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Capítulo 6 - El consejo de los tres nombres

Una semana después del nacimiento de Esperanza, Elena recibió una notificación judicial en su apartamento.

Victoria Beaumont solicitaba que la declararan temporalmente incapaz para administrar las acciones heredadas por su hija.

La petición tenía ciento cuarenta páginas.

Los abogados de Victoria afirmaban que Elena sufría estrés postraumático, episodios de paranoia y una peligrosa obsesión con una supuesta conspiración familiar. Utilizaban como pruebas su entrada en el despacho de Arturo, su intento de huida de la mansión y varias grabaciones donde aparecía gritando durante el enfrentamiento.

No mencionaban que estaba retenida contra su voluntad.

Tampoco explicaban que Victoria la había empujado desde un balcón.

—Está acusada de intento de asesinato —dijo Elena mientras hojeaba los documentos—. ¿Cómo puede solicitar el control de mi hija desde prisión?

Irene dejó su cartera sobre la mesa.

—Porque no pide la custodia física de Esperanza. Está activando la cláusula empresarial del testamento.

Arturo había establecido un consejo de tres personas para proteger las acciones si Elena era declarada incapaz. Samuel Ortega, el notario, ocupaba el primer puesto. La segunda era Claudia Montes, vicepresidenta independiente de Beaumont Industries.

La tercera era Victoria.

Dos votos bastaban para nombrar un administrador provisional.

—Samuel está de nuestra parte —dijo Elena—. Y Victoria no puede votarse a sí misma mientras está siendo investigada.

—Sus abogados sostienen que una acusación no elimina sus derechos testamentarios.

—Entonces necesitamos a Claudia.

Irene guardó silencio.

—¿Qué ocurre?

—Claudia firmó una declaración apoyando la evaluación psicológica.

Elena sintió que el aire se volvía más pesado.

Conocía a Claudia desde hacía cuatro años. Era una ejecutiva respetada, una mujer que siempre hablaba de ética empresarial y transparencia.

—Victoria la compró.

—O la amenazó.

Rosa entró en el salón con Esperanza dormida entre los brazos. El hombro aún permanecía inmovilizado, pero se negaba a descansar más de unos minutos.

—¿Qué quieren ahora?

Elena le explicó la solicitud.

Rosa miró a la bebé.

—La señora Victoria no necesita salir de prisión para hacer daño. Solo necesita personas dispuestas a obedecerla.

La audiencia se celebraría dos días después.

Mientras tanto, Claudia convocó una reunión extraordinaria del consejo de administración. Su objetivo era suspender a Elena como representante de las acciones de Esperanza hasta que el tribunal resolviera su estado mental.

Si lo conseguían, Victoria podría recuperar el control operativo de la empresa mediante aliados.

Elena decidió acudir personalmente.

—Acabas de salir del hospital —protestó Irene.

—Precisamente por eso esperan que no aparezca.

—Puedes participar por videollamada.

—Quiero que me miren cuando voten para entregar la empresa a la mujer que intentó matar a su heredera.

La sede central de Beaumont Industries se encontraba en una torre de cuarenta pisos frente al río. Elena llegó acompañada por Irene, Rosa y un equipo médico. Esperanza permaneció protegida en una habitación privada del edificio, bajo la supervisión de una enfermera elegida por Elena.

Cuando entró en la sala del consejo, las conversaciones se detuvieron.

Algunos directivos evitaron mirarla. Otros observaron la silla de ruedas como si confirmara los informes sobre su debilidad.

Claudia ocupaba el lugar de la presidencia.

—No era necesario que vinieras —dijo.

—Tampoco era necesario que apoyaras a Victoria.

—Estoy protegiendo la continuidad de la empresa.

—Eso dicen todas las personas que entregan poder a alguien peligroso.

Claudia endureció el gesto.

—Esta reunión no juzgará los hechos ocurridos en la mansión. Solo determinará si puedes administrar un patrimonio de miles de millones mientras te recuperas.

Elena tomó asiento.

—Entonces empecemos.

Los abogados mostraron vídeos grabados durante el rescate. En uno, Elena golpeaba a Daniel con la barra metálica. En otro, gritaba que Victoria había asesinado a Arturo.

El contexto había sido eliminado.

Un psiquiatra llamado doctor Mauricio Vidal declaró que aquel comportamiento podía indicar paranoia persecutoria y pérdida de control emocional.

—¿Ha examinado personalmente a la señora Márquez? —preguntó Irene.

—He revisado el material disponible.

—¿Ha hablado con ella?

—No.

—¿Ha leído la confesión del doctor Molina sobre el cambio de medicación de Arturo?

—No forma parte de mi evaluación.

—¿Ha escuchado la grabación donde Victoria amenaza a una mujer suspendida a treinta metros del suelo?

Claudia golpeó la mesa.

—No convertiremos esto en un juicio penal.

Elena la observó.

—¿Qué te ofrecieron?

—Nada.

—Entonces ¿qué te quitarán si votas contra Victoria?

Claudia apretó las manos.

—Cuidado.

—Tienes una hija estudiando en Boston. Victoria pagó su matrícula mediante una fundación de Beaumont.

El rostro de Claudia cambió.

Irene proyectó varias transferencias. La fundación había pagado más de doscientos mil euros y, durante la última semana, envió una carta exigiendo la devolución inmediata del dinero.

—No te compraron —dijo Elena—. Te amenazaron con destruir a tu hija financieramente.

Claudia bajó la mirada.

—No sabes cómo funciona este grupo.

—Lo sé perfectamente. Utiliza las necesidades de las personas para convertirlas en cómplices.

Uno de los consejeros pidió suspender la reunión.

Antes de que Claudia respondiera, Samuel Ortega entró acompañado por dos agentes.

Todavía caminaba con dificultad después del accidente, pero llevaba una carpeta sellada.

—El señor Arturo Beaumont previó esta situación —anunció.

Los abogados de Victoria se levantaron.

—El testamento ya fue presentado.

—No hablo del testamento principal.

Samuel colocó un documento sobre la mesa.

Era un codicilo firmado tres semanas antes de la muerte de Arturo. Establecía que cualquier miembro del consejo protector acusado de fraude, violencia o manipulación del heredero quedaría suspendido automáticamente.

Victoria ya no podía votar.

El documento incluía otra cláusula.

En caso de que dos miembros del consejo fueran coaccionados o tuvieran conflictos de interés, una cuarta persona asumiría temporalmente la función.

Samuel leyó el nombre:

—Rosa Álvarez.

Todos se volvieron hacia la antigua sirvienta.

Rosa parecía tan sorprendida como ellos.

—¿Yo?

—El señor Arturo dejó una carta explicando su decisión.

Samuel se la entregó.

Rosa ha sido testigo de los mejores y peores momentos de nuestra familia. Nunca pidió acciones ni privilegios. Si llega el día en que mi fortuna amenaza la vida de mi nieto, confío en que ella recordará que una persona vale más que una empresa.

Rosa leyó la carta dos veces.

Después miró a Elena.

—No sé nada de dirigir compañías.

—No necesita dirigirla —explicó Samuel—. Solo debe votar quién puede proteger las acciones.

Claudia respiró profundamente.

—Retiro mi apoyo a la solicitud de Victoria.

Uno de los abogados protestó.

Claudia levantó la voz:

—También entregaré a la fiscalía todos los mensajes y amenazas que he recibido.

Elena observó a los consejeros.

—La votación continúa.

El resultado fue nueve votos contra tres.

La suspensión quedó rechazada.

Elena conservaría la administración de las acciones de Esperanza mientras una comisión independiente revisaba su estado de salud. Rosa y Samuel formarían el consejo protector, con Claudia bajo supervisión judicial.

Al finalizar, Rosa se acercó a la cuna portátil de Esperanza.

—Su abuelo depositó demasiada confianza en mí.

Elena colocó una mano sobre su hombro sano.

—No. Depositó la cantidad correcta.

Samuel pidió hablar con Elena en privado.

Dentro de su carpeta había otro sobre de Arturo.

—Debía entregártelo únicamente si Victoria intentaba activar la cláusula de incapacidad.

Elena abrió la carta.

Solo contenía una dirección y una combinación numérica.

Debajo, Arturo había escrito:

Los ochenta millones no fueron robados para enriquecer a Daniel. Financiaron algo mucho más peligroso. Busca la cuenta 8817 antes de que Victoria consiga cerrarla.

Elena miró a Samuel.

—¿Sabe qué significa?

—No.

El notario señaló la dirección.

Correspondía a un antiguo almacén portuario propiedad de Beaumont Industries.

—Arturo fue allí la noche antes de morir.

Elena guardó la carta.

Victoria había perdido su primer intento de recuperar la empresa.

Pero el dinero desaparecido no era simplemente el resultado de la codicia de una madre y un hijo.

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Había sido utilizado para ocultar algo.

Y Arturo había muerto después de descubrirlo.

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