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Capítulo 3 - La puerta del jardín sur

A las diez y cuarenta y cinco, Rosa entró nuevamente al dormitorio con un vestido más amplio para Elena.

—Póngaselo —susurró—. Podrá moverse mejor que con esa ropa.

—El notario sufrió un accidente.

La anciana no pareció sorprendida.

—La señora Victoria recibió una llamada antes del amanecer. Después ordenó preparar el coche de Daniel.

—¿Daniel salió?

—Sí. Regresó menos de una hora después.

Elena sintió náuseas.

—Quizá estuvo allí.

—No piense ahora en lo que quizá hizo. Piense en salir viva.

Rosa le entregó una pequeña memoria.

—He copiado la grabación de mi broche. La central de seguridad recibe una señal, pero no enviarán ayuda mientras no active la alarma completa.

—¿Por qué no la ha activado ya?

—Porque los hombres de la puerta trabajan para Victoria. Si la policía llama antes de llegar, cerrarán la casa y dirán que fue una falsa alerta.

—Venga conmigo.

Rosa negó con la cabeza.

—Si desaparecemos las dos, sabrán que escapó. Yo debo mantenerlos distraídos.

—Pueden hacerle daño.

—Llevo treinta años en esta casa. Sé dónde esconderme.

Elena tomó sus manos.

—No quiero abandonarla.

—No me abandona. Me da una razón para hacer algo que debí hacer hace mucho tiempo.

Rosa confesó que había visto a Victoria cambiar las pastillas de Arturo la noche anterior a su muerte. Intentó hablar, pero Daniel la amenazó con acusar a su hijo de un robo cometido años atrás.

—¿Su hijo?

—Murió hace cinco años. Pero yo seguí guardando silencio, como si todavía pudieran castigarlo.

—Usted no es responsable.

—El silencio también tiene consecuencias.

Rosa guardó los documentos dentro de una bolsa impermeable y la sujetó bajo el vestido de Elena.

—Saldrá por la escalera de servicio. Cruzará la lavandería y llegará al invernadero. La puerta sur estará abierta.

—¿Quién la abrirá?

—Tomás, el jardinero.

—¿Confía en él?

—Arturo pagó la operación de su hija. Tomás no lo ha olvidado.

Elena abrazó a Rosa.

La anciana permaneció rígida durante un instante. Después rodeó con cuidado su cuerpo.

—Su bebé necesita una madre que sepa cuándo luchar y cuándo correr.

—Volveré por usted.

—Primero sobreviva.

Elena salió cuando el reloj marcó las diez y cincuenta y dos.

El corredor estaba vacío. Desde la planta baja escuchaba la voz de Victoria dando órdenes por teléfono. Daniel se encontraba en el despacho, discutiendo con Bruno sobre las cuentas congeladas.

Bajó por la escalera de servicio.

Cada paso resultaba difícil por el peso del embarazo. Sentía presión en la pelvis y una molestia constante en la espalda, pero continuó.

Atravesó la lavandería y llegó al invernadero.

Tomás esperaba detrás de unos árboles de limón.

—La puerta está abierta —dijo—. Un coche la recogerá en el camino.

—¿Quién conduce?

—La abogada Irene Valdés.

La cesta de alimentos había conseguido salir.

Elena casi lloró de alivio.

Estaban a menos de veinte metros de la verja cuando escucharon ladridos.

Dos perros de seguridad aparecieron entre los arbustos, seguidos por un guardia.

—¡Deténganse!

Tomás se interpuso.

—La señora necesita atención médica.

—Ordenaron que nadie abandonara la propiedad.

Elena mostró el teléfono.

—Estoy llamando a la policía.

El guardia se lo quitó.

—Regrese a la casa.

Tomás intentó sujetarlo, pero otro hombre salió detrás de la verja. Ambos redujeron al jardinero.

Elena corrió.

Solo consiguió avanzar unos metros antes de que una mano agarrara su brazo.

Era Daniel.

—¿Adónde vas?

—Suéltame.

—Mamá tenía razón. Pensabas huir.

—Tu padre dejó pruebas de que lo matasteis.

—Dame la bolsa.

Elena retrocedió.

—No volveré a esa casa.

—No tienes elección.

—Siempre hay una elección. Tú elegiste a Victoria.

Daniel la agarró con más fuerza.

—No sabes qué ha hecho por mí.

—Te convirtió en un hombre incapaz de vivir sin que ella decida a quién debes destruir.

Daniel levantó la mano, pero no la golpeó. Su rostro mostraba rabia y vergüenza.

Victoria apareció caminando desde el invernadero. Bruno y el doctor Molina iban detrás.

—Llevadla dentro —ordenó.

Tomás continuaba en el suelo, sujeto por los guardias.

Elena activó el broche escondido bajo el vestido, pero no sabía si la señal llegaría hasta la central.

—La policía ya tiene los documentos.

Victoria sonrió.

—No.

Uno de los guardias levantó la cesta enviada a la iglesia. La habían interceptado.

—Tu abogada no recibió nada.

—Hay copias digitales.

—La red de esta casa está controlada.

—Rosa grabó las conversaciones.

La sonrisa desapareció.

Victoria se volvió hacia Daniel.

—Encuentra a la criada.

Daniel hizo una señal a los guardias.

Elena comprendió que acababa de poner a Rosa en peligro.

—Ella no sabe nada.

—Acabas de decir lo contrario.

Molina preparó una jeringa.

Elena comenzó a gritar.

—¡Ayuda! ¡Estoy retenida contra mi voluntad!

Victoria miró a los hombres.

—Sujetadla.

Tomás se liberó de uno de los guardias y empujó al médico. La jeringa cayó sobre la tierra.

—¡Corra! —gritó.

Elena atravesó el invernadero.

Escuchó golpes y cristales rompiéndose detrás de ella. Entró en la mansión por una puerta lateral y subió hacia el segundo piso. No intentaba esconderse. Buscaba un teléfono con línea directa al exterior.

El antiguo dormitorio de Arturo tenía una línea independiente utilizada para emergencias empresariales.

Llegó y cerró la puerta.

Marcó el número de Irene.

La llamada conectó.

—Elena, ¿dónde estás?

—En la mansión. No pude salir. Victoria sabe que encontré el testamento.

—La policía está en camino.

—Hay guardias armados.

—No abras la puerta. Mantente lejos de las ventanas.

Elena escuchó pasos en el corredor.

—Daniel está con ella.

—Hemos recibido una grabación parcial desde el broche de Rosa. No es suficiente para entrar sin coordinación, pero ya saben que estás en peligro.

La manija comenzó a moverse.

—Señora Elena —llamó Rosa desde el pasillo—. Soy yo.

Elena abrió.

La anciana entró rápidamente y cerró.

Tenía un corte en la frente.

—Victoria me encontró.

—¿Le hicieron daño?

—Nada que no pueda soportar.

La puerta recibió un golpe.

—¡Elena! —gritó Daniel—. Abre.

Rosa señaló el balcón.

—Hay una escalera de mantenimiento un piso más abajo.

—Estoy embarazada de ocho meses.

—No necesita bajar. Podemos cerrar la puerta y esperar.

Otro golpe hizo temblar la madera.

Victoria habló desde el corredor.

—Elena, podemos resolver esto sin violencia.

—¿Como resolvieron lo de Arturo?

Silencio.

Después Victoria respondió:

—Arturo quería entregar nuestro patrimonio a un bebé.

—Era su patrimonio.

—Yo construí esa empresa junto a él.

—Entonces debió demostrarlo ante un tribunal, no cambiarle las medicinas.

Daniel golpeó nuevamente.

La cerradura comenzó a ceder.

Rosa empujó un armario contra la puerta.

—El broche está transmitiendo —dijo—. Necesitamos que hablen.

Elena comprendió su plan.

—Victoria, ¿cuánto dinero robasteis?

—No respondas —dijo Daniel.

—Ochenta millones —continuó Elena—. ¿También matasteis al notario?

La suegra perdió la paciencia.

—Samuel Ortega debía entregar el documento original. No podíamos permitirlo.

La confesión atravesó la puerta.

Daniel murmuró algo, intentando detenerla.

Victoria continuó:

—Tu hija no puede dirigir una empresa. Tú tampoco.

—Por eso intentaron sedarme.

—Queríamos evitar que tomaras decisiones irracionales.

—¿Y si el sedante dañaba al bebé?

—Los accidentes durante el embarazo son frecuentes.

Rosa miró el broche.

La luz azul parpadeaba.

Todo estaba quedando grabado.

Entonces la puerta se abrió de golpe.

El armario cayó.

Daniel, Victoria y dos guardias entraron.

Elena retrocedió hacia el balcón.

Daniel vio la luz del broche.

—Está grabando.

Victoria se lanzó sobre Rosa y arrancó el dispositivo de su uniforme. Lo arrojó contra el suelo y lo aplastó con el tacón.

—Ahora ya no.

Pero la transmisión ya había sido enviada.

La suegra miró a Elena.

—Dame los documentos.

—No.

Victoria avanzó.

—Esta es tu última oportunidad.

Elena protegió el vientre.

—La fortuna pertenece a mi hija.

—Entonces tu hija es el problema.

Por primera vez, Daniel levantó la mirada hacia su madre con auténtico miedo.

—Mamá, no.

Victoria abrió la puerta del balcón.

La lluvia entró en la habitación.

—Debiste impedir que llegáramos hasta aquí —respondió.

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Después agarró a Elena por los hombros.

Y la empujó hacia el vacío.

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