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Capítulo 8 - El precio de la confesión

Daniel solicitó hablar con Elena desde prisión.

Durante los primeros días se había negado a colaborar. Culparía a Victoria del intento de asesinato y aseguraría que había bajado a la plataforma para ayudar a su esposa.

Las grabaciones y las imágenes destruyeron aquella versión.

Cuando la fiscalía añadió los cargos relacionados con la mina, Daniel comprendió que podía pasar décadas en prisión.

—No tienes que verlo —dijo Irene.

—Quiero saber qué ofrece.

La reunión se celebró en una sala separada por un cristal. Daniel llevaba el uniforme gris de la prisión y tenía un vendaje en la muñeca golpeada por Elena.

Al verla entrar, intentó sonreír.

—¿Cómo está nuestra hija?

—No utilices a Esperanza para hacer que esta conversación parezca normal.

—Tengo derecho a saberlo.

—Perdiste ese derecho cuando bajaste con un cuchillo.

Daniel apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi madre me manipuló.

—Tú falsificaste los informes de Arturo.

—Ella dijo que mi padre estaba sufriendo.

—También cambiaste su medicación.

—Solo llevé el frasco.

—Sabías lo que contenía.

Daniel desvió la mirada.

—Quiero colaborar.

—Entonces empieza.

Explicó que Esteban Rivas dirigía una red interna conocida como Círculo Norte. Estaba formada por consejeros, políticos y directores de filiales. Utilizaban proyectos internacionales para desviar dinero y financiar campañas políticas.

La mina de Santa Lucía era solo uno de varios accidentes ocultos.

—¿Cuántas personas murieron? —preguntó Elena.

—No lo sé.

—Mientes.

—Conozco cuarenta y tres nombres. Rivas decía que había otros casos.

Daniel entregó una lista de servidores y cuentas. A cambio solicitaba una reducción de condena y protección frente a su madre.

—¿Protección contra Victoria? Está detenida.

—No controla la red desde su celda, pero todavía tiene aliados.

—¿Por qué te harían daño?

—Porque guardé una copia del archivo principal.

Elena se inclinó hacia el cristal.

—¿Dónde?

—Primero quiero un acuerdo firmado.

Irene intervino:

—La fiscalía puede considerar su cooperación. Nadie le prometerá libertad.

Daniel miró a Elena.

—Tú puedes pedir que reduzcan los cargos por el balcón.

—Intentaste matar a Rosa y a mí.

—No llegué a hacerlo.

—Porque la policía llegó.

—Elena, soy el padre de Esperanza.

—Biología no significa protección.

Daniel apretó la mandíbula.

—Mi madre también planeaba hacerte parecer incapaz después del parto.

Sacó una hoja de su carpeta.

Había informes preparados antes de la caída. Describían síntomas de depresión posparto, alucinaciones y conductas violentas.

—Querían internarte —dijo—. Después Victoria asumiría el control de las acciones.

—¿Y tú qué obtenías?

—La presidencia operativa.

—Aceptaste.

—No sabía que planeaba empujarte.

Elena recordó cómo él había exigido los documentos mientras ella colgaba.

—Lo supiste cuando llegaste al balcón y no la detuviste.

Daniel cerró los ojos.

—Sí.

Por primera vez, no intentó justificarlo.

—La copia del archivo está dentro de un dispositivo azul —continuó—. Bruno la escondió en el archivo de la torre Beaumont.

—¿Qué planta?

—No está en una planta registrada. Hay un nivel debajo del aparcamiento llamado B-4.

Los planos solo llegaban hasta B-3.

—¿Cómo se entra?

—Con dos tarjetas. Victoria posee una. Rivas, la otra.

—Victoria está en prisión.

—Su tarjeta desapareció durante el registro.

Daniel pidió acercarse al cristal.

—Rivas planea convocar una junta internacional dentro de cuatro días. Presentará la caída de las acciones como prueba de que no puedes proteger la empresa.

—Ya intentaron hacerlo.

—Esta vez ofrecerá comprar las participaciones de Esperanza mediante un fondo extranjero.

—No venderé.

—Entonces publicará los informes sobre tu supuesta inestabilidad y provocará una retirada bancaria.

—¿Por qué me cuentas esto?

Daniel miró hacia la cámara de seguridad.

—Porque Rivas ordenó el accidente del transporte de Samuel Ortega. Mi madre solo lo autorizó.

—¿Y tu padre?

—Rivas entregó el medicamento al doctor Molina.

La red había participado directamente en el asesinato de Arturo.

Antes de finalizar la reunión, Daniel escribió una secuencia numérica.

—Es la contraseña del dispositivo.

—¿Por qué confiaría en ti?

—Porque no tengo nada más que vender.

Elena se levantó.

—La verdad no es una mercancía que te pertenezca.

—Para esta familia siempre lo fue.

—Por eso estás sentado ahí.

Dos horas después, el convoy que trasladaba a Daniel a otra prisión fue atacado en una carretera secundaria.

Un camión bloqueó el paso. Varios hombres vestidos como agentes utilizaron documentos falsos para asumir la custodia. Cuando la policía descubrió el engaño, Daniel ya había desaparecido.

Irene recibió la noticia mientras regresaban a casa.

—Alguien dentro de la fiscalía facilitó la ruta.

Elena llamó inmediatamente a Rosa.

No respondió.

La enfermera de Esperanza tampoco.

Elena sintió pánico.

Llegaron al apartamento acompañadas por agentes. La puerta estaba abierta, pero no había señales de lucha.

La cuna estaba vacía.

Sobre la mesa encontraron el botón de emergencia de Rosa y una fotografía de Esperanza.

El teléfono de Elena sonó.

Daniel apareció en una videollamada.

Estaba dentro de un vehículo. Rosa se encontraba a su lado con las manos atadas.

Esperanza no aparecía.

—¿Dónde está mi hija? —gritó Elena.

—A salvo.

—Quiero verla.

Daniel giró la cámara.

La bebé estaba dentro de un asiento infantil, dormida bajo una manta.

Rosa tenía una herida en la frente.

—No les dé nada —dijo antes de que Daniel le cubriera la boca.

—Escúchame —dijo él—. Rivas organizó mi fuga. Después ordenó que te quitara a Esperanza.

—¿Por qué obedeciste?

—Porque dijo que mataría a mi madre.

Elena casi rio ante la crueldad de la excusa.

—Victoria intentó asesinar a tu hija.

—Sigue siendo mi madre.

—Y Esperanza sigue siendo tu hija. Siempre eliges a la persona que tiene más poder.

Daniel bajó la voz.

—Lleva el testamento original y la llave de la cuenta 8817 al antiguo astillero Beaumont. Ven sola.

—La policía te encontrará.

—Rivas controla las carreteras, las cámaras y parte de la unidad que te protege.

—¿Qué ocurrirá después de entregarte los documentos?

—Te devolveré a la niña.

Rosa negó con la cabeza.

Daniel terminó la llamada.

Irene miró a Elena.

—No irás sola.

—No.

Elena tomó la copia de la carta de Arturo.

—Pero Daniel debe creer que todavía puede obligarme a obedecer utilizando a mi hija.

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La diferencia era que, esta vez, Elena ya sabía exactamente qué clase de hombre esperaba encontrar.

Y no pensaba entregarle el verdadero testamento.

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