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Chapter 2 - La maleta negra

Lucas no permitió que Valeria subiera a la habitación.

—No tenemos tiempo.

La condujo por el corredor oriental mientras la alarma silenciosa activaba las cerraduras de la mansión. Valeria conocía el sistema. En menos de dos minutos, las puertas principales quedarían bloqueadas y los guardias recibirían órdenes de Helena.

—Mi pasaporte está arriba —dijo.

—Tengo otro para ti.

—¿Por qué tienes otro pasaporte mío?

—Después.

—Lucas, no voy a seguirte sin saber qué ocurre.

Él se detuvo frente a una puerta de servicio.

—Mi madre acaba de obligarte a lavarle los pies mientras esperaba que firmaras nuestro divorcio.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Los documentos de Londres demuestran que Ashford Meridian ha estado lavando dinero para Beaumont International durante al menos quince años.

Valeria permaneció inmóvil.

—¿Cuánto dinero?

—Más de cuatro mil millones.

—Eso no cabe en una auditoría ordinaria.

—Porque no es una auditoría ordinaria.

Lucas levantó el maletín.

—Aquí hay registros bancarios, contratos, grabaciones y una lista de funcionarios que recibieron pagos.

—¿Por qué los trajiste a la casa?

—Porque necesitaba acceso a la caja fuerte de mi padre.

—Tu padre murió hace seis años.

—Y dejó algo que Helena nunca encontró.

Se escucharon voces en el extremo del corredor.

Lucas abrió la puerta de servicio. Detrás había una escalera estrecha que descendía hacia las cocinas.

—Vamos.

Valeria lo siguió.

Todavía llevaba el vestido húmedo y no tenía zapatos adecuados para correr. Cada paso enviaba dolor a través de sus rodillas.

—¿Desde cuándo investigas a tu propia empresa?

—Desde hace ocho meses.

—¿Y no me dijiste nada?

—Intentaba protegerte.

Valeria se detuvo otra vez.

—No utilices esa palabra conmigo.

Lucas giró hacia ella.

—Los Beaumont saben que participaste en la investigación anterior. Si descubrían que yo estaba revisando sus cuentas, habrían ido primero por ti.

—Tu silencio permitió que tu madre me convirtiera en una prisionera.

—Lo sé.

—No, no lo sabes.

La voz de Valeria se quebró por primera vez.

—No sabes lo que era despertarme cada mañana pensando que debía soportar un insulto más para no dificultar tu trabajo. No sabes cuántas veces Helena amenazó con cortar el tratamiento de mi madre.

Lucas palideció.

—¿Qué tratamiento?

—La operación cardíaca.

—Creí que el seguro la cubría.

—Helena compró la clínica que administra el seguro hace tres meses.

Lucas cerró los ojos.

Valeria comprendió que él realmente no lo sabía.

Aquello no lo hacía inocente. Solo demostraba que Helena había manipulado a ambos por separado.

—Lo siento —dijo.

—Lo sentirás después. Ahora dime cómo saldremos.

Lucas abrió una puerta que comunicaba con la lavandería. Detrás de varias estanterías había un montacargas antiguo.

—Mi padre lo utilizaba para llegar al garaje sin pasar por el vestíbulo.

—¿Helena no lo conoce?

—Lo mandó sellar después de su muerte. Yo lo abrí esta mañana.

Entraron.

Mientras descendían, Lucas abrió el maletín.

Valeria esperaba encontrar documentos.

En su lugar vio un ordenador pequeño, dos teléfonos, dinero en efectivo, pasaportes y una unidad de almacenamiento protegida por una caja metálica.

—¿Dónde están los registros?

—Cifrados.

—¿Quién tiene la contraseña?

Lucas la miró.

—Tú.

—No conozco ninguna contraseña.

—Mi padre dejó una instrucción: “Cuando la mujer que ve los números entre en esta casa, entrégale la llave”.

Valeria sintió un escalofrío.

—Tu padre murió antes de conocerme.

—Eso creía.

El montacargas se detuvo.

Las puertas se abrieron hacia un garaje subterráneo. Había seis automóviles de lujo, pero Lucas se dirigió a una vieja camioneta gris utilizada por los jardineros.

—Las cámaras no registran este vehículo.

Subieron.

Cuando Lucas encendió el motor, la puerta del garaje permaneció cerrada.

Introdujo un código.

La pantalla mostró:

ACCESO DENEGADO.

—Helena cambió los permisos —dijo.

Detrás aparecieron tres guardias.

Uno levantó una pistola.

—Señor Ashford, apague el vehículo.

Lucas aceleró.

La camioneta chocó contra una mesa de herramientas y atravesó una puerta lateral de madera. Los guardias se apartaron.

Valeria se sujetó al asiento.

—¡Ese no era el camino de salida!

—Ahora lo es.

Entraron en un túnel de mantenimiento. El vehículo apenas cabía entre las paredes.

Un automóvil negro apareció detrás de ellos.

—Nos siguen.

—Hay una salida junto a los acantilados.

—¿Y después?

—Naomi nos espera en el pueblo.

—¿Quién es Naomi?

—La abogada de mi padre.

Valeria lo miró.

—Pensé que los abogados de tu padre trabajaban para Helena.

—Todos excepto una.

El túnel terminó frente a una verja oxidada. Lucas no redujo la velocidad.

La camioneta la atravesó y salió a una carretera costera.

El automóvil negro continuó detrás.

Valeria abrió uno de los teléfonos del maletín.

—¿Tiene señal?

—Está conectado a una red privada.

—Necesito llamar a mi madre.

—No.

—No me digas que no.

—Si la llamas, localizarán el dispositivo y encontrarán también a ella.

Valeria apretó el teléfono.

—Helena puede impedir la operación.

—Ya lo hizo.

Valeria sintió que el corazón se detenía.

—¿Qué?

—Recibí una alerta en el avión. La clínica canceló el procedimiento esta mañana por una supuesta irregularidad administrativa.

—¿Y no me lo dijiste?

—Quería solucionarlo antes de llegar.

Valeria golpeó el tablero.

—Mi madre puede morir.

—Hay otra clínica. Naomi ha organizado el traslado.

—¿Cómo sabe Naomi algo sobre mi madre?

Lucas guardó silencio.

Valeria giró hacia él.

—¿Quién es realmente esa mujer?

El automóvil negro golpeó la parte trasera de la camioneta.

Lucas perdió brevemente el control.

La carretera serpenteaba junto a un acantilado. A la derecha había una pared de roca. A la izquierda, una caída de casi cincuenta metros hacia el océano.

El automóvil volvió a chocar.

—Quieren sacarnos de la carretera —dijo Valeria.

—Abre la guantera.

Dentro había una pequeña pistola.

Valeria la tomó.

—¿Sabes utilizarla? —preguntó Lucas.

—Trabajé con investigadores federales durante cuatro años.

Bajó la ventanilla.

El viento le golpeó el rostro. No disparó contra el conductor. Apuntó hacia el neumático delantero.

La primera bala falló.

La segunda golpeó el metal.

La tercera alcanzó la rueda.

El automóvil negro giró violentamente y chocó contra la pared de roca.

Lucas miró a Valeria.

—Nunca mencionaste que supieras disparar.

—Tú nunca mencionaste que tu familia lavaba cuatro mil millones de dólares.

Continuaron hasta una pequeña iglesia abandonada cerca del pueblo de Bellhaven.

Una mujer las esperaba junto a un sedán blanco.

Naomi Laurent tenía unos cincuenta años, cabello negro con mechones grises y rasgos franceses. Vestía un abrigo largo y sostenía un paraguas rojo.

—Llegáis tarde —dijo.

—Helena cerró el garaje —respondió Lucas.

Naomi observó el vestido mojado y las rodillas heridas de Valeria.

—Así que finalmente dejó de fingir.

Valeria bajó de la camioneta.

—¿Nos conocemos?

Naomi la miró durante varios segundos.

—La última vez que te vi tenías cinco años.

Lucas pareció sorprendido.

—Nunca dijiste eso.

—Tu padre me ordenó guardar silencio.

Naomi abrió la puerta del sedán.

—Debemos movernos. Helena ya ha alertado a la policía privada, a los aeropuertos y probablemente a varias agencias federales.

Valeria no entró.

—¿Cómo conocía al padre de Lucas?

Naomi sacó una fotografía de su bolsillo.

Mostraba a Robert Ashford, el difunto patriarca, junto a un hombre latino de cabello oscuro.

Valeria reconoció al segundo.

Era su padre, Gabriel Cruz.

Había muerto en un accidente de automóvil cuando ella tenía ocho años.

—Mi padre nunca conoció a los Ashford —dijo.

—Tu padre construyó el primer sistema financiero de Ashford Meridian —respondió Naomi—. También descubrió que Helena lo utilizaba para ocultar dinero criminal.

Valeria observó la fotografía.

—¿Por qué nadie me lo contó?

—Porque Gabriel aceptó desaparecer de los registros a cambio de que tú y tu madre permanecierais con vida.

—Él murió.

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Naomi sostuvo su mirada.

—Eso es lo que Helena quería que creyeras.

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