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Capítulo 2 - Una familia reunida para mentir

Daniel llegó a la mansión a las ocho y diecisiete de la mañana.

Elena observó su automóvil desde la ventana del dormitorio. Su esposo salió acompañado por Bruno Leiva, director financiero de Beaumont Industries y amigo suyo desde la universidad.

La presencia de Bruno confirmó que no se trataba de una conversación familiar.

Era una reunión para controlar daños.

Elena había intentado enviar fotografías de los documentos a su abogada, Irene Valdés, pero el teléfono perdió la señal poco después de que cerraran las puertas de la propiedad. La conexión inalámbrica también había sido desconectada.

Victoria controlaba las comunicaciones.

Rosa logró sacar una copia de la carta de Arturo escondida dentro de una cesta de alimentos destinada a una iglesia cercana. Si la cesta abandonaba la casa, una voluntaria llamada Teresa entregaría el sobre a Irene.

Pero los guardias revisaban todos los vehículos.

Elena no sabía si la prueba había conseguido salir.

Daniel entró sin llamar.

Llevaba el abrigo sobre el brazo y el rostro tenso.

—¿Dónde están los documentos?

No la besó.

No preguntó cómo se encontraba ella ni cómo estaba el bebé.

—Buenos días para ti también.

—Mamá dijo que entraste en el despacho de mi padre.

—Arturo me dio la llave.

—Mi padre estaba confundido durante sus últimos meses.

—Lo suficiente para descubrir ochenta millones desaparecidos.

Daniel cerró la puerta.

—No entiendes esos movimientos.

—Entonces explícamelos.

—Son inversiones.

—Transferencias a empresas sin empleados, sin oficinas y registradas a nombre de tu conductor no son inversiones.

Daniel dejó el abrigo sobre una silla.

—Beaumont Industries necesitaba liquidez fuera de España.

—¿Por qué ocultárselo a Arturo?

—Porque habría bloqueado cualquier decisión.

—Era el presidente.

—Era un anciano incapaz de aceptar que la empresa debía modernizarse.

Elena sacó el testamento.

—¿También por eso querías que nadie supiera que dejó la mayoría a nuestra hija?

Daniel miró el documento.

Su expresión no mostró sorpresa.

—No es válido.

—Tu madre dijo lo mismo.

—Porque es verdad.

—¿Ya lo habíais visto?

Daniel se acercó.

—Elena, dame la carpeta.

—No.

—No compliques esto.

—Tu padre creía que cambiasteis su medicación.

Durante un segundo, algo apareció en los ojos de Daniel.

No fue dolor.

Fue cálculo.

—Mi padre era paranoico.

—Dejó informes médicos.

—Comprados por personas que querían influir en él.

—También escribió que no confiaba en ti.

Daniel respiró lentamente.

—Estás embarazada y bajo mucha presión. No quiero discutir contigo.

—No utilices a mi hija para decirme que estoy confundida.

—Nuestra hija.

—Entonces compórtate como su padre.

Daniel extendió la mano.

—Entrégame los documentos y hablaremos con los abogados.

—Mis abogados.

—Los abogados de la familia.

—La familia que está acusada en esas páginas no elegirá quién debe revisarlas.

La puerta se abrió.

Victoria entró acompañada por Bruno y el doctor Esteban Molina, médico privado de la familia.

Elena retrocedió.

—¿Por qué está aquí el doctor?

—Para examinarte —respondió Victoria—. Daniel dice que estás alterada.

—Daniel no dijo nada sobre mi salud.

Molina colocó un maletín sobre la mesa.

—En el octavo mes, una crisis de ansiedad puede provocar contracciones prematuras.

—No necesito un examen.

—Será rápido.

—He dicho que no.

Bruno cerró la puerta detrás de él.

Elena miró a Daniel.

—Haz que se marchen.

Su esposo evitó sus ojos.

—Necesitamos estar seguros de que estás bien.

—Estoy perfectamente.

—Entraste ilegalmente en un despacho cerrado, tomaste documentos que no comprendes y acusaste a mi madre de matar a mi padre.

—Arturo escribió la acusación.

Victoria se acercó.

—Mi esposo estaba enfermo.

—¿Por qué cambió el médico su dosis?

—Para salvarle la vida.

—Murió dos días después.

La suegra sostuvo su mirada.

—A veces, incluso las mejores decisiones terminan mal.

El doctor abrió el maletín. Había una jeringa preparada.

Elena protegió su vientre con los brazos.

—No se acerque.

—Es un sedante suave —explicó Molina.

—No aceptaré ninguna medicación.

Daniel tomó su muñeca.

—Solo queremos ayudarte.

Elena intentó liberarse.

—¿Así ayudaste a tu padre?

Daniel la soltó como si la frase lo hubiera quemado.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Por qué? ¿Porque es mentira o porque tienes miedo de que sea verdad?

Victoria hizo una señal al médico.

Elena tomó una lámpara y la lanzó contra el suelo. El cristal se rompió.

—El primero que intente tocarme tendrá que explicar mis heridas a la policía.

Bruno miró hacia las cámaras del dormitorio.

Victoria sonrió.

—Las cámaras no funcionan.

Aquella confesión convirtió el miedo de Elena en certeza.

No querían únicamente sedarla.

Querían hacer algo que no debía quedar registrado.

Rosa apareció en el corredor empujando un carrito de desayuno.

—La señora Elena debe comer antes de cualquier medicación.

Victoria se volvió.

—Nadie te ha llamado.

La anciana dejó caer deliberadamente una jarra de café. El líquido se extendió por el suelo.

—Perdón, señora.

Mientras todos miraban el desastre, Rosa colocó discretamente un teléfono pequeño dentro del bolsillo del vestido de Elena.

—Límpialo y vete —ordenó Victoria.

Rosa se arrodilló.

—Sí, señora.

Elena sintió el aparato contra su pierna. No sabía si tenía señal, pero podía grabar.

—Quiero hablar con Daniel a solas —dijo.

Victoria negó con la cabeza.

—Ya no se trata de una discusión matrimonial.

—Precisamente por eso necesito saber si mi esposo participa en esto voluntariamente.

Daniel miró a su madre.

—Dejadnos cinco minutos.

—No es conveniente.

—He dicho que nos dejéis.

Victoria salió con el médico y Bruno, aunque permanecieron cerca.

Rosa recogió los cristales lentamente antes de marcharse. Al pasar junto a Elena, susurró:

—El broche.

Elena observó el uniforme de la sirvienta. Rosa llevaba un broche plateado con forma de rosa. Parecía decorativo, pero una pequeña luz azul parpadeaba en su interior.

Un dispositivo de emergencia.

Quizá también grababa.

Cuando quedaron solos, Daniel cerró la puerta.

—Escúchame. Si entregas el testamento, podemos arreglarlo.

—¿Qué significa arreglarlo?

—Destruiremos el original y prepararemos otro acuerdo.

—¿Para que tú conserves el control?

—Para que todos estemos protegidos.

—Nuestra hija es la heredera legal.

—Es un bebé que todavía no ha nacido.

Elena sintió una punzada.

—Hablas como tu madre.

—Mi padre me humilló durante toda mi vida. Me hizo trabajar por una empresa que nunca pensó entregarme.

—Quizá porque robabas dinero.

—Tomé lo que me correspondía.

—No te correspondía.

Daniel se acercó.

—Cuando nos casamos, sabías quién era yo.

—Creía que eras un hombre ambicioso. No un ladrón.

—No sabes lo que tuve que soportar.

—Nada de lo que soportaste te dio derecho a cambiar la medicación de Arturo.

El rostro de Daniel se endureció.

—No participé en eso.

—Pero sabes quién lo hizo.

Silencio.

—Fue Victoria —susurró Elena.

Daniel miró hacia la puerta.

—Mi padre estaba muriendo.

—No tan rápido como ella necesitaba.

—Baja la voz.

—¿La estás protegiendo?

—Estoy protegiéndonos.

—No existe un “nosotros” si proteges a la mujer que asesinó a tu padre.

Daniel agarró sus hombros.

—No entiendes hasta dónde puede llegar mi madre.

—Entonces ayúdame a detenerla.

—No puedo.

—¿Porque le tienes miedo?

—Porque todo lo que tenemos depende de ella.

Elena lo miró con horror.

—Incluso nuestra hija.

Daniel bajó las manos.

—Especialmente nuestra hija.

Desde el corredor, Victoria llamó:

—Se acabó el tiempo.

Daniel abrió la puerta.

Antes de salir, se inclinó hacia Elena.

—Firma una renuncia al testamento. Después podremos marcharnos de esta casa.

—¿Y si no firmo?

Él cerró los ojos.

—Entonces mi madre tomará la decisión por nosotros.

Cuando se marchó, Elena sacó el pequeño teléfono entregado por Rosa.

Tenía una única aplicación abierta.

La grabación seguía activa.

La conversación completa con Daniel había quedado registrada.

En la pantalla aparecía un mensaje de Rosa:

La verja del jardín sur estará abierta durante siete minutos a las once. Lleve los documentos. No confíe en nadie que tenga el apellido Beaumont.

Elena miró el reloj.

Faltaban menos de dos horas.

Debía escapar antes de que Victoria regresara con el sedante.

Pero antes necesitaba descubrir dónde se encontraba el documento original.

La copia que llevaba no era suficiente.

En el testamento aparecía una nota del notario:

El original será entregado únicamente después del nacimiento del heredero.

Si Samuel Ortega moría o desaparecía, Victoria podía afirmar que todo era falso.

Elena buscó su nombre en el teléfono.

Encontró una noticia publicada aquella misma mañana.

Notario Samuel Ortega sufre un accidente de tráfico camino a Madrid. Su estado es crítico.

Elena cerró los ojos.

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Victoria ya estaba eliminando a quienes podían confirmar la herencia.

Y ella era la siguiente.

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