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Capítulo 14 - El juicio desde el balcón

El juicio comenzó diez meses después.

Victoria, Daniel, Esteban Rivas, Bruno Leiva y el doctor Molina fueron procesados en una causa conjunta por organización criminal, fraude, homicidio, intento de asesinato, corrupción y encubrimiento de accidentes laborales.

El tribunal tuvo que trasladar las sesiones a una sala más grande debido al número de víctimas y periodistas.

Las familias de los cuarenta y tres trabajadores de Santa Lucía ocuparon las primeras filas.

Rosa se sentó junto a Elena.

Esperanza permaneció en casa, protegida de las cámaras y de una historia que algún día conocería de la forma adecuada.

El fiscal comenzó con la muerte de Arturo.

Mostró los frascos de medicamentos, los informes alterados y la grabación del nivel B-4. El tribunal vio a Victoria entrando en el dormitorio del anciano y a Daniel esperando en el corredor.

Molina declaró a cambio de una reducción de condena.

—La señora Beaumont ordenó aumentar la dosis —confesó—. Daniel me pidió que preparara un informe donde la muerte pareciera natural.

—¿Sabía que podía resultar mortal?

—Sí.

Daniel evitó mirar a Elena.

La siguiente parte del juicio se centró en el balcón.

El broche de Rosa había registrado la conversación casi completa.

La voz de Victoria llenó la sala:

—Tu hija no puede dirigir una empresa. Tú tampoco.

Después se escuchaban los golpes, los gritos y la amenaza de Daniel.

Los fiscales mostraron la estructura del balcón y la plataforma donde Elena sobrevivió. No enseñaron fotografías de su cuerpo herido.

Cuando Rosa subió al estrado, caminó sin ayuda.

—¿Por qué regresó después de que Daniel bajara con el cuchillo? —preguntó el fiscal.

—Porque Elena seguía viva.

—Usted estaba herida.

—Ella estaba embarazada y atrapada.

El abogado de Daniel intentó presentar a Rosa como una empleada resentida.

—¿Es cierto que Arturo la nombró miembro del consejo protector?

—Sí.

—¿Recibió beneficios económicos después del arresto de los Beaumont?

—Recibí una habitación en la casa de Elena, atención médica y una familia.

—Por tanto, tenía razones para declarar contra mis clientes.

Rosa lo miró con serenidad.

—Tenía razones antes de recibir nada. Los vi intentar asesinar a una mujer y a su hija.

El abogado insistió:

—¿Odia a Daniel Beaumont?

—No.

—¿Espera que el tribunal crea eso?

—Odiarlo exigiría llevarlo conmigo todos los días. Ya le he dado demasiados años a esa familia.

Elena fue llamada después.

Relató la búsqueda de los documentos, la reunión en el dormitorio y el momento en que Victoria la empujó.

—¿Vio las manos de la acusada sobre su cuerpo? —preguntó el fiscal.

—Sí.

—¿Podría haber perdido el equilibrio accidentalmente?

—No.

La defensa de Victoria mostró los informes psicológicos falsificados.

—¿No es cierto que había sufrido ansiedad durante el embarazo?

—Sí.

—¿Y episodios de miedo irracional?

—Tenía miedo de las personas que más tarde intentaron matarme. No era irracional.

El abogado cambió de estrategia.

—Usted se benefició económicamente de la condena de los acusados.

—Reduje voluntariamente el fideicomiso de mi hija y entregué la mayoría de las acciones.

—Conservó una parte.

—La cantidad protegida legalmente para su educación y bienestar.

—Sigue siendo millonaria.

Elena miró a las familias sentadas detrás.

—Tener recursos no convierte mi testimonio en falso. Pero sí me obliga a reconocer que la reparación nunca será igual al daño.

Daniel declaró contra Rivas y Victoria.

Intentó presentarse como un hijo sometido desde la infancia.

—Mi madre controlaba todas mis decisiones —dijo.

El fiscal reprodujo la imagen de la plataforma.

—En ese momento su madre se encontraba un piso más arriba. Usted descendió solo con el cuchillo.

Daniel guardó silencio.

—¿Quién controlaba su brazo?

—Nadie.

—¿Quién decidió golpear a Rosa?

—Yo.

—¿Quién secuestró después a su hija?

—Yo.

El fiscal se acercó.

—Puede haber sido educado dentro de una familia violenta. Pero cada una de esas decisiones fue suya.

Daniel comenzó a llorar.

—Creí que, si perdía la empresa, no sería nadie.

Elena lo escuchó sin sentir la antigua necesidad de consolarlo.

—Y para evitarlo —continuó el fiscal— estuvo dispuesto a impedir que su hija llegara a ser alguien.

Esteban Rivas mantuvo una actitud desafiante.

Afirmó que los accidentes industriales eran responsabilidad de directores locales y que las transferencias correspondían a gastos de seguridad.

Javier Santos, el técnico que lo detuvo en la isla, declaró sobre los documentos que intentó quemar.

Después se mostraron las comunicaciones donde Rivas ordenaba el incendio del almacén, la explosión del astillero y la destrucción del nivel B-4.

Las familias de los mineros presentaron objetos recuperados: cascos, relojes y fotografías.

Mariana Soto sostuvo el teléfono de su esposo.

—La empresa dijo que Luis nos abandonó. Este teléfono contenía un mensaje que nunca salió de la mina.

El tribunal escuchó la voz del hombre:

—Hay un derrumbe. Dile a los niños que los amo.

Rivas bajó la mirada por primera vez.

Las sentencias fueron leídas tres meses después.

Esteban Rivas recibió la pena más alta por dirigir la red criminal y ordenar varios intentos de asesinato.

Victoria fue condenada por el homicidio de Arturo, el intento de asesinato de Elena y Esperanza, fraude y encubrimiento.

Daniel recibió una larga condena por complicidad en la muerte de su padre, intento de asesinato, secuestro y fraude.

Bruno y Molina también fueron condenados.

Antes de ser retirada, Victoria pidió hablar con Elena.

—Esperanza llevará mi sangre toda su vida.

—También lleva la mía.

—Algún día querrá conocerme.

—Cuando tenga edad suficiente, conocerá la verdad. Después decidirá por sí misma.

—Puedes enseñarle a odiarme.

—No necesito hacerlo. Le enseñaré a reconocer las decisiones que destruyen a otras personas.

Daniel no pidió perdón.

Solo preguntó si algún día podría recibir una fotografía de su hija.

Elena respondió:

—Cuando Esperanza pueda comprender quién eres, será ella quien decida.

El tribunal se vació lentamente.

Rosa tomó la mano de Elena.

—¿Ha terminado?

Elena observó a las familias de Santa Lucía.

—El juicio sí.

La reparación duraría muchos años.

Pero por primera vez, las personas responsables no podían esconderse detrás de un apellido, una empresa ni una versión oficial.

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La verdad había llegado al mismo lugar desde el que Victoria creyó poder arrojarla.

Y esta vez nadie consiguió empujarla fuera.

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