Capítulo 10 - El cuarto piso bajo tierra

Victoria llegó a la torre Beaumont dentro de un vehículo penitenciario.
Una orden judicial permitía su participación presencial en la junta porque seguía siendo accionista y miembro del consejo protector, aunque su voto estuviera suspendido.
Llevaba esposas ocultas bajo un abrigo y la medalla dorada prendida en el pecho.
Elena la esperaba en la entrada acompañada por agentes.
—Quítese la medalla —ordenó uno de ellos.
Victoria miró a Elena.
—Daniel habló.
—Daniel siempre habla cuando descubre que alguien más piensa sacrificarlo.
El agente examinó la pieza.
Dentro encontró una tarjeta electrónica.
Victoria dejó de sonreír.
—No saben cómo utilizarla.
—Tenemos la tarjeta de Rivas.
La policía la había recuperado de uno de los hombres heridos en el astillero.
La junta fue cancelada y el edificio evacuado bajo la excusa de una amenaza técnica. Esteban Rivas no apareció. Su teléfono estaba apagado y su vivienda había sido abandonada.
Elena, Irene, Daniel Robles y una unidad de explosivos descendieron al aparcamiento B-3.
Detrás de una pared de hormigón encontraron un lector doble. Las tarjetas de Victoria y Rivas abrieron una puerta oculta.
Un ascensor descendió hasta el nivel B-4.
El espacio inferior era mucho más grande de lo esperado. Contenía servidores, cajas fuertes, documentos y una sala de vigilancia conectada con las filiales internacionales de Beaumont.
En varias pantallas aparecían cuentas, nombres de políticos y grabaciones privadas.
—Rivas controlaba a todos mediante información —dijo Irene.
Los especialistas buscaron explosivos.
Encontraron cargas instaladas alrededor de los servidores, pero el detonador principal había sido retirado.
—Puede activarlas remotamente —advirtió un técnico.
Elena localizó un dispositivo azul dentro de una caja marcada con las iniciales de Daniel. Introdujo la contraseña que él había entregado.
El archivo principal se abrió.
Había informes sobre seis accidentes industriales ocultos. Más de cien personas habían muerto o sufrido lesiones mientras la empresa falsificaba registros para conservar contratos.
También aparecían pagos a jueces, campañas políticas y funcionarios.
Victoria observaba desde la entrada, custodiada por dos agentes.
—Si publicas todo eso, Beaumont desaparecerá —dijo.
—Las víctimas ya desaparecieron de vuestros informes.
—Miles de empleados perderán su trabajo.
—Utilizas a los trabajadores vivos para justificar a los trabajadores muertos.
Victoria se acercó todo lo que permitían las esposas.
—No tienes experiencia suficiente para salvar la empresa.
—Quizá la empresa no deba salvarse en su forma actual.
—Arturo habría odiado verte destruir su legado.
Elena encontró una carpeta de vídeo.
El primer archivo había sido grabado por Arturo dos días antes de morir.
El anciano aparecía en su despacho.
—Victoria, si llegas a ver esto, todavía tienes la oportunidad de decir la verdad.
Su esposa apartó la mirada.
Arturo explicaba que Esteban Rivas diseñó el encubrimiento de la mina y convenció a Daniel para continuar las operaciones pese al riesgo. Victoria aprobó los pagos porque temía que el escándalo destruyera a su hijo.
—Intentaste proteger a Daniel de las consecuencias —decía Arturo—. Pero cada vez que evitaste que respondiera por una decisión, lo convertiste en un hombre más peligroso.
Victoria apretó los labios.
El vídeo continuó:
—No morí por una empresa. Morí porque la mujer con quien compartí cuarenta años prefirió silenciarme antes que aceptar que nuestro hijo era culpable.
Elena miró a su suegra.
—Él sabía lo que haría.
—Arturo siempre dramatizaba.
—Incluso ahora intentas reducir su asesinato a una discusión matrimonial.
El siguiente archivo mostraba a Victoria entrando en el dormitorio con el frasco alterado. Daniel esperaba en el corredor.
No podían seguir negándolo.
Una alarma comenzó a sonar.
El técnico levantó la cabeza.
—Alguien ha activado la secuencia de destrucción.
En las pantallas apareció una cuenta regresiva de cinco minutos.
—Rivas —dijo Elena.
Las puertas del ascensor se cerraron automáticamente.
Los especialistas corrieron hacia las cargas.
—Hay demasiadas. Necesitamos desactivar el detonador central.
Daniel Robles revisó el sistema.
—Se encuentra dentro de la sala de servidores, pero requiere una clave biométrica.
La pantalla mostró un nombre autorizado:
Victoria Beaumont.
Todos la miraron.
Victoria sonrió.
—Rivas siempre necesitó una garantía de que yo también sería responsable.
Elena la sujetó por los hombros.
—Desactive las cargas.
—¿Por qué?
—Porque también morirá.
—He vivido setenta años. Tú perderás a tu hija, tu empresa y todas las pruebas.
Esperanza estaba fuera del edificio con Rosa, pero Victoria creía que permanecía en la guardería ejecutiva del piso doce.
Elena no corrigió el error.
—Su nieta está arriba.
Por primera vez, Victoria mostró miedo.
—La evacuaron.
—No tuvieron tiempo de bajar la incubadora portátil.
Era una mentira, pero funcionó.
Victoria miró la cuenta regresiva.
Tres minutos.
—Llévenme al lector.
Los agentes la acompañaron hasta la sala central. El sistema solicitó su huella y reconocimiento ocular.
Victoria colocó la mano.
Acceso denegado.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
La pantalla mostró un segundo nombre:
Esteban Rivas. Autorización conjunta necesaria.
Rivas había construido el sistema para que Victoria no pudiera traicionarlo sola.
Dos minutos.
Elena revisó los archivos de Arturo. Encontró una grabación llamada Salida de emergencia.
La voz del anciano explicaba que había instalado un corte físico independiente detrás del panel norte.
—Sabía que podían intentar destruirlo todo.
Daniel Robles retiró una placa metálica. Detrás aparecían tres cables y una palanca.
—Si cortamos el cable equivocado, aceleraremos la detonación.
Arturo había dejado una frase:
La familia siempre eligió el oro. Yo elegiría el azul.
Elena miró los cables: rojo, dorado y azul.
—Corte el azul.
El técnico dudó.
—¿Está segura?
—Arturo preparó esta salida.
Faltaban cuarenta segundos.
El técnico cortó el cable azul y bajó la palanca.
La cuenta se detuvo en doce segundos.
Las puertas se abrieron.
Victoria cerró los ojos.
—Siempre creyó que era más inteligente que nosotros.
—No —respondió Elena—. Simplemente llegó a comprender quiénes erais.
Los agentes comenzaron a retirar los archivos.
En una pantalla apareció una transmisión entrante.
Esteban Rivas estaba dentro de un avión privado.
—Felicidades, Elena —dijo—. Arturo te dejó más preparada de lo que esperaba.
—El avión no podrá abandonar el espacio aéreo.
—No necesito escapar para destruir Beaumont.
Rivas levantó una carpeta.
—Tengo los contratos originales firmados por Arturo. Puedo demostrar que conocía los accidentes mucho antes de lo que confesó.
—Entonces los entregará durante su juicio.
—También puedo demostrar que el fondo de Esperanza recibió beneficios procedentes de esas operaciones.
Elena sintió un golpe de preocupación.
—Mi hija no había nacido.
—Las acciones heredaron tanto los beneficios como las responsabilidades.
Rivas sonrió.
—Mañana solicitaré a un tribunal internacional la confiscación de todo el patrimonio de Beaumont, incluido el fideicomiso de Esperanza.
—¿Para devolverlo a las víctimas?
—Para transferirlo a los acreedores que yo represento.
No buscaba justicia.
Quería quedarse con los restos de la empresa después de provocar su caída.
La transmisión terminó.
Irene examinó los documentos recuperados.
—Rivas puede intentarlo. Si demuestra que el fideicomiso se benefició del dinero ilegal, congelarán las acciones.
Elena miró la pantalla apagada.
Había salvado las pruebas, impedido la explosión y protegido a Esperanza.
Pero la guerra entraba en una fase distinta.
Ya no bastaba con demostrar que Victoria, Daniel y Rivas eran criminales.
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Elena tendría que decidir cuánto del imperio podía conservar sin continuar beneficiándose de aquello que había destruido tantas vidas.
Y en algún lugar, dentro de un avión que todavía no había sido localizado, Esteban Rivas preparaba la última jugada para convertir a las víctimas en una excusa y robar la fortuna de la verdadera heredera.