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Chapter 8 - Las tres firmas

Gabriel despertó en una habitación situada junto a la de Elena.

Valeria entró en cuanto los médicos lo permitieron.

Su padre parecía más pequeño de lo que recordaba. La silla de ruedas, las máquinas y los años de aislamiento habían consumido gran parte de su fuerza.

Aun así, cuando la vio, sonrió.

—Sigues frunciendo el ceño igual que cuando intentabas resolver un problema.

Valeria se sentó.

—Tú sigues evitando responder.

Gabriel aceptó el reproche.

—Tu madre te contó lo que hizo.

—Una parte.

—Elena siempre cuenta la parte que cree que puede soportar.

—Todos hacéis eso.

Valeria colocó la llave física del maletín sobre la mesa. Sloan había permitido que la examinara bajo supervisión.

Era una pieza metálica con tres ranuras y un pequeño símbolo: una casa bajo una línea de agua.

—Lucas dijo que Robert la dejó.

Gabriel miró la llave.

—Creí que se había perdido.

—¿Qué abre?

—El núcleo del sistema.

—¿Dónde está?

—No es un lugar físico.

—Entonces ¿qué significa abrirlo?

Gabriel respiró profundamente.

—Cuando diseñé la red, sabía que cualquier persona con control total podría mover dinero sin límites. Creé una autorización triple para impedir que Robert, Helena o yo pudiéramos dominarla solos.

—Tres firmas.

—La mía, la de Elena y una tercera.

—La mía.

—No originalmente.

Valeria esperó.

—La tercera pertenecía a Robert Ashford.

—¿Por qué necesita ahora mi firma?

—Porque Robert transfirió su autoridad antes de desaparecer.

—¿A mí?

Gabriel asintió.

—Creía que una persona ajena a nuestras decisiones tendría que juzgar algún día qué hacer con la red.

Valeria soltó una risa amarga.

—Me convirtió en heredera de un sistema criminal sin preguntarme.

—Intentó darte una opción.

—Una opción que Helena quiere utilizar.

Gabriel miró la puerta.

—Helena necesita las tres firmas para acceder a las cuentas antiguas. No solo a las de las víctimas.

—¿Cuánto dinero controla mamá?

—Más de lo que admitirá.

—Nueve mil millones?

Gabriel cerró los ojos.

Aquella reacción fue suficiente.

—¿De dónde salió?

—Una parte fue robada a Beaumont. Otra pertenece a clientes criminales que nunca reclamaron sus fondos. También hay dinero de gobiernos, servicios de inteligencia y traficantes.

—Mamá dijo que lo utilizaba para ayudar a víctimas.

—Lo hizo.

—¿Todo?

—No.

Valeria sintió cansancio.

Cada respuesta conducía a otra traición.

—¿Qué hizo con el resto?

—Construyó reservas, compró propiedades y financió personas dentro de Ashford Meridian.

—Espías.

—Aliados.

—La diferencia depende de quién cuenta la historia.

Gabriel no discutió.

—¿Por qué Helena te mantuvo vivo?

—Necesitaba mi firma.

—¿Por qué no te obligó?

Gabriel levantó una mano. En la muñeca había una cicatriz circular.

—Lo intentó. La autorización no funciona bajo determinados indicadores físicos de coacción. Presión arterial, sustancias químicas, patrones musculares.

—Diseñaste un detector de coerción.

—Uno imperfecto.

—¿Y ahora?

—Helena cree que puede obligarme emocionalmente.

—Utilizándome.

—Utilizándonos a todos.

Valeria tomó la llave.

—¿Podemos destruir el sistema?

Gabriel la miró con sorpresa.

—Sí.

—¿Cómo?

—Las mismas tres firmas pueden ordenar la liquidación completa. Los fondos se congelarían y las identidades de todas las cuentas serían enviadas automáticamente a varias autoridades.

—Eso destruiría a Helena.

—También enviaría a prisión a tu madre.

Valeria guardó silencio.

—Y a mí —continuó Gabriel—. Mi nombre aparece en cada línea fundadora.

—¿Cometiste otros delitos?

—Durante los primeros años moví dinero sabiendo quiénes eran algunos clientes.

—Entonces sí.

—Sí.

Valeria se levantó.

—Si destruimos el sistema, responderéis por lo que hicisteis.

—Tu madre nunca aceptará.

—Entonces no tendremos tres firmas.

—Existe otra posibilidad.

Gabriel señaló la llave.

—Robert dejó un protocolo sucesorio. Si uno de los fundadores muere, su firma pasa a la persona designada.

—¿Quién heredaría la firma de mamá?

Gabriel la miró.

—Tú.

Valeria retrocedió.

—Entonces si Helena mata a mamá…

—Solo necesitaría controlarte a ti y a mí.

La puerta se abrió.

Sloan entró.

—Lucas contactó conmigo.

Valeria se volvió.

—¿Dónde está?

—Escapó con una mujer llamada Olivia Ashford.

Naomi, que estaba detrás de la fiscal, perdió el color del rostro.

—Olivia está viva?

Sloan la miró.

—Lucas afirma que es tu hija.

Naomi se apoyó en la pared.

—Helena me dijo que había muerto en el parto.

—¿Robert era el padre? —preguntó Valeria.

Naomi asintió con lágrimas en los ojos.

—Tuvimos una relación antes de que él intentara abandonar a Helena. Cuando Olivia nació, Helena la tomó. Me obligó a firmar documentos que declaraban que sufría una enfermedad mental.

La historia resultaba demasiado familiar.

Helena había utilizado el mismo método contra distintas mujeres durante décadas.

—¿Dónde están? —preguntó Valeria.

Sloan mostró un mapa.

—Lucas se dirige a un punto acordado, pero lo persiguen.

—Envíales ayuda.

—Ya lo hice.

Naomi tomó el brazo de Sloan.

—Yo voy.

—No.

—Es mi hija.

—Precisamente por eso no puedes participar en una operación armada.

Valeria reconoció la desesperación de Naomi.

Era la misma que había sentido cuando Helena bloqueó la operación de su madre.

—Déjala hablar con Olivia cuando lleguen —dijo.

Sloan aceptó.

Una hora después, Lucas apareció en una transmisión segura. Tenía sangre en la frente. Olivia estaba sentada a su lado, envuelta en una manta.

Naomi se acercó a la pantalla.

—Olivia.

La mujer levantó los ojos.

—Mamá?

Naomi comenzó a llorar.

Lucas miró a Valeria.

—Helena conoce la ubicación del hospital.

—¿Cómo?

—Tiene un informante dentro de la unidad federal.

Sloan se tensó.

—¿Quién?

—No lo sé. Pero Beaumont mencionó que la tercera firma estaba reunida con las otras dos.

Valeria comprendió.

Gabriel, Elena y ella estaban en el mismo edificio.

Exactamente lo que Helena necesitaba.

Las luces del hospital se apagaron.

La alarma de emergencia comenzó a sonar.

Desde el corredor llegaron disparos.

Sloan sacó su arma.

—Evacuación inmediata.

Gabriel agarró la mano de Valeria.

—No dejes que lleguen a Elena.

La puerta se abrió de golpe.

Un soldado entró.

—La señora Cruz ha desaparecido de su habitación.

Valeria corrió al corredor.

La cama de su madre estaba vacía.

La vía intravenosa había sido cortada.

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En la pared alguien había escrito con sangre:

UNA FIRMA MENOS.

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