peak

Capítulo 12 - El barco de Esteban Rivas

El Victoria Norte no era un barco comercial ordinario.

Había sido construido como una plataforma de investigación oceánica, pero sus últimos propietarios lo transformaron en una oficina privada capaz de operar fuera de varias jurisdicciones. Contenía servidores, cajas de seguridad y sistemas de comunicación por satélite.

Esteban Rivas pretendía trasladar allí el dinero robado y borrar los archivos originales antes de que las autoridades europeas pudieran detenerlo.

Una orden internacional obligó al barco a regresar a puerto.

El capitán afirmó que Rivas no se encontraba a bordo.

Elena no le creyó.

Los registros de la aeronave privada utilizada por el fugitivo mostraban que había aterrizado en una pista cercana al puerto pocas horas antes de la salida. Además, desde el barco se había activado el intento de explosión del nivel B-4.

Irene insistió en que Elena permaneciera en España.

—La policía portuguesa registrará el buque.

—Rivas tiene personas dentro de las unidades que lo persiguen.

—No puedes subir a un barco controlado por un asesino.

—No pienso subir sin protección. Pero hay una persona que puede identificar el archivo maestro.

Daniel había ayudado a diseñar la estructura financiera de Rivas.

Desde prisión aceptó colaborar a cambio de ser trasladado a un centro de máxima seguridad, lejos de los aliados de Victoria.

Elena lo visitó antes de la operación.

—El servidor principal no tiene conexión permanente —explicó él—. Rivas guarda las claves en tres dispositivos físicos.

—¿Dónde?

—Uno en el barco. Otro lo tenía Victoria. El tercero estaba en poder de Bruno.

Bruno Leiva llevaba semanas detenido. Durante los interrogatorios aseguró que había perdido su dispositivo.

Irene encontró la verdad al revisar las grabaciones de la mansión.

Bruno lo había escondido dentro del coche de Arturo durante el funeral.

El vehículo seguía guardado en un depósito judicial.

La policía recuperó una pequeña placa de memoria bajo el asiento.

Con ella podían abrir las cuentas del Victoria Norte.

El barco fue obligado a detenerse cerca de Lisboa. Una unidad especial abordó la cubierta al amanecer. Elena, Irene y Daniel Robles permanecieron en el centro de mando del puerto, observando las cámaras de los agentes.

Los primeros niveles estaban vacíos.

En la sala de servidores encontraron cables arrancados y discos destruidos.

—Llegamos tarde —dijo Irene.

Daniel Robles negó con la cabeza.

—La energía continúa activa en la parte inferior.

Los planos mostraban tres cubiertas.

Los agentes descubrieron una cuarta oculta detrás de los depósitos de combustible.

Allí encontraron a varios empleados encerrados.

Uno de ellos explicó que Rivas había ordenado abandonar el barco mediante una lancha auxiliar antes de sellar la zona.

—¿Dónde está la lancha? —preguntó Elena.

Las cámaras exteriores no mostraban ninguna.

Un oficial examinó el casco y encontró una compuerta submarina.

El Victoria Norte transportaba un pequeño sumergible privado.

Rivas ya había escapado con parte de los archivos.

Sin embargo, había dejado una sorpresa.

Una cuenta regresiva apareció en las pantallas del barco. El sistema comenzaría a sobrecargar las baterías y provocar un incendio cerca del combustible.

Los agentes evacuaron a los trabajadores.

Elena utilizó la placa recuperada del coche de Arturo para acceder remotamente a los servidores. Solo había unos minutos antes de que el calor destruyera todo.

Los archivos comenzaron a copiarse.

Veinte por ciento.

Treinta y ocho.

Cincuenta y uno.

La temperatura aumentaba.

—Debemos cortar la energía —dijo el comandante.

—Perderemos los documentos —respondió Irene.

—También podemos perder el barco y a los agentes.

Elena recordó el nivel B-4.

Rivas siempre construía una elección cruel: salvar pruebas o salvar personas.

Esta vez Elena no dudó.

—Evacúen y corten la energía.

—La copia no ha terminado —dijo el técnico.

—Las vidas primero.

La electricidad fue desconectada cuando la transferencia alcanzaba el sesenta y cuatro por ciento.

Los agentes abandonaron el buque antes de que una explosión destruyera la sala inferior. El incendio fue controlado horas después.

Parte de la información se perdió.

Pero la copia recuperada contenía algo decisivo: una lista de coordenadas utilizadas por el sumergible.

La última correspondía a una isla privada situada frente a la costa portuguesa.

La propiedad pertenecía a una sociedad de Esteban Rivas.

La policía preparó una operación.

Antes de que pudiera comenzar, Elena recibió una llamada de un número desconocido.

—Ha elegido salvar a mis empleados —dijo Rivas—. Arturo habría elegido los servidores.

—Por eso Arturo perdió el derecho a decidir.

—La compasión es costosa.

—No tanto como sus crímenes.

—Tengo los contratos originales que demuestran que Beaumont conocía todos los accidentes.

—Publíquelos.

Rivas guardó silencio.

—No era la respuesta que esperaba —dijo.

—Quiere utilizar la verdad como amenaza porque cree que yo necesito proteger el nombre de la empresa.

—Su hija perderá todo.

—Conservará una madre que puede mirarla sin mentir.

Rivas cambió de tono.

—Victoria tiene razón. Usted no pertenece a este mundo.

—No quiero pertenecer al mundo que ustedes construyeron.

La llamada terminó.

La señal permitió localizarlo en la isla.

La unidad especial llegó durante la noche. Encontraron túneles, un pequeño centro de datos y una pista de aterrizaje.

Rivas estaba preparando su salida.

Cuando vio a los agentes, activó un sistema que comenzó a eliminar los archivos.

Daniel Robles entró con ellos para identificar los servidores. Elena observaba desde el centro de mando.

Rivas apareció en una cámara, sosteniendo un arma junto a una caja metálica.

—Quiero hablar con Elena —exigió.

El comandante se negó.

—Conecten la llamada —dijo ella.

Su rostro apareció en una pantalla frente a Rivas.

—Todo el patrimonio de Beaumont procede de decisiones como las mías —afirmó él—. Arturo, Victoria y Daniel solo fueron menos eficientes.

—Eso no lo convierte en indispensable.

—Si destruyo esta caja, las familias jamás demostrarán qué ocurrió.

—Ya tenemos nombres, transferencias y testimonios.

—No todos.

Abrió la caja.

Contenía informes sobre otros accidentes, algunos ocurridos veinte años antes.

—¿Qué quiere? —preguntó Elena.

—Un avión, inmunidad financiera y una nueva identidad.

—No puedo concederle eso.

—Puede pedirlo.

—No lo haré.

Rivas colocó un encendedor sobre los documentos.

—Entonces cargará con las historias que desaparezcan.

Elena sostuvo su mirada.

—Usted las hizo desaparecer. No me entregará su culpa porque yo me niegue a obedecerlo.

El rostro de Rivas se endureció.

Antes de encender el papel, uno de sus propios hombres lo golpeó por detrás.

Era un técnico llamado Javier Santos, cuyo hermano había muerto en Santa Lucía.

—Me dijo que no había nadie dentro —gritó.

Los agentes entraron.

Rivas disparó, pero falló. Daniel Robles lo derribó contra el suelo y la policía lo esposó.

La caja fue recuperada.

Al ser conducido hacia el helicóptero, Rivas miró a Elena a través de la cámara.

—Sin mí, Beaumont caerá.

—Entonces caerá.

Horas después, todas las cuentas internacionales fueron bloqueadas.

El dinero que Rivas intentaba robar regresaría a un fondo judicial.

Pero Elena sabía que detenerlo no resolvería el dilema principal.

Beaumont Industries seguía empleando a más de veinte mil personas.

Destruir la estructura podía perjudicar a trabajadores inocentes.

Conservarla sin cambios mantendría vivo el sistema que permitió los crímenes.

Elena debía encontrar una tercera opción.

May you like

No salvar el imperio.

Transformarlo para que nunca volviera a pertenecer a una sola familia.

Related Stories

Other posts