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Capítulo 9 - El astillero de las decisiones

El antiguo astillero Beaumont se extendía junto al río como el esqueleto de una ciudad industrial.

Grúas oxidadas, almacenes vacíos y embarcaciones abandonadas ocupaban varios kilómetros. La empresa había cerrado las instalaciones diez años antes, pero algunos edificios continuaban conectados a la red eléctrica privada.

Elena llegó poco antes de la medianoche.

Llevaba una carpeta con una copia del testamento y una llave falsa preparada por la policía. Bajo el abrigo ocultaba un transmisor diferente al de Rosa.

Irene y una unidad especial permanecían a más de un kilómetro. No podían acercarse hasta confirmar la ubicación exacta de Esperanza.

Daniel había advertido que observaba las carreteras mediante drones.

Elena entró sola en el almacén número siete.

Una luz blanca colgaba sobre una mesa.

Rosa estaba atada a una silla. Esperanza permanecía dentro de una cuna portátil situada a pocos metros. Una enfermera vigilaba a la bebé.

Daniel apareció detrás de una columna.

Llevaba un arma.

—Coloca la carpeta sobre la mesa.

Elena miró a Rosa.

—¿Está herida?

—Estoy bien —respondió la anciana—. No le dé nada.

Daniel apuntó hacia ella.

—No vuelvas a hablar.

—Baja el arma —ordenó Elena—. Has conseguido que venga.

—La carpeta.

Elena la dejó sobre la mesa.

—Primero entrégame a Esperanza.

—Cuando compruebe los documentos.

Daniel abrió la carpeta y leyó las primeras páginas.

—¿Dónde está el sello original?

—Dentro de la cubierta.

Mientras él revisaba, Elena observó las salidas. Dos hombres armados estaban ocultos en una pasarela superior. La enfermera parecía asustada y evitaba mirar a Daniel.

—Rivas no piensa dejarte salir —dijo Elena.

—Tenemos un acuerdo.

—También tenía un acuerdo con Arturo.

—Rivas necesita los documentos.

—Después de conseguirlos, tú te conviertes en el único hombre capaz de relacionarlo con la fuga y el secuestro.

Daniel dejó de leer.

—Me proporcionará una identidad nueva.

—¿Igual que te ayudó a convertir la muerte de cuarenta y tres trabajadores en un accidente sin víctimas?

—No vine a discutir moralidad.

—No. Viniste a vender nuevamente a tu familia.

Daniel se acercó.

—Tú no sabes lo que significa crecer con un padre que te considera inútil.

—Arturo no confió en ti porque cada vez que tuviste que elegir entre una persona y el dinero elegiste el dinero.

—Él nunca me dio una oportunidad.

Rosa habló:

—El señor Arturo le dio un apellido, educación y un puesto dentro de la empresa.

Daniel la golpeó en el rostro con la parte posterior de la mano.

Elena dio un paso.

—¡No la toque!

—Ella siempre lo defendió.

Rosa levantó la cabeza.

—Porque él podía sentir vergüenza. Usted solo siente lástima por sí mismo.

Daniel levantó el arma.

En ese momento, la enfermera tomó a Esperanza y corrió hacia Elena.

Uno de los hombres de la pasarela gritó.

—¡Deténgala!

Elena recibió a la bebé mientras la enfermera se colocaba delante de ellas.

—Me dijeron que solo debía cuidarla —dijo—. No participaré en un asesinato.

Daniel apuntó, pero no disparó.

Un teléfono comenzó a sonar en su bolsillo.

Activó el altavoz.

La voz de Esteban Rivas llenó el almacén.

—¿Tienes el testamento?

—Sí.

—¿Y la llave?

—También.

—Entonces deja los documentos en la caja roja y abandona el edificio.

Daniel miró alrededor.

—¿Qué ocurrirá con Elena?

—Ya no es asunto tuyo.

—Prometiste sacarme del país.

Rivas guardó silencio.

—El vehículo te espera en la entrada norte.

Elena observó las vigas del techo. Había pequeñas cargas instaladas junto a los soportes.

—Daniel, mira arriba.

Él levantó la cabeza.

Rivas pretendía volar el almacén.

—¿Qué has hecho? —preguntó Daniel al teléfono.

—Corregir un problema que tu familia no supo resolver.

La llamada terminó.

Una luz roja comenzó a parpadear sobre la pared.

Treinta segundos.

Daniel corrió hacia la salida norte.

La puerta estaba cerrada.

—¡Rivas!

Los hombres de la pasarela también intentaron escapar. Habían sido abandonados.

Elena cubrió a Esperanza con el abrigo.

—Libera a Rosa.

Daniel dudó.

—¡Ahora!

Cortó las cuerdas con una navaja. Rosa se levantó con dificultad.

La enfermera señaló una puerta lateral.

—Vi entrar a los hombres por allí.

Corrieron.

Una explosión sacudió el extremo del almacén. Parte del techo cayó sobre la mesa y destruyó la carpeta falsa.

El pasillo lateral conducía hacia un antiguo túnel de mantenimiento. Daniel abrió la puerta justo cuando una segunda detonación rompía las ventanas.

Elena perdió el equilibrio.

Rosa la sujetó.

—No voy a permitir que caiga otra vez.

Entraron en el túnel.

El transmisor recuperó señal.

Irene escuchó los gritos y ordenó avanzar a la policía.

Daniel intentó separarse del grupo al llegar a una bifurcación.

Elena lo llamó.

—Rivas intentará matarte aunque escapes.

—No pienso volver a prisión.

—Entonces seguirás corriendo hasta que otra persona decida que ya no eres útil.

Daniel miró a Esperanza.

Por primera vez desde el secuestro, su expresión mostró algo parecido a vergüenza.

—Dámela.

Elena retrocedió.

—No volverás a tocarla.

—Soy su padre.

—Un padre no utiliza a su hija como llave para abrir una cuenta bancaria.

Las sirenas se escucharon cerca.

Daniel levantó el arma.

Rosa se interpuso.

—Dispare.

—Apártate.

—No.

Daniel miró a la anciana, después a Elena y finalmente a la bebé.

Dejó caer la pistola.

Los agentes aparecieron segundos después y lo obligaron a ponerse de rodillas.

Antes de ser esposado, Daniel habló rápidamente:

—El nivel B-4 está debajo de la torre. Rivas guarda allí el archivo maestro y las grabaciones de mi padre.

—Ya me lo dijiste.

—No te dije que mi madre tiene la segunda tarjeta.

—Está en prisión.

—La tarjeta está escondida dentro de la medalla que lleva desde el funeral.

Elena recordó el gran broche dorado que Victoria utilizaba en cada comparecencia.

Daniel continuó:

—Rivas planea entrar mañana durante la junta. Cuando consiga el archivo, destruirá la torre con todos los consejeros dentro.

Los agentes se lo llevaron.

Elena sostuvo a Esperanza contra su pecho.

El astillero ardía detrás de ellas.

Rivas había intentado eliminar a Daniel, a Rosa, a Elena y a una niña de pocas semanas para recuperar dos documentos.

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Si el archivo B-4 contenía aquello que Arturo había descubierto, la junta del día siguiente no sería únicamente una lucha por la empresa.

Podía convertirse en una ejecución colectiva.

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