.

Elena colgó.

La fiesta de aniversario estaba programada para el sábado por la noche. Adrián pensaba utilizarla para presentarla como una mujer inestable delante de la familia y de los principales accionistas.

Elena abrió la lista de invitados preparada por Valeria.

Había cuarenta y siete nombres.

Añadió al notario de la empresa, al auditor externo, a los miembros independientes del consejo y a dos personas que Adrián jamás habría querido ver allí.

Después pulsó Enviar invitaciones.

En el spa, la seguridad acababa de abrir la puerta.

Adrián salió envuelto en una toalla, furioso y humillado.

— Cancela esa fiesta —ordenó.

Elena guardó el reloj dorado dentro de su bolso.

— No.

— Elena, escúchame.

— Llevo meses sin escuchar otra cosa que tus mentiras.

— Podemos arreglarlo en privado.

Ella lo miró con una serenidad que pareció asustarlo más que cualquier grito.

— Dentro de dos días celebraremos nuestros diez años de matrimonio, exactamente como estaba previsto.

— ¿Por qué?

Elena sonrió sin alegría.

— Porque tú querías una audiencia.

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Pasó junto a él y tomó su maleta.

— Yo voy a dártela.

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