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Capítulo 4 - Treinta metros sobre el jardín

Elena no tuvo tiempo de gritar antes de atravesar la barandilla.

Su cuerpo cayó hacia delante, pero una de sus manos chocó contra una barra metálica instalada bajo el borde del balcón. Cerró los dedos por instinto.

El tirón casi le arrancó el hombro.

Quedó suspendida a más de treinta metros del jardín.

La lluvia golpeaba su rostro. El vestido se pegaba a sus piernas y el peso del embarazo la arrastraba hacia abajo. Cada respiración provocaba un dolor agudo en el abdomen.

—¡Mi bebé!

Intentó apoyar un pie contra la pared, pero no encontró ninguna superficie.

Sobre ella, Victoria se inclinó sobre la barandilla.

No parecía sorprendida de que Elena continuara viva.

Parecía irritada.

—Suéltate —dijo—. Será más rápido.

Elena apretó la barra.

—¿Cómo pudo hacerle esto a Arturo?

—Él me traicionó primero.

—Era su esposo.

—Durante cuarenta años. Y al final quiso entregar todo a una mujer que conocía desde hacía dos y a una niña que ni siquiera había nacido.

—Es su nieta.

—Es una amenaza.

Elena sintió una contracción.

El dolor recorrió su vientre y descendió por la espalda.

—Daniel —gritó—. Ayúdame.

Su esposo apareció junto a Victoria.

Miró hacia abajo.

Elena esperaba ver horror, arrepentimiento o un mínimo impulso de salvarla.

Solo encontró indecisión.

—Daniel, es tu hija.

—Dame los documentos —respondió.

—Están dentro.

—¿Dónde?

—Sácame y te lo diré.

Victoria rio.

—Miente.

—Entonces bájate y búscalos tú —gritó Elena.

Sus dedos comenzaron a resbalar.

Rosa salió corriendo al balcón.

La anciana se tumbó sobre el suelo y extendió los brazos.

—¡Deme la mano!

—¡No puede sostenerme!

—¡Sí puedo!

Elena soltó una mano de la barra y alcanzó la muñeca de Rosa.

La sirvienta sujetó su antebrazo con ambas manos.

—Míreme —ordenó—. No mire hacia abajo.

—El bebé…

—Está con usted. Siga respirando.

Rosa intentó tirar, pero el peso era demasiado. Colocó los pies contra el marco de la puerta y utilizó todo su cuerpo.

Victoria la golpeó entre los hombros.

—¡Suéltala!

Rosa gimió, pero no abrió las manos.

—No.

La suegra volvió a golpearla.

—Has trabajado para mí durante treinta años.

—Trabajé para esta casa. No para sus crímenes.

—Te di un salario, una habitación y comida.

—Elena me dio respeto.

Victoria agarró sus piernas e intentó arrastrarla.

Rosa se aferró al marco.

Daniel permanecía inmóvil.

—Ayúdala —suplicó Elena—. Todavía puedes hacer lo correcto.

—¿Dónde están los documentos?

—¡En el despacho!

—¿Dónde exactamente?

Elena comprendió que no pensaba salvarla hasta recuperar las pruebas.

—Rosa tiene una copia.

Daniel miró a la anciana.

—¿Es verdad?

Rosa continuó tirando.

—Aunque tuviera cien copias, no le daría ninguna.

Daniel sacó un cuchillo de la mesa del dormitorio.

Elena sintió terror.

—¿Qué vas a hacer?

—Necesito que la suelte.

—¡Es una anciana!

—Es una testigo.

Rosa apretó los dientes.

—Tendrá que matarme.

Daniel levantó el arma.

Elena gritó.

El primer golpe cortó la manga del uniforme y abrió una herida en el hombro de Rosa. La sangre comenzó a deslizarse por su brazo.

La anciana no soltó a Elena.

—¡Váyase! —suplicó la joven—. ¡No muera por mí!

—No estoy muriendo por usted.

Rosa respiró con dificultad.

—Estoy luchando por lo que debí defender cuando el señor Arturo pidió ayuda.

Victoria tiró nuevamente de sus piernas.

Los dedos de Elena resbalaron de la barra.

Solo permanecía unida a Rosa por una mano.

El dolor en el vientre aumentó.

—Creo que el bebé viene.

—Aguante.

—No puedo.

—Sí puede.

Daniel volvió a levantar el cuchillo.

En ese momento, una sirena lejana comenzó a escucharse.

Victoria miró hacia el jardín.

—La policía.

Daniel palideció.

—El broche transmitió antes de que lo destruyeras.

—Todavía tenemos tiempo.

—¿Tiempo para qué?

Victoria miró a Elena.

—Para que esto parezca un accidente.

Daniel cortó la tela del uniforme de Rosa.

La anciana perdió apoyo y se deslizó hacia el borde. Consiguió sujetarse con un codo, pero la mano de Elena comenzó a escapar de sus dedos.

—¡No! —gritó Rosa.

Elena vio cómo sus manos se separaban.

Por un instante, todo quedó en silencio.

Después cayó.

Protegió el vientre con ambos brazos.

Un piso más abajo había un toldo de lona extendido sobre una terraza. Su cuerpo impactó contra la tela. El material se hundió, reduciendo la velocidad, y se rasgó bajo su peso.

Elena atravesó la abertura y rodó hasta una plataforma de mantenimiento.

El golpe le quitó el aire.

Permaneció inmóvil, mirando la lluvia.

Colocó una mano sobre el abdomen.

Durante unos segundos no sintió nada.

—Por favor —susurró—. Muévete.

Una pequeña patada respondió desde dentro.

Elena comenzó a llorar.

Arriba, Rosa gritó:

—¡Está viva!

Daniel se asomó.

El alivio no apareció en su rostro.

Bajó por la escalera metálica con el cuchillo.

Elena intentó alejarse, pero una pierna estaba atrapada bajo la estructura del toldo. El metal presionaba su tobillo.

—Daniel, la policía está llegando.

—No antes de que termine.

—Puedes entregarte.

—Pasaría el resto de mi vida en prisión.

—Eso depende de lo que hagas ahora.

—Ya es demasiado tarde.

—No. Siempre puedes elegir no matarnos.

Daniel llegó a la plataforma.

La lluvia corría por la hoja del cuchillo.

—Mi padre me quitó la empresa antes de morir —dijo—. Tú me quitaste lo que quedaba cuando encontraste el testamento.

—Yo no te quité nada. Descubrí lo que robaste.

—Nuestra hija tendrá todo.

—Es tu hija.

—Será tu hija cuando controles mis acciones.

Elena comprendió que Daniel nunca había visto al bebé como una persona.

Solo como una heredera que lo reemplazaría.

Levantó el cuchillo.

Antes de que atacara, Rosa descendió por la escalera.

Tenía el brazo cubierto de sangre, pero se lanzó sobre él.

Ambos chocaron contra la barandilla.

Daniel la golpeó.

—Siempre fuiste una criada insignificante.

Rosa le dio un rodillazo.

—Y usted siempre fue un niño asustado escondido detrás de su apellido.

Daniel la empujó.

La anciana perdió el equilibrio y quedó suspendida fuera de la plataforma, sujetándose con una mano.

Elena agarró una barra rota del toldo.

Daniel avanzó nuevamente.

Ella golpeó su muñeca.

El cuchillo cayó hacia el jardín.

Daniel gritó y trató de quitarle la barra.

Elena volvió a golpearlo, esta vez en la rodilla.

—¡Rosa, deme la mano!

—Su pierna está atrapada.

—Usted regresó por mí.

Elena se arrastró hasta el borde y sujetó a la anciana.

Daniel se levantó detrás de ellas.

Entonces una voz retumbó desde la terraza inferior.

—¡Policía! ¡No se mueva!

Varios agentes apuntaban hacia él.

Los bomberos comenzaron a subir.

Daniel miró la escalera, el jardín y la puerta superior. No tenía salida.

Victoria apareció en el balcón.

Al ver a los agentes, intentó retroceder, pero otros policías entraron en el dormitorio.

—Señora Beaumont —ordenó uno—, levante las manos.

Victoria miró hacia Elena.

Incluso entonces, no mostró miedo.

Solo odio.

—Esa niña destruirá esta familia —dijo.

Elena sostuvo la mano de Rosa mientras los bomberos llegaban.

—No.

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La joven miró a su suegra.

—Usted la destruyó cuando decidió que la fortuna valía más que su propia sangre.

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