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Capítulo 5 - El nacimiento de Esperanza

El traslado al hospital duró dieciséis minutos.

Para Elena pareció una vida entera.

Los paramédicos colocaron un collarín alrededor de su cuello, estabilizaron la pierna y controlaron el ritmo cardíaco del bebé. La pantalla mostraba latidos rápidos, pero constantes.

Rosa viajaba en otra ambulancia. Había perdido mucha sangre por la herida del hombro y presentaba varias costillas fracturadas.

—¿Está viva? —preguntaba Elena una y otra vez.

—Sí —respondía el paramédico—. Su estado es estable.

—Díganle que yo también estoy viva.

Una nueva contracción recorrió su cuerpo.

Esta vez fue más intensa.

El médico miró el monitor.

—El trauma ha provocado el parto.

—Todavía faltan semanas.

—Ocho meses ofrecen buenas posibilidades. Necesitamos llegar al hospital.

Elena cerró los ojos.

Recordó la barra metálica bajo sus dedos, el rostro de Victoria y a Daniel descendiendo con el cuchillo. La idea de que su hija pudiera nacer en medio de aquella violencia le resultaba insoportable.

—No quiero que su primer momento esté lleno de miedo.

El paramédico tomó su mano.

—Su primer momento estará lleno de personas intentando mantenerla viva.

Cuando llegaron, un equipo de obstetricia esperaba en urgencias. Elena fue trasladada directamente a una sala de parto. Los médicos confirmaron que la placenta había sufrido un desprendimiento parcial.

Era peligroso para ambas.

—Necesitamos realizar una cesárea de emergencia —explicó la cirujana.

—¿Mi bebé sobrevivirá?

—Haremos todo lo posible.

Irene llegó mientras preparaban a Elena.

—La policía tiene a Victoria, Daniel, Bruno y al doctor Molina.

—¿Rosa?

—Está en cirugía. La herida no alcanzó ninguna arteria principal.

Elena le entregó la memoria escondida bajo el vestido. Sorprendentemente, había sobrevivido a la caída.

—Aquí están los documentos y la conversación.

Irene la guardó.

—Ya tenemos la transmisión del broche. Victoria confesó haber provocado el accidente del notario y habló de la medicación de Arturo.

—Daniel intentó matarnos.

—Los agentes lo vieron con el cuchillo.

Elena respiró con dificultad.

—Encuentra al notario.

—Está vivo. Despertó hace veinte minutos.

Aquella noticia le dio fuerzas.

—El original del testamento…

—Samuel lo entregó a la fiscalía antes de perder el conocimiento.

Victoria había fracasado.

El verdadero testamento estaba protegido.

—Ahora concéntrate en tu hija —dijo Irene.

La anestesia comenzó a actuar.

Elena miró las luces sobre la mesa de operaciones. Pensó en Arturo, en la carta y en la promesa silenciosa de proteger a la niña que todavía no conocía.

Después escuchó un llanto.

Era pequeño, agudo y perfecto.

—Ha nacido —anunció la cirujana.

Elena comenzó a llorar.

Una enfermera acercó a la bebé durante unos segundos. Era diminuta, tenía el rostro enrojecido y movía las manos como si intentara agarrarse a algo invisible.

—Hola, mi amor.

La niña abrió los ojos brevemente.

—Se llama Esperanza —susurró Elena.

La bebé fue trasladada a la unidad neonatal para recibir apoyo respiratorio. Su estado era delicado, pero estable.

Elena despertó varias horas después.

Irene estaba junto a la cama.

—Esperanza está bien —dijo antes de que pudiera preguntar—. Los médicos creen que permanecerá dos semanas en observación.

—¿Rosa?

—También sobrevivió.

Elena pidió verla.

Al principio, los médicos se negaron. Finalmente permitieron que trasladaran la cama de Rosa hasta la habitación durante unos minutos.

La anciana tenía el hombro vendado y el rostro lleno de golpes.

Al ver a Elena, sonrió.

—Sabía que no dejaría que esa niña se rindiera.

—Ella está viva por usted.

—Está viva porque heredó la terquedad de su madre.

Una enfermera entró con Esperanza dentro de una incubadora móvil.

Rosa llevó una mano temblorosa al cristal.

—Es muy pequeña.

—Y ya posee más acciones que Daniel.

Ambas rieron suavemente.

Después Elena se puso seria.

—Quiero que sea su madrina.

Rosa levantó la mirada.

—Señora…

—No me llame señora.

—No pertenezco a su mundo.

—Usted se lanzó sobre un hombre armado para salvarnos. Es la persona que quiero cerca de mi hija.

Rosa comenzó a llorar.

—Entonces aceptaré.

La investigación avanzó rápidamente.

Los extractos bancarios demostraron que Victoria, Daniel y Bruno habían desviado más de ochenta millones durante cinco años. El doctor Molina confesó que Victoria le ordenó cambiar la medicación de Arturo. Daniel falsificó los informes para evitar una autopsia completa.

Samuel Ortega declaró que su accidente fue provocado por un vehículo registrado a nombre de una empresa control a nombre de una empresa controlada por Bruno.

Las grabaciones del broche contenían las amenazas, la confesión sobre el testamento y la frase de Victoria:

Los accidentes durante el embarazo son frecuentes.

Daniel intentó responsabilizar a su madre.

Afirmó que había actuado bajo su control desde la infancia. Sin embargo, las cámaras exteriores mostraban cómo bajó voluntariamente a la plataforma con el cuchillo.

Victoria, por su parte, sostuvo que Elena se había arrojado para acusarla.

La grabación de Rosa y las declaraciones de Tomás destruyeron aquella versión.

Dos semanas después, Elena recibió el alta.

Salió del hospital en silla de ruedas con Esperanza en brazos. Decenas de periodistas esperaban fuera, pero Irene había organizado una salida privada.

Rosa las acompañó.

—¿Adónde iremos? —preguntó.

—A mi apartamento.

—¿Y la mansión?

Elena miró hacia la carretera.

—No volveremos mientras continúe perteneciendo a los Beaumont.

Aquella noche colocó la carta de Arturo junto a la cuna.

Esperanza dormía bajo una manta blanca. Su respiración era tranquila.

Elena leyó nuevamente la última línea:

No confío en Daniel. Confío en ti.

Durante un instante sintió culpa por no haber comprendido antes la advertencia. Después observó a su hija.

Había sobrevivido.

Rosa también.

Las pruebas estaban fuera de la mansión y los responsables permanecían detenidos.

Sin embargo, Elena sabía que aquello no era el final.

Victoria tenía abogados, jueces y aliados dentro de Beaumont Industries. Daniel controlaba empresas fantasma que todavía no habían localizado. Bruno había transferido parte del dinero horas antes de ser arrestado.

Y el testamento contenía una cláusula que nadie había mencionado.

Si Elena era declarada incapaz para administrar las acciones, un consejo de tres personas asumiría temporalmente el control.

Dos de los nombres habían sido elegidos por Arturo.

El tercero era Victoria Beaumont.

Incluso desde prisión, su suegra podía intentar recuperar la fortuna.

Elena cerró la carpeta.

Victoria la había empujado desde un balcón creyendo que la caída resolvería todos sus problemas.

Pero no había matado a una mujer indefensa.

Había despertado a una madre que ya conocía el precio de confiar en la familia equivocada.

Y Elena no pensaba limitarse a sobrevivir.

Iba a descubrir cada cuenta, cada cómplice y cada secreto relacionado con la muerte de Arturo.

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Después destruiría el poder que Victoria había utilizado para convertir una herencia en una sentencia.

La guerra por Beaumont Industries apenas comenzaba.

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