Capítulo 6 - El hombre que debía morir

La policía evacuó el Aurora Grand poco después de medianoche.
Los invitados abandonaron el hotel entre cámaras, sirenas y preguntas que nadie estaba autorizado a responder. Algunos familiares de Adrián trataban de ocultar el rostro. Los miembros del consejo permanecieron en una sala custodiada mientras los inspectores recogían teléfonos, ordenadores y documentos.
Adrián y Beatriz fueron trasladados en vehículos separados.
Antes de subir al coche policial, Adrián volvió la cabeza hacia Elena. Ya no parecía el hombre seguro que había pronunciado un discurso romántico frente a decenas de invitados. Tenía la camisa arrugada, las muñecas esposadas y una expresión de incredulidad.
— Esto también va a destruirte —le dijo.
Elena permaneció junto a la entrada.
— Lo que me habría destruido era seguir creyéndote.
Los agentes cerraron la puerta.
Beatriz no dijo nada. Solo miró a Augusto desde el interior del segundo vehículo. No había tristeza en sus ojos. Tampoco sorpresa.
Había una advertencia.
Augusto se encontraba sentado en el vestíbulo, acompañado por Lucía. Parecía haber envejecido en una sola noche. Sostenía con ambas manos el papel encontrado en el bolsillo de Marcos.
El objetivo siempre fue Augusto Salazar.
— ¿Por qué querrían matarte? —preguntó Lucía.
Augusto no respondió.
Elena se acercó.
— Beatriz mencionó una caja fuerte en la habitación 407.
El hombre levantó lentamente la cabeza.
— ¿Dijo exactamente eso?
— Sí.
— Entonces sabe que la verdad no permanecerá escondida mucho tiempo.
Inés se cruzó de brazos.
— Señor Salazar, su esposa y su hijo intentaron utilizar documentos falsos para apartar a Elena de su empresa. También existe un dispositivo explosivo instalado en un coche. Si conoce información relevante, este no es el momento de proteger secretos familiares.
Augusto apretó el papel.
— No trataba de proteger a Beatriz.
— ¿A quién protegía?
— A Elena.
La respuesta dejó a todos en silencio.
Antes de que pudiera explicar más, Samuel apareció acompañado por un inspector.
— Marcos está vivo —anunció—. Lo trasladaron al hospital. Presenta un traumatismo en la cabeza y restos de una sustancia sedante en la sangre.
— ¿Puede hablar? —preguntó Elena.
— Recuperó la conciencia durante unos minutos. Preguntó por Augusto.
El inspector les permitió desplazarse al hospital bajo escolta.
Marcos Leiva ocupaba una habitación custodiada. Tenía la cabeza vendada, un corte sobre la ceja y una vía intravenosa conectada al brazo. Cuando vio entrar a Elena, trató de incorporarse.
— Lo siento.
— ¿Colocaste el explosivo? —preguntó ella.
Marcos cerró los ojos.
— Sí.
Lucía dejó escapar un sonido ahogado.
— ¿Por orden de Adrián?
— Al principio, Adrián me pidió que provocara un fallo en los frenos. Dijo que nadie debía morir. Según él, el coche se detendría antes de salir del garaje y el incidente serviría para demostrar que Elena estaba tomando decisiones sin revisar la seguridad.
Elena sintió repulsión.
Incluso el supuesto plan no mortal pretendía convertirla en una mujer irresponsable.
— ¿Cuándo apareció la bomba?
— Ayer por la tarde. Tomás Vidal vino al garaje con un maletín. Me ordenó instalar el dispositivo bajo el asiento del conductor.
— Tomás estaba en la fiesta —dijo Inés.
— Se marchó poco antes de la votación —respondió Samuel—. Su teléfono está apagado.
Marcos miró a Augusto.
— Me dijeron que Elena conduciría el coche, pero después escuché a Tomás hablando con Beatriz. Ella pensaba pedirle a Elena que llevara a Augusto a casa después de la fiesta. El explosivo tenía un sensor de peso configurado para activarse únicamente cuando alguien se sentara en el asiento del acompañante.
Augusto palideció.
— Querían que murieras junto con Elena —murmuró Lucía.
— No —corrigió Marcos—. El temporizador permitía que la conductora saliera del vehículo durante una parada programada. Tomás había organizado una falsa avería cerca de la salida. Elena debía bajar para revisar una rueda. Augusto permanecería dentro.
Elena comprendió la frialdad del plan.
Ella habría sobrevivido para cargar con la culpa. Los periódicos habrían contado que el padre de su esposo murió en su coche, poco después de votar a su favor. Adrián y Beatriz podrían haber presentado el atentado como una acción desesperada de Elena para controlar la empresa.
— ¿Por qué desactivaste el dispositivo? —preguntó.
— No soy un asesino.
— Pero aceptaste sabotear mis frenos.
Marcos bajó la mirada.
— Adrián tenía pruebas de que yo había utilizado dinero de la empresa para pagar las deudas médicas de mi hijo. Pensé que solo quería asustarte. Cuando vi la bomba, comprendí que nunca me dejarían salir del plan.
— ¿Quién te atacó?
— Tomás. Me encontró intentando desconectar el detonador.
Marcos sacó con dificultad una pequeña llave de debajo de la almohada.
— Se la quité durante la pelea.
La llave llevaba grabado el número 407.
Augusto la reconoció inmediatamente.
— Es la segunda llave de la caja fuerte.
— ¿Quién tenía la primera? —preguntó Elena.
— Tu abuela.
Elena pensó en Mercedes Vargas, la mujer que la había criado después de la muerte de sus padres. Mercedes había sido estricta, trabajadora y extremadamente reservada cuando se hablaba de la familia Salazar.
— Mi abuela nunca mencionó una caja fuerte.
— Porque me prometió que solo la abrirías si Beatriz intentaba quedarse con Aurora Hotels.
— Ya lo ha intentado.
Augusto asintió con tristeza.
— Entonces ha llegado el momento.
El inspector tomó declaración formal a Marcos. La policía emitió una orden de búsqueda contra Tomás Vidal y envió unidades a sus domicilios, oficinas y propiedades. Sin embargo, Tomás llevaba horas de ventaja.
Antes de abandonar el hospital, Augusto pidió hablar a solas con Elena.
Lucía quiso quedarse, pero su padre negó con la cabeza.
— Lo que voy a decir pertenece primero a Elena.
Cuando la puerta se cerró, Augusto contempló durante unos segundos sus manos.
— Tu abuela y yo nos conocimos mucho antes de que tú nacieras. Ella dirigía una pequeña pensión cerca del puerto. Yo era un joven empleado del banco de mi suegro.
— ¿Qué tiene eso que ver con Aurora?
— Todo.
Augusto explicó que el padre de Beatriz, Rafael Vidal, utilizaba el banco familiar para mover dinero procedente de sobornos, empresas falsas y operaciones inmobiliarias. Mercedes descubrió que una de aquellas sociedades pretendía comprar su pensión por una cantidad ridícula para convertirla en parte de una operación de blanqueo.
Ella se negó a vender.
Rafael trató de arruinarla.
— Yo encontré documentos que demostraban el fraude —continuó Augusto—. Se los entregué a Mercedes. Con esa información consiguió proteger la propiedad y negociar un préstamo legítimo. Aquel edificio se convirtió años después en el primer hotel Aurora.
— ¿Tú pagaste mi primer hotel?
— No. Tu abuela lo hizo. Yo solo impedí que mi familia política se lo robara.
— Beatriz dijo que debía preguntarle a Mercedes quién lo había pagado realmente.
— Porque su familia siempre consideró que Aurora les pertenecía. Para ellos, cualquier negocio que sobreviviera a Rafael Vidal debía pagar un precio.
Augusto sacó una cadena que llevaba bajo la camisa. En ella colgaba una pequeña llave plateada.
— La caja fuerte necesita dos llaves. La de Marcos pertenecía a Tomás. Esta era la mía.
Elena observó ambas.
— ¿Cómo obtuvo Tomás una llave de mi abuela?
— Mercedes murió creyendo que la original seguía escondida. Alguien debió encontrarla entre sus pertenencias.
— ¿Qué contiene la caja?
— El acuerdo que demuestra quién posee realmente una parte del fideicomiso Salazar. Grabaciones de Rafael Vidal. Documentos sobre Beatriz y Tomás. Y una carta que Mercedes escribió para ti.
Elena sintió que el pasado se abría bajo sus pies.
— ¿Por qué querían matarte esta noche?
Augusto levantó los ojos.
— Porque mañana pensaba entregar mi declaración a la policía y disolver el fideicomiso que Beatriz controla en mi nombre. Sin mi firma, ella perderá sus acciones en Aurora y gran parte del poder que todavía conserva.
— ¿Adrián lo sabía?
— Sabía que yo estaba dispuesto a votar contra ti. No sabía que quería destruir el fideicomiso.
Elena pensó en su esposo esposado.
Adrián había participado en el fraude, en el falso informe y en un supuesto sabotaje de frenos. Sin embargo, su propia madre ocultaba un plan de asesinato dentro del suyo.
No era inocente.
Solo era menos poderoso de lo que había imaginado.
El teléfono de Inés sonó en el corredor. La abogada entró sin llamar.
— Tenemos un problema. La policía encontró el coche de Tomás cerca del puerto.
— ¿Lo arrestaron?
— No. El vehículo estaba vacío. En el asiento había planos del primer hotel de tu abuela.
Augusto se levantó.
— Va hacia la habitación 407.
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Elena tomó las dos llaves.
— Entonces nosotros también.