Capítulo 2 - El hombre que aún creía tener el control

Adrián siguió a Elena hasta el dormitorio principal.
Ya se había vestido con los pantalones y la camisa, aunque llevaba varios botones mal abrochados. Detrás de él, Valeria permanecía en el pasillo envuelta en una bata blanca. Sus ojos estaban hinchados, pero Elena no sabía si lloraba de vergüenza o de miedo.
— Tenemos que hablar —dijo Adrián.
Elena abrió el armario y sacó una pequeña maleta.
— Habla.
— Lo que viste fue un error.
— No. Un error es confundir una fecha o enviar un correo a la persona equivocada. Preparar velas, champán y pétalos requiere planificación.
— Mi relación con Valeria no significa nada.
Valeria levantó la cabeza.
— ¿Nada?
Adrián le lanzó una mirada que la obligó a guardar silencio.
Elena observó aquel intercambio. Incluso cuando los habían descubierto, Adrián seguía preocupado únicamente por controlar la versión de los hechos.
— ¿Cuánto tiempo? —preguntó Elena.
— No importa.
— Entonces será mucho.
— Tres meses —respondió Valeria de pronto.
Adrián apretó la mandíbula.
— Te dije que no hablaras.
— Ella merece saberlo.
Elena cerró la maleta.
— ¿Ahora te preocupa lo que merezco?
Valeria retrocedió.
— Yo no quería que ocurriera así.
— ¿Preferías que ocurriera después de que me quitarais la empresa?
— No sé de qué estás hablando.
Elena sostuvo su mirada. La mujer intentó resistir unos segundos, pero terminó apartando los ojos.
Adrián se colocó entre ambas.
— Estás cansada. Has viajado durante horas y estás interpretando las cosas de la peor manera posible.
La frase coincidía demasiado bien con el falso informe médico.
Elena comprendió que él ya estaba representando el papel que había preparado para ella. Si gritaba, sería agresiva. Si lloraba, estaría emocionalmente inestable. Si lo amenazaba, utilizaría sus palabras ante el consejo.
Por eso se limitó a recoger su cepillo de dientes.
— ¿Adónde vas? —preguntó Adrián.
— A un hotel.
— Esta también es mi casa.
— Legalmente, el ático pertenece a una sociedad creada antes de nuestro matrimonio.
— Yo pagué parte de la reforma.
— Y recibirás la factura correspondiente durante el divorcio.
Adrián palideció.
— ¿Divorcio?
Elena lo miró.
— ¿Creías que continuaríamos casados después de esto?
— Diez años no pueden terminar por una noche.
Valeria soltó una risa amarga.
— Dile la verdad, Adrián.
— Cállate.
— Le dijiste que te divorciarías de ella después de la fiesta.
Elena observó el rostro de su esposo. Una parte de ella esperaba que negara la acusación. No porque quisiera creerlo, sino porque deseaba comprobar hasta dónde podía llegar su capacidad para mentir.
— Valeria está alterada —dijo él—. No sabe lo que dice.
— Tengo todos tus mensajes —respondió ella.
El silencio fue inmediato.
Adrián miró el reloj que ya no llevaba.
Después miró el bolso de Elena.
— Dame mi reloj.
— Fue comprado con dinero de mi empresa.
— Es un regalo. Legalmente es mío.
— Perfecto. Te será devuelto después de que mi abogada copie la información que contiene.
Adrián avanzó hacia ella.
— No tienes derecho a revisar mis mensajes privados.
Elena no retrocedió.
— En esos mensajes se habla de falsificar un informe médico sobre mí y transferir fondos de Aurora Hotels. Ya no es un asunto privado.
Valeria se llevó una mano a la boca.
— ¿Qué informe?
Elena comprendió que ella podía conocer parte del plan, pero no todos sus detalles.
Adrián volvió a perder el control.
— Todo era una propuesta de emergencia por si tu comportamiento ponía en riesgo la operación de Madrid.
— Mi comportamiento.
— Has tomado decisiones impulsivas. Te niegas a escuchar a los asesores, concentras demasiado poder y estás obsesionada con controlar cada hotel.
— Fundé la empresa.
— Y yo la convertí en una corporación seria.
La frase quedó suspendida entre ambos.
Adrián siempre había ocultado aquel resentimiento bajo elogios y palabras de admiración. En realidad, consideraba que Aurora Hotels le pertenecía porque él había organizado sus finanzas, aunque Elena hubiese creado cada propiedad, encontrado a los inversores y arriesgado todo lo que poseía.
— Ahí está —murmuró Elena.
— ¿Qué?
— La verdad. No me engañaste solo porque deseabas a otra mujer. Lo hiciste porque crees que todo lo mío debería ser tuyo.
— Sin mí habrías seguido limpiando habitaciones en el hotel de tu abuela.
— Y sin mí seguirías trabajando como analista en el banco de tu padre.
Valeria observaba la discusión como si por primera vez descubriera al hombre con quien se había relacionado.
El timbre del ático sonó.
Inés Robles entró acompañada por un experto en seguridad digital llamado Samuel Ortega. La abogada rondaba los cincuenta años, vestía un traje oscuro y tenía la capacidad de hacer que las personas se sintieran interrogadas incluso cuando solo las saludaba.
— Señor Salazar —dijo—. Señorita Cruz.
Adrián cruzó los brazos.
— Esta es una conversación familiar.
— Dejó de serlo cuando se mencionaron transferencias empresariales y documentos médicos falsificados.
Inés pidió a Elena el reloj. Samuel lo guardó en una bolsa especial para evitar que pudiera ser borrado a distancia.
— Ese dispositivo es mío —protestó Adrián.
— Recibirá un comprobante —respondió Inés—. Si desea presentar una denuncia, le recomiendo hacerlo. De ese modo podremos explicar oficialmente por qué contiene mensajes relacionados con un posible fraude.
Adrián guardó silencio.
Inés llevó a Elena al despacho contiguo.
— Cuéntamelo todo desde el principio.
Durante veinte minutos, Elena relató lo que había visto y escuchado junto al jacuzzi. Después mostró las fotografías del informe médico y los mensajes.
Inés leyó cada página.
— Esto no se preparó en una semana —concluyó—. Llevan meses, quizá años, construyendo el expediente contra ti.
— ¿Pueden quitarme la empresa?
— No directamente. Eres propietaria del cuarenta y ocho por ciento de las acciones y presidenta ejecutiva. Pero Adrián controla varias sociedades inversoras. Si consigue el apoyo de tu suegra y de dos miembros del consejo, puede suspenderte alegando incapacidad temporal.
— Beatriz no posee acciones.
— Personalmente, no. Pero administra el fideicomiso de la familia Salazar.
Elena recordó algo que había ignorado durante años. Cuando Aurora Hotels necesitó capital para adquirir tres propiedades, el fideicomiso Salazar aportó una suma importante a cambio del doce por ciento de la compañía.
Adrián siempre había insistido en que aquella inversión demostraba la confianza de su familia en ella.
Ahora podía convertirse en la llave de su expulsión.
— ¿Por qué necesitan mi firma durante la fiesta? —preguntó Elena.
Inés amplió uno de los mensajes.
— Probablemente quieren que apruebes la venta de algún activo antes de suspenderte. Tenemos que saber cuál.
Samuel entró con el ordenador.
— Encontré una aplicación oculta en el reloj. Se conecta a un servidor externo cada seis horas.
— ¿Puedes entrar? —preguntó Elena.
— Necesito tiempo, pero ya he identificado el destino. Es una empresa registrada en Malta llamada Blue Crown Holdings.
Inés se quedó inmóvil.
— Conozco ese nombre.
Sacó su teléfono y buscó un archivo.
Blue Crown Holdings había ofrecido comprar el futuro hotel de Madrid por un precio muy inferior a su valor real. Elena había rechazado la propuesta dos veces.
— ¿Quién es el propietario? —preguntó.
— Está oculto detrás de varias sociedades —respondió Inés—. Pero sospecho que Adrián controla una parte.
El plan adquiría forma.
Adrián quería obligarla a vender el proyecto madrileño a una sociedad secreta vinculada con él. Después la apartaría de la dirección utilizando el falso informe. Cuando Elena consiguiera demostrar el fraude, el activo ya habría cambiado de manos.
— Debemos cancelar la fiesta —dijo Inés—. También tenemos que convocar al consejo inmediatamente.
— No.
— Elena, todavía no sabemos cuántas personas están involucradas.
— Por eso la fiesta debe celebrarse.
Inés la observó con atención.
— ¿Qué pretendes hacer?
— Dejar que todos crean que el plan continúa.
Elena regresó al dormitorio.
Adrián estaba hablando en voz baja con Valeria. Ambos se separaron cuando ella apareció.
— La fiesta no se cancela —anunció Elena—. Tampoco voy a informar al consejo esta noche.
Adrián entrecerró los ojos.
— ¿Por qué?
— Porque no permitiré que un escándalo privado destruya la operación de Madrid. El sábado hablaremos delante de nuestras familias y decidiremos qué hacer.
Una expresión de alivio cruzó el rostro de él.
Creía que Elena aún estaba protegiendo la reputación de la empresa. Creía que su miedo al escándalo era mayor que su dignidad.
— Podemos solucionar esto —dijo Adrián, acercándose—. No tiene que terminar de manera cruel.
Elena lo dejó tomarle la mano.
— Tal vez tengas razón.
Valeria la miró, confundida.
Elena añadió:
— Quiero que vengas a la fiesta, Valeria. Después de todo, tú la organizaste.
— No creo que sea buena idea.
— Insisto.
Adrián sonrió por primera vez desde que ella había abierto la puerta del jacuzzi.
Pensaba que seguía teniendo el control.
Elena tomó su maleta y caminó hacia la salida.
Antes de entrar en el ascensor, se volvió.
— Adrián.
— ¿Sí?
— No cambies nada del programa del sábado.
— No lo haré.
Las puertas comenzaron a cerrarse.
— Quiero que la noche sea exactamente como la imaginaste.
Mientras descendía, Inés la miró.
— Has conseguido que se confíe.
Elena sostuvo el bolso contra su cuerpo.
— No. Adrián no confía en mí.
— ¿Entonces?
— Confía en que soy demasiado débil para destruir la imagen de nuestro matrimonio.
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La puerta del ascensor se abrió en el vestíbulo.
— El sábado voy a demostrarle que se equivocó.