Capítulo 11 - La mujer que regresó de la muerte

Elena tardó varios segundos en comprender las palabras de Augusto.
— Mi madre murió cuando yo tenía nueve años.
— Eso fue lo que Mercedes te contó —respondió él—. Pero nunca viste el cuerpo.
Elena recordó el funeral bajo una lluvia intensa, el ataúd cerrado y la mano firme de su abuela sujetando la suya. Le habían explicado que el accidente había destrozado el vehículo y que no debía despedirse viendo a Isabel en aquellas condiciones.
Durante años, aquella explicación le pareció una forma de protección.
Ahora sonaba como la primera pieza de una mentira.
— ¿Por qué Mercedes habría fingido su muerte?
Augusto miró hacia la casa, donde los agentes examinaban los ordenadores de Valeria.
— Porque Isabel se había involucrado con personas mucho más peligrosas que Rafael Vidal.
Elena sintió que la rabia sustituía lentamente a la sorpresa.
— No vuelvas a hablar de ella como si fuera una extraña. Dime exactamente qué ocurrió.
Augusto explicó que Isabel Vargas nunca quiso dedicarse al pequeño hotel familiar. Era brillante, ambiciosa y estaba fascinada por el mundo financiero. Mientras Mercedes recibía huéspedes y cuidaba cada habitación, Isabel estudiaba contratos, inversiones y movimientos bancarios.
A los veintidós años empezó a trabajar para una consultora relacionada con el banco Salazar.
Allí conoció las sociedades que Rafael utilizaba para ocultar dinero.
— Isabel no quería denunciarlo —continuó Augusto—. Quería aprender de él.
Mercedes descubrió que su hija colaboraba con personas que habían intentado quitarle el hotel. Ambas tuvieron una discusión terrible. Isabel aseguró que no pensaba pasar su vida limpiando habitaciones mientras otras familias acumulaban fortunas.
— ¿Y tú qué hiciste?
— Intenté convencerla de que se alejara. Entonces descubrí que estaba reuniendo una red propia.
La Fundación Mercedes Vargas apareció por primera vez años antes del supuesto accidente. Isabel utilizó el nombre de su madre porque las empresas registradas a nombre de una trabajadora de hotel no despertaban sospechas.
— ¿Mercedes lo sabía?
— Al principio, no. Cuando lo descubrió, te sacó de Barcelona y amenazó con entregar todo a la policía.
— ¿Mi madre dejó que todos creyeran que había muerto para evitar una investigación?
Augusto negó con la cabeza.
— El accidente fue real.
Isabel conducía hacia Francia con documentos que podían destruir a Rafael y a varios socios internacionales. Su coche cayó por un terraplén y ardió. La policía encontró restos humanos, pero años después Augusto supo que no pertenecían a Isabel.
— Alguien sustituyó el cuerpo.
— ¿Quién?
— Nunca pude demostrarlo. Mercedes creyó que Rafael había organizado el accidente. Después recibió una llamada.
— ¿De mi madre?
— Sí. Isabel estaba viva. Le pidió dinero, documentos nuevos y silencio. A cambio, prometió no acercarse a ti.
Elena sintió una presión dolorosa en el pecho.
— Mi abuela aceptó.
— Para protegerte.
— Me hizo crecer creyendo que mi madre estaba muerta.
— Creía que saber la verdad te convertiría en un objetivo.
— Todos decidieron por mí.
Augusto bajó la mirada.
— Sí.
La policía trasladó a Elena, Augusto y Lucía a un edificio seguro en Barcelona. Durante el trayecto, Samuel continuó analizando la estructura financiera de la fundación.
La Fundación Mercedes Vargas no era una simple cuenta receptora. Controlaba participaciones en empresas hoteleras, fondos inmobiliarios y sociedades tecnológicas. Su patrimonio superaba los cuatrocientos millones de euros.
Una parte de aquel dinero procedía de Blue Crown.
Otra se remontaba a la época de Rafael Vidal.
— Isabel lleva décadas robando a los mismos criminales con quienes trabaja —concluyó Samuel—. Desvía una parte de cada operación hacia su propia red.
— ¿Dónde se encuentra? —preguntó Elena.
— La fundación se administra desde Panamá, pero las órdenes recientes llegaron desde Lisboa.
Inés recibió autorización judicial para revisar los archivos incautados en la casa de Valeria. Entre ellos aparecía una conversación cifrada con una persona identificada únicamente como M.
Samuel descifró el último mensaje.
La operación de Sitges ha fracasado. Valeria actuó antes de tiempo. Mantengan a Elena lejos del hotel de Madrid.
Elena leyó la frase dos veces.
— Mi madre conoce el proyecto de Madrid.
— Posiblemente lo controla —respondió Samuel.
La propiedad que Elena había negociado durante su último viaje pertenecía a una sociedad registrada en Portugal. Tras varias capas empresariales aparecía nuevamente la Fundación Mercedes Vargas.
— Me vendía un hotel que ya controlaba —murmuró Elena.
Inés comprendió la maniobra.
— Si Aurora compraba la propiedad, Isabel podía introducir capital de origen dudoso en una operación legítima. Tú te convertirías, sin saberlo, en la figura pública de su red.
Elena recordó cada reunión de Madrid. Los vendedores habían aceptado condiciones demasiado favorables. Adrián insistía en cerrar la adquisición con rapidez. Probablemente él tampoco sabía quién se encontraba al final de la cadena.
Todos habían sido piezas.
Adrián, Beatriz, Tomás, Valeria e incluso Elena.
— Quiero hablar con Valeria —dijo.
La policía permitió un interrogatorio informal antes de su traslado a prisión preventiva. Valeria estaba sentada detrás de una mesa metálica, con el cabello todavía húmedo por la caída al mar.
— Sabías que mi madre estaba viva.
Valeria no reaccionó.
— La llamabas M.
— Hay muchas personas cuyo nombre comienza por esa letra.
Elena colocó sobre la mesa una copia del mensaje sobre el hotel de Madrid.
— Ella te ordenó mantenerme lejos.
— No recibía órdenes.
— Trabajabas para Beatriz, después para Adrián y finalmente para mi madre. Siempre afirmas que utilizabas a los demás, pero pasaste tu vida obedeciendo a alguien.
La mandíbula de Valeria se tensó.
— Isabel me encontró cuando yo tenía diecisiete años. Pagó mis estudios.
— Augusto dijo que fue Beatriz.
— Beatriz creía que el dinero salía de sus cuentas. Isabel lo organizó todo.
— ¿Por qué?
— Porque sabía quién era mi padre. Sabía lo que Rafael le había hecho. Me dijo que algún día podría recuperar lo que nos robaron.
— ¿Te pidió que te acercaras a mí?
Valeria guardó silencio.
— Éramos amigas —dijo Elena—. Estuviste conmigo cuando enterré a mi abuela. Me ayudaste a elegir mi vestido de novia. Sostuviste mi mano cuando perdí un embarazo. ¿Todo fue una misión?
Por primera vez, la expresión de Valeria se quebró.
— Al principio.
— ¿Y después?
— Después fue demasiado tarde para salir.
— Siempre existe un momento para decir la verdad.
— Eso lo dices porque creciste protegida.
Elena soltó una risa amarga.
— Mi esposo intentó robarme, mi suegra preparó un asesinato, mi amiga se acostó con él y mi madre fingió estar muerta durante más de veinte años. No vuelvas a hablarme de protección.
Valeria bajó los ojos.
— Isabel no quiere matarte.
— Qué reconfortante.
— Quiere que ocupes su lugar.
Elena se quedó inmóvil.
Valeria continuó:
— Está enferma. Necesita una heredera capaz de dirigir su red sin despertar sospechas. Aurora debía crecer hasta convertirse en la estructura perfecta.
— Yo jamás aceptaré.
— Ella sabe que eso dirías.
— Entonces ¿por qué sigue observándome?
— Porque cree que cuando conozcas toda la verdad sobre Mercedes cambiarás de opinión.
Valeria se inclinó hacia ella.
— Tu abuela no era la mujer inocente que recuerdas. Ayudó a esconder dinero, falsificó documentos y negoció con Rafael. La diferencia es que ella decía hacerlo para protegerte.
Elena no quiso mostrar cuánto la afectaban aquellas palabras.
— ¿Dónde está Isabel?
— Aunque lo supiera, no te lo diría.
El teléfono del inspector vibró.
Habían recibido una transmisión en directo desde un número desconocido.
En la pantalla apareció una mujer sentada frente a una ventana abierta al océano. Tenía el cabello oscuro salpicado de canas y los mismos ojos verdes de Elena.
— Hola, hija —dijo.
Elena dejó de respirar.
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La mujer sonrió con tristeza.
— Lamento haber tardado tanto en regresar.