Capítulo 10 - La verdadera dueña de Blue Crown

La casa se encontraba sobre un acantilado cerca de Sitges.
Según los registros, pertenecía a una empresa inmobiliaria vinculada con North Atlantic Capital. Tenía acceso directo al mar, un embarcadero privado y un sistema de seguridad diseñado para proteger a personas con fortunas mucho mayores que la de Valeria.
La policía no podía entrar de inmediato.
Valeria había conectado varios sensores a un ordenador que enviaría automáticamente las órdenes de compra si detectaba una interrupción eléctrica, una puerta forzada o la presencia de agentes en el perímetro.
— Está utilizando el mismo sistema de Blue Crown —explicó Samuel—. Si atacamos, ejecutará los contratos antes de que podamos detenerla.
— ¿Y Augusto? —preguntó Lucía.
— Podría resultar herido.
Lucía caminaba de un lado a otro en la sala de operaciones instalada dentro de una furgoneta.
— No voy a quedarme aquí mientras mi padre está atado.
Elena la tomó de los hombros.
— Si entras sin un plan, Valeria tendrá dos rehenes.
— Tú piensas entrar.
— Ella me lo ha pedido.
Pocos minutos después de la primera llamada, Valeria había enviado instrucciones. Elena debía acudir sola con los acuerdos de la habitación 407 y una declaración renunciando a cualquier reclamación contra Blue Crown.
— No puedes entregarle los documentos originales —dijo Inés.
— No lo haré.
Samuel preparó copias casi perfectas y colocó un pequeño rastreador dentro de la carpeta. También modificó la declaración para incluir una firma digital inútil.
Elena llevaba un micrófono oculto, pero Valeria conocía los procedimientos de seguridad del hotel y probablemente la registraría.
— Lo más importante es mantenerla hablando —explicó el inspector—. Necesitamos localizar el servidor y desactivar el sistema antes de intervenir.
— ¿Cuánto tiempo?
— Al menos quince minutos.
Elena observó la casa desde la carretera.
— Entonces procuraré que tenga muchas cosas que contar.
Entró a las cuatro y doce de la madrugada.
Enrique Luján la recibió en el vestíbulo. Llevaba un arma bajo la chaqueta y una expresión nerviosa.
— Dame el teléfono.
Elena obedeció.
Después tuvo que quitarse el abrigo, los zapatos y las joyas. Enrique utilizó un detector, pero no encontró el micrófono cosido dentro de uno de los botones de su vestido.
— La carpeta.
— Se la entregaré a Valeria.
Enrique la condujo hasta un salón con grandes ventanales.
Augusto estaba sentado junto a una mesa. Tenía una herida en la frente, pero permanecía consciente. Valeria se encontraba detrás de él.
Vestía un traje blanco.
No parecía una fugitiva. Parecía una directora preparada para presentar los resultados de una empresa.
— Llegaste puntual —dijo.
— Trabajaste conmigo durante siete años. Sabes que odio llegar tarde.
Valeria sonrió.
— Siempre admiré tu disciplina.
— ¿También admirabas mi matrimonio?
— Adrián nunca fue tuyo de la manera que imaginabas.
— Tampoco fue tuyo.
— No lo quería.
Elena colocó la carpeta sobre la mesa.
— Entonces, ¿por qué dormiste con él?
— Porque necesitaba que confiara en mí más que en su madre. Beatriz lo controlaba mediante la culpa. Yo lo controlé mediante la admiración.
Augusto la observó con desprecio.
— Te convertiste exactamente en lo que odiabas.
Valeria giró hacia él.
— Mi padre murió pensando que era un fracaso porque personas como usted permitieron que Rafael Vidal le robara todo.
— Intenté ayudarlo.
— Demasiado tarde.
— Igual que ahora —dijo Elena—. Estás dispuesta a destruir los empleos de miles de personas por algo que sus propietarios anteriores hicieron a tu familia.
— Aurora se construyó con oportunidades que otras familias perdieron.
— Algunos edificios tuvieron un pasado oscuro. Pero los trabajadores actuales no te hicieron nada.
— Siempre dices que los empleados son tu familia.
— Lo son.
— Entonces firma para protegerlos.
Valeria le entregó la declaración.
Elena comenzó a leerla lentamente.
Necesitaba ganar tiempo.
— Este documento te entrega las catorce propiedades y me obliga a reconocer que Blue Crown actuó legalmente.
— Correcto.
— También impide que denuncie a North Atlantic Capital.
— No necesitas comprender cada detalle.
— Eso me dijo Adrián sobre nuestra primera inversión.
Valeria perdió parte de su sonrisa.
— Firma.
— Primero libera a Augusto.
— Después.
— Necesitas su firma, no la mía.
— Necesito ambas para evitar años de litigios.
Augusto levantó la cabeza.
— No firmaré aunque la mates.
— No pienso matarla —respondió Valeria—. Quiero que vea cómo pierde lo único que ha amado más que a su esposo.
Elena sostuvo su mirada.
— Nunca amé la empresa más que a Adrián.
— ¿No?
— Trabajé más porque él decía que necesitábamos crecer. Viajé porque él insistía en que solo yo podía convencer a los inversores. Cada ausencia que utilizó para acusarme de abandonar nuestro matrimonio fue una ausencia que él me pidió.
Durante un segundo, Valeria pareció sorprendida.
— Adrián nunca te amó —dijo.
— Tal vez no. Pero tú necesitabas creer que yo merecía su traición para sentirte diferente de Beatriz.
La expresión de Valeria se endureció.
— No me compares con ella.
— Beatriz utilizó a Adrián para controlar la empresa. Tú utilizaste a Adrián para vengarte. Las dos decidisteis que él era una herramienta y que yo era un obstáculo.
— Yo no intenté matarte.
— Sabías que Beatriz había preparado un accidente.
— Su plan era contra Augusto.
— Al principio creías que era contra mí y no dijiste nada.
Valeria permaneció en silencio.
Elena vio la primera grieta.
— Encontraste la Operación Viuda —continuó—. Podías haber venido a mí. Podías haber llevado las pruebas a la policía. En lugar de eso, esperaste hasta que Adrián y Beatriz estuvieran atrapados para quedarte con Blue Crown.
— La justicia no habría devuelto la empresa de mi padre.
— Esto tampoco.
Valeria golpeó la mesa.
— ¡Mi padre se arrodilló ante el banco Salazar! ¡Le rogó a Augusto que detuviera el embargo!
Augusto cerró los ojos.
— Recuerdo aquel día.
— Tú saliste por otra puerta.
— Rafael amenazó con destruir a mis hijos.
— Y elegiste a los tuyos.
— Sí.
La honestidad de Augusto dejó a Valeria sin respuesta.
— Fui un cobarde —continuó—. Mercedes me lo dijo durante años. Ayudé a algunas personas cuando hacerlo no ponía en peligro mi vida, pero guardé silencio cuando debía hablar. Tu padre pagó por mi miedo.
— Entonces firma.
— No.
Valeria levantó el arma.
Elena miró discretamente la hora del reloj situado en la pared.
Habían transcurrido trece minutos.
Necesitaba dos más.
— Si disparas, perderás la cláusula de protección. El acuerdo transfiere automáticamente los derechos a un fideicomiso de empleados si Augusto muere bajo coacción.
Valeria miró la carpeta.
— Eso no aparecía en las copias.
— Porque Mercedes sabía que alguien como tú intentaría forzarlo.
Valeria abrió rápidamente los documentos falsos.
Mientras leía, Elena se acercó un paso a Augusto.
Enrique apareció desde el corredor.
— Tenemos movimiento fuera.
Valeria levantó la cabeza.
— ¿Policía?
— No lo sé. Los sensores no muestran nada.
Samuel estaba entrando en el sistema.
Las luces parpadearon una vez.
Valeria comprendió lo ocurrido.
— Llevas un transmisor.
Apuntó a Elena.
Augusto empujó la mesa con las piernas. Los documentos cayeron al suelo. Elena se lanzó hacia un lado cuando Valeria disparó.
La bala rompió una ventana.
Enrique sacó su arma, pero los agentes irrumpieron por la terraza. Se produjo una breve lucha. Augusto cayó de la silla. Elena se arrastró hasta él y apartó el arma que Valeria había perdido.
— ¡No te muevas! —ordenó un policía.
Enrique se rindió.
Valeria corrió hacia una puerta lateral.
Elena la siguió hasta el embarcadero.
Una lancha esperaba con el motor encendido. Valeria saltó dentro y trató de liberar la cuerda.
— ¡Se terminó! —gritó Elena.
Valeria apuntó de nuevo. Había recuperado una segunda arma escondida en la lancha.
— Para ti, quizá.
Un disparo policial impactó contra el motor. La lancha se sacudió. Valeria perdió el equilibrio y cayó al agua.
Dos agentes se lanzaron tras ella.
Elena permaneció sobre el embarcadero mientras la sacaban del mar, empapada y esposada.
Valeria no lloraba.
Miraba a Elena con una mezcla de odio y decepción.
— Podríamos haber dirigido juntas el grupo más poderoso de Europa.
— No querías dirigirlo. Querías venderlo.
— Todos venden algo.
— No todo tiene un precio.
La policía la condujo hacia la casa.
Samuel salió con el ordenador en las manos.
— Detuvimos la ejecución de las opciones. Las cuentas de Blue Crown están bloqueadas.
Lucía ayudó a Augusto a caminar.
Por primera vez desde la fiesta, Elena creyó que el peligro inmediato había terminado.
Sin embargo, Samuel no parecía aliviado.
— Encontré la estructura completa de Blue Crown —dijo.
— ¿Qué ocurre?
— Adrián y Beatriz controlaban varias sociedades. Valeria tenía la llave principal. Pero ninguno de ellos era el beneficiario final.
— ¿Quién lo era?
Samuel mostró un documento.
El nombre pertenecía a una fundación privada registrada en Panamá:
Fundación Mercedes Vargas.
Elena sintió que el aire desaparecía.
— Mi abuela murió hace doce años.
— La fundación continúa activa. Durante años recibió una parte de cada transferencia realizada por Blue Crown.
— Eso es imposible.
Augusto se acercó para leer.
Su rostro perdió todo color.
— No es imposible.
— ¿Qué sabes?
— Mercedes no creó esa fundación.
— Entonces ¿quién utilizó su nombre?
Augusto miró hacia Valeria, que era introducida en un coche policial.
— La única persona que conocía el acuerdo de la habitación 407, la historia de Aurora y todos los secretos de tu abuela.
Elena esperó.
— Tu madre.
Elena no pudo hablar.
Su madre, Isabel Vargas, había muerto en un accidente de tráfico cuando ella tenía nueve años.
Augusto tomó su mano.
— Al menos eso fue lo que Mercedes te hizo creer.
En el horizonte comenzaba a amanecer.
Adrián estaba detenido.
Beatriz había perdido el control.
Valeria ya no podía ejecutar los contratos.
Pero detrás de todos ellos existía otra persona.
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Una mujer que había utilizado el nombre de Mercedes, recibido dinero de Blue Crown y permanecido oculta durante más de veinte años.
La madre de Elena podía seguir viva.