peak
La puerta de cristal / Chapter 14 / 15

Capítulo 14 - La última jugada de Beatriz

Samuel corrió hacia el servidor principal.

En las pantallas aparecían líneas rojas indicando que cientos de archivos estaban siendo cifrados y eliminados. Isabel introdujo una contraseña, pero el sistema rechazó el acceso.

— Beatriz utiliza una clave de emergencia creada por Rafael —dijo—. Puede bloquear incluso a la fundación.

— ¿Cómo puede hacerlo desde prisión? —preguntó Elena.

— No lo hace personalmente. Ha activado a alguien fuera.

La orden había salido de una cuenta vinculada con un despacho de abogados en Madrid. La policía española irrumpió en las oficinas, pero encontró los ordenadores vacíos y al personal evacuado.

Quien ejecutaba el ataque trabajaba a distancia.

Samuel aisló una parte del sistema.

— Puedo salvar los archivos de Aurora, pero las pruebas históricas desaparecerán.

— Prioriza las víctimas —ordenó Elena.

Isabel la miró.

— Si pierdes los documentos de Aurora, continuarás siendo sospechosa.

— Mi reputación puede reconstruirse. Los nombres de personas desaparecidas no.

Samuel modificó la protección.

Elena comprendió que aquella elección separaba definitivamente su camino del de su madre. Isabel había pasado la vida protegiendo su poder para sobrevivir. Elena estaba dispuesta a arriesgar el suyo para que otros pudieran hablar.

Isabel se acercó a otro terminal.

— Existe una copia física.

— ¿Dónde?

— En Barcelona. Beatriz la conoce.

— ¿La habitación 407?

— No. Mercedes creó un segundo archivo bajo el hotel Aurora Grand.

El mismo lugar donde había comenzado la fiesta.

Isabel explicó que, durante la restauración del edificio, Mercedes mandó construir un depósito detrás de las antiguas bodegas. Allí se guardaban discos, contratos y grabaciones originales.

— Adrián dirigió la última reforma —dijo Elena—. Pudo encontrarlo.

— No conocía la entrada.

— Beatriz sí.

Elena llamó a Inés. La abogada se encontraba en el hotel coordinando la investigación y el pago de los empleados.

— Ve a las bodegas con la policía —ordenó Elena—. No toques nada hasta que lleguen los artificieros.

— ¿Por qué los artificieros?

— Porque Beatriz nunca deja una prueba sin preparar una forma de destruirla.

En Barcelona, Inés y los agentes descendieron al sótano. Tras una pared de ladrillos encontraron una puerta metálica con el símbolo de una luna.

El equipo especializado detectó explosivos en las bisagras.

El detonador estaba conectado al mismo ataque digital.

Si Samuel bloqueaba completamente la eliminación, la copia física sería destruida.

— Nos obliga a elegir —dijo él—. Archivos digitales o depósito.

Isabel comprendió la lógica.

— Rafael diseñó el protocolo. Creía que la mejor defensa era hacer que sus enemigos no pudieran salvarlo todo.

Elena observó los porcentajes de borrado.

— ¿Cuánto tiempo para desactivar los explosivos?

Inés consultó al equipo.

— Veinticinco minutos como mínimo.

El sistema digital resistiría quizá doce.

— Necesitamos detener a la persona que ejecuta la orden —dijo Elena.

Samuel rastreó pequeños errores de conexión. El operador se desplazaba, probablemente utilizando un vehículo con equipos de transmisión.

La señal apareció cerca de la prisión donde estaba Beatriz.

— Alguien salió del complejo hace diez minutos —informó la policía—. Un capellán autorizado para visitarla.

Las cámaras mostraron a un hombre vestido de sacerdote subiendo a una furgoneta.

Augusto reconoció su rostro desde Barcelona.

— Se llama Gabriel Vidal. Es primo de Beatriz.

Gabriel había administrado durante años obras benéficas de la familia. Nadie lo consideraba peligroso. Precisamente por eso era útil.

Un helicóptero policial localizó la furgoneta en una autopista. Gabriel se negó a detenerse. Activó varias rutas automáticas y continuó borrando archivos mientras conducía.

La persecución fue transmitida al centro de operaciones.

— Nueve minutos —anunció Samuel.

La policía colocó una barrera, pero Gabriel abandonó la autopista y entró en una zona industrial.

Elena llamó directamente al teléfono de la furgoneta.

Sorprendentemente, respondió.

— La hija pródiga —dijo Gabriel.

— Beatriz te abandonará cuando dejes de ser útil.

— Ella protege a su familia.

— Envió a su hijo a prisión y trató de matar a su esposo.

— Los sacrificios son necesarios.

— Eso dicen siempre quienes sacrifican a otros.

Gabriel guardó silencio.

— Si destruyes los archivos —continuó Elena—, cargarás con delitos de organizaciones que llevan décadas activas. Beatriz dirá que actuaste solo.

— Tengo instrucciones grabadas.

— Ella afirmará que fueron manipuladas. Lo hizo con mi firma, con mi informe médico y con cada persona a la que utilizó.

Elena sabía que no convencería a un fanático apelando a su conciencia. Necesitaba atacar su miedo.

— Gabriel, la policía ya conoce tu fundación, tus cuentas y las propiedades a nombre de tus hijos.

— Mientes.

Samuel buscó rápidamente sus registros.

Elena leyó una dirección.

— Avenida de los Olmos, número dieciséis. La casa está a nombre de tu hija mayor.

La respiración de Gabriel cambió.

— Beatriz ocultó dinero allí —añadió Elena—. Cuando la fiscalía lo encuentre, tu hija será investigada como testaferro.

— Ella no sabe nada.

— Exactamente. Igual que yo no sabía nada. Beatriz convierte a los inocentes en escudos.

La furgoneta redujo la velocidad.

— Desactiva el protocolo y entrega el ordenador. Tus hijos podrán demostrar que no participaron.

Gabriel dudó.

En la pantalla, el borrado alcanzó el ochenta y seis por ciento.

— Beatriz me prometió—

— Beatriz prometió a Valeria una empresa, a Adrián un imperio y a Tomás protección. Mira dónde están todos.

La furgoneta se detuvo.

Gabriel salió con las manos levantadas.

Samuel recibió el control remoto y canceló la eliminación cuando quedaban solo treinta segundos.

En Barcelona, los artificieros desarmaron el detonador.

El depósito se abrió al amanecer.

Dentro había cajas con documentos que se remontaban a cuatro décadas. Fotografías de víctimas, contratos de empresas robadas, grabaciones de Rafael y registros de pagos ordenados por Beatriz.

También encontraron un vídeo de Mercedes.

La mujer aparecía sentada en la habitación 407 pocos meses antes de morir.

— Elena —decía—, quizá algún día descubras que las personas a las que amaste cometieron actos que no puedes perdonar. No permitas que el amor te obligue a negar la verdad. Pero tampoco dejes que la verdad destruya todo lo bueno que aprendiste de ellas.

Elena vio la grabación desde Lisboa.

Isabel permanecía a su lado, llorando en silencio.

— Ella nunca dejó de esperarte —dijo Elena.

— Lo sé.

— Y tú la dejaste morir sin volver.

Isabel no intentó defenderse.

— Sí.

Aquella simple aceptación fue más dolorosa que cualquier excusa.

La policía portuguesa arrestó formalmente a Isabel por blanqueo de capitales, falsificación y asociación criminal. El acuerdo de cooperación permitiría que recibiera tratamiento médico mientras entregaba pruebas, pero no evitaría el juicio.

Antes de que se la llevaran, entregó a Elena la llave de luna.

— Era de Mercedes antes de ser mía.

Elena cerró la mano.

— No sé si volveré a verte como mi madre.

— No te lo pediré.

— Pero testificaré para que recibas tratamiento.

Isabel sonrió con tristeza.

— Eso es más de lo que merezco.

En España, Beatriz fue informada del fracaso del protocolo.

Por primera vez desde su arresto, pidió hablar con un fiscal.

Ya no para negociar la libertad.

Sino para impedir que Gabriel y los archivos revelaran algo aún peor.

Entre las cajas del Aurora Grand había una lista de accidentes, desapariciones y muertes relacionadas con la familia Vidal.

El primer nombre pertenecía al padre de Valeria.

El último era Mercedes Vargas.

May you like

La muerte de la abuela de Elena quizá no había sido natural.

Y Beatriz sabía quién había estado con ella durante sus últimas horas.

Related Stories

Other posts