Capítulo 7 - La cuenta 8817

El antiguo almacén se encontraba en la zona industrial del puerto, lejos de los edificios modernos de Beaumont Industries.
La compañía lo había utilizado décadas atrás para guardar piezas de maquinaria naval. Según los registros oficiales, llevaba cerrado más de quince años.
Daniel había visitado el lugar seis veces durante los meses anteriores a la muerte de Arturo.
Victoria, cuatro.
Elena viajó acompañada por Irene, Daniel Robles —el investigador privado contratado por la abogada— y dos agentes de la fiscalía. Rosa insistió en acudir, pero Elena se negó.
—Tiene un hombro herido y una ahijada que la necesita.
—Precisamente porque la niña me necesita no quiero que entre sola en otro lugar relacionado con esa familia.
—No estaré sola.
Rosa la observó con desconfianza.
—Eso dijo antes de regresar al despacho.
Finalmente aceptó quedarse con Esperanza, aunque colocó otro botón de emergencia en el abrigo de Elena.
—Esta vez no permita que nadie lo destruya.
La puerta del almacén estaba protegida por una cerradura electrónica. La combinación escrita por Arturo la abrió.
Dentro encontraron una oficina, varias cajas vacías y una pared cubierta por estanterías. No había maquinaria.
El investigador encendió las luces.
—Alguien ha estado aquí recientemente.
El suelo había sido limpiado y una cámara nueva vigilaba la entrada.
Elena buscó el número 8817.
Aparecía grabado en una taquilla metálica situada al fondo. La cerradura se abrió con la misma combinación.
Dentro había una libreta, una tarjeta bancaria y una llave de seguridad.
La primera página de la libreta contenía nombres de empresas extranjeras. Junto a cada una aparecían cantidades, fechas y siglas.
Irene reconoció algunas.
—Son contratistas de Beaumont en América del Sur.
Una empresa llamada Minera Santa Lucía había recibido más de treinta millones. Otra sociedad, SegurAndes, recibió diecisiete. El resto fue distribuido entre políticos, consultoras y supuestas indemnizaciones.
Elena pasó las páginas.
Encontró una fotografía aérea de una mina.
En la parte posterior aparecía una fecha y una frase:
Cuarenta y tres trabajadores. Ninguno debía estar dentro.
—¿Qué ocurrió allí? —preguntó.
Irene buscó en una base de datos.
Tres años antes, una mina controlada indirectamente por Beaumont sufrió un derrumbe en Chile. La versión oficial indicó que el lugar estaba vacío por mantenimiento. No se registraron víctimas.
Sin embargo, los nombres de cuarenta y tres hombres aparecían en la libreta de Arturo.
—Había trabajadores dentro —comprendió Elena.
Las transferencias no eran inversiones personales.
Eran pagos para silenciar familias, comprar informes y ocultar muertes.
Daniel Robles examinó la tarjeta bancaria.
—La cuenta 8817 puede ser el fondo utilizado para pagar la operación.
La llave correspondía a una caja de seguridad en un banco privado de Madrid.
Antes de salir, Elena encontró un pequeño reproductor de vídeo oculto detrás de la taquilla.
Al encenderlo, apareció Arturo.
Estaba sentado en aquella misma oficina, visiblemente enfermo.
—Elena, si estás viendo esto, significa que Victoria ya intentó utilizar el consejo contra ti.
Arturo explicó que descubrió el derrumbe por casualidad. Daniel había autorizado continuar los trabajos pese a las advertencias sobre la estabilidad de los túneles. Cuando ocurrió el accidente, Victoria ordenó declarar la mina vacía para evitar la pérdida de contratos internacionales.
—Los cuarenta y tres trabajadores eran inmigrantes sin contratos formales —decía Arturo—. Creyeron que nadie preguntaría por ellos.
Elena sintió indignación.
—Intenté denunciarlo. Victoria me recordó que mi firma aparecía en los documentos de la filial. Yo era presidente y había permitido que Daniel actuara sin supervisión. También era responsable.
Arturo confesaba que aceptó inicialmente pagar a las familias en secreto. Después comprendió que Victoria no pretendía indemnizarlas, sino obligarlas a firmar declaraciones afirmando que los trabajadores nunca estuvieron allí.
—Los ochenta millones compraron policías, funcionarios, médicos y periodistas. La cuenta 8817 conserva los nombres.
El vídeo mostró una lista parcial.
Entre ellos aparecía Esteban Rivas, presidente del consejo internacional de Beaumont Industries.
Elena conocía a Rivas. Había enviado flores al hospital y ofrecido públicamente su apoyo tras la caída.
—Si revelas esto —continuó Arturo—, la empresa puede perder contratos y miles de empleos. Victoria utilizará ese miedo para convencerte de guardar silencio.
La imagen se acercó al rostro del anciano.
—No lo hagas. Una empresa no merece existir si necesita enterrar trabajadores para proteger su valor.
La grabación terminó.
Irene guardó el dispositivo.
—Necesitamos ir al banco.
Un olor a combustible llenó la oficina.
Daniel Robles corrió hacia la entrada.
Una línea de fuego apareció bajo la puerta principal.
—¡Están incendiando el almacén!
Los agentes intentaron abrir, pero la cerradura se había bloqueado desde fuera.
El humo comenzó a extenderse rápidamente.
Elena buscó otra salida. En los planos antiguos aparecía una puerta hacia los muelles, pero estaba oculta detrás de las estanterías.
Entre todos empujaron la estructura metálica.
Detrás encontraron una puerta oxidada.
La llave de la caja bancaria no encajaba.
El fuego avanzaba.
Elena recordó las palabras de Rosa: algunas puertas no estaban cerradas por casualidad.
Golpeó la pared alrededor de la cerradura. La humedad había debilitado la madera. Uno de los agentes utilizó una barra y consiguió romperla.
Salieron hacia un embarcadero justo cuando las ventanas del almacén explotaban.
Una motocicleta se alejaba por la carretera.
Daniel Robles fotografió la matrícula.
El vehículo estaba registrado a nombre de una empresa de seguridad dirigida por Esteban Rivas.
Aquella misma tarde acudieron al banco.
La llave abrió la caja 8817.
Dentro encontraron copias de transferencias, cuarenta y tres contratos laborales y grabaciones de las llamadas realizadas después del derrumbe.
En una de ellas, Daniel decía:
—Si reconocemos que estaban dentro, perderemos la concesión.
Victoria respondía:
—Entonces nunca estuvieron dentro.
Otra voz intervino:
—Yo me encargaré de los ministros y de la prensa.
Era Esteban Rivas.
El último objeto de la caja era un frasco de medicamento idéntico al que Arturo tomaba antes de morir. Un análisis preliminar confirmó que contenía una concentración letal.
En el frasco aparecían las huellas de Victoria.
Pero también las de Daniel.
Cuando Elena regresó al apartamento, Rosa esperaba junto a la puerta.
—Esteban Rivas llamó tres veces.
—¿Qué quería?
—Ofrecer ayuda.
El teléfono volvió a sonar.
Elena respondió.
—Señora Márquez —dijo Rivas—, lamento lo ocurrido en el almacén.
Ella no había informado públicamente del incendio.
—¿Cómo sabe dónde estuve?
Hubo un breve silencio.
—En una empresa de este tamaño, pocas cosas permanecen en secreto.
—Cuarenta y tres trabajadores permanecieron en secreto durante tres años.
Rivas cambió el tono.
—Debe pensar cuidadosamente antes de convertir un accidente extranjero en una guerra contra Beaumont.
—Fue usted quien ordenó quemar el almacén.
—No haga acusaciones que no pueda demostrar.
Elena miró las copias de la cuenta 8817.
—Arturo podía demostrarlo.
—Y mire lo que le ocurrió.
La llamada terminó.
Rosa tomó a Esperanza en brazos.
—Ese hombre acaba de amenazarla.
—Sí.
Elena observó a su hija.
Victoria y Daniel habían intentado matarla para recuperar una herencia.
Esteban Rivas estaba dispuesto a matar para impedir que cuarenta y tres nombres regresaran a los registros de la empresa.
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La guerra ya no se limitaba a una familia.
Abarcaba todo el imperio que Arturo había dejado a Esperanza.