Chapter 9 - La habitación Mirador

El hotel del acantilado permanecía abierto, aunque aquella parte superior llevaba años cerrada.
Los huéspedes cenaban en el restaurante sin saber que, varios pisos por encima, un hombre permanecía atado frente a una ventana.
Rosa y Sebastián subieron por el ascensor principal. Mateo utilizó el acceso de servicio indicado por Carlos.
La puerta del Mirador estaba abierta.
Marcos se encontraba en el centro de la habitación. Tenía un corte en el rostro y las manos sujetas detrás de la silla.
—Deje la carpeta sobre la mesa —ordenó una voz desde un altavoz.
Rosa obedeció.
—Libérelo.
—Primero abra el expediente y muestre cada página frente a la cámara.
Sebastián observó el espejo. Detrás estaba la caja fuerte mencionada por Clara. También podía haber alguien vigilándolos desde la habitación contigua.
Rosa abrió la carpeta lentamente. Era una copia preparada por los investigadores. Entre las páginas había un dispositivo que transmitía cada imagen al equipo de Daniel.
—Ahora quémela —dijo la voz.
Sobre la mesa había un encendedor.
Rosa lo tomó.
—Si destruyo esto, seguirá existiendo el informe digital.
—Los discos duros de la mansión ya no existen. Los servidores externos serán eliminados dentro de quince minutos.
Sebastián se acercó a Marcos.
—No lo toque —advirtió la voz.
Un punto rojo apareció sobre el pecho del rehén.
Había un tirador en algún edificio cercano.
Rosa encendió una página. El fuego comenzó a extenderse dentro de una bandeja metálica.
En ese momento, Mateo cortó la electricidad desde la sala de mantenimiento. Las luces se apagaron y el punto rojo desapareció.
Sebastián volcó la silla de Marcos detrás de un sofá. Rosa tomó un extintor y llenó la habitación de espuma blanca, bloqueando la visión de las cámaras.
Se oyó un disparo. El cristal de la ventana se rompió.
Mateo entró por la puerta de servicio y cortó las ataduras de Marcos.
—¡Tenemos menos de tres minutos antes de que vuelva la electricidad!
Sebastián golpeó el espejo con una silla. El cristal se quebró y reveló una caja fuerte.
Rosa introdujo la fecha del nacimiento de Sebastián. No funcionó.
Probó la fecha de la boda de Eduardo e Isabel.
Nada.
Marcos habló con dificultad:
—La noche del accidente, Isabel repetía una palabra por teléfono: Alondra.
Era el nombre de la canción que Eduardo había dedicado a su esposa.
Rosa introdujo las letras mediante el teclado.
La caja se abrió.
Dentro había una grabadora, un collar y un sobre dirigido a Sebastián.
Antes de que pudieran retirarlos, la puerta principal se abrió.
Valeria entró sosteniendo un arma.
—Dejen la grabadora.
Sebastián la miró con incredulidad.
—¿Cómo saliste?
—Hice un acuerdo.
—Y lo rompiste en menos de una hora.
Valeria apuntó hacia la caja.
—Esa grabación destruirá a mi padre.
—Tu padre secuestró a Carlos y robó a miles de empleados.
—No hablo de Julián.
El silencio llenó la habitación.
—Mauricio es también mi padre —dijo Valeria.
Rosa comprendió el verdadero alcance de la historia.
Mauricio había mantenido relaciones con Isabel Armand y con la madre de Valeria durante el mismo periodo. Sebastián y Valeria compartían padre.
Los dos jóvenes que habían planeado casarse eran medio hermanos.
Sebastián retrocedió, horrorizado.
—Tú lo sabías.
—Lo descubrí después de nuestro compromiso.
—¿Y no dijiste nada?
—Si cancelaba la boda sin explicación, mi padre habría sabido que encontré la prueba. Necesitaba tiempo para conseguir el control de la empresa.
—Estabas dispuesta a casarte conmigo.
—La boda nunca habría ocurrido. Planeaba desaparecer después de la transferencia.
Marcos intentó levantarse. Valeria movió el arma hacia él.
—Si reproduce esa grabación, Mauricio nos matará a todos.
—Entonces deja de protegerlo —dijo Rosa.
—No lo protejo. Intento sobrevivir.
Rosa dio un paso.
—Eso dijiste cuando utilizaste el fondo de pensiones. Cuando amenazaste a Teresa. Cuando permitiste que Carlos fuera secuestrado. Cada vez que alguien sufre por tus decisiones, lo llamas supervivencia.
La mano de Valeria tembló.
Sebastián abrió el sobre. Dentro encontró una carta escrita por su madre.
“Querido Sebastián: si algún día lees esto, significa que no logré protegerte de Mauricio. Eduardo conoce la verdad sobre tu nacimiento y te ama como su hijo. Hemos decidido abandonar la empresa y empezar de nuevo lejos de quienes desean utilizarte.”
La carta continuaba:
“Valeria viajaba con Mauricio esta noche. Es una muchacha asustada, no nuestra enemiga. Si algo ocurre, recuerda que los hijos no deben pagar por los pecados de sus padres.”
Sebastián levantó la vista.
—Mi madre intentó protegerte.
Valeria comenzó a llorar.
Un movimiento apareció detrás de ella.
Mauricio salió de la habitación contigua y le quitó el arma.
—Tu problema siempre fue escuchar demasiado a esta familia —dijo.
Empujó a su hija contra la pared y apuntó a Rosa.
—Entrégueme la grabación.
Rosa la sostuvo contra su pecho.
—¿Qué contiene?
—Una mentira de una mujer aterrorizada.
Marcos habló desde el suelo:
—Contiene el momento en que obligaste al automóvil de Eduardo a salir de la carretera.
Mauricio le disparó.
Sebastián se lanzó sobre él antes de que pudiera disparar de nuevo. Ambos cayeron contra la ventana rota.
Valeria tomó el arma, pero no sabía a quién apuntar.
Rosa presionó el botón de la grabadora.
La voz de Isabel llenó la habitación:
“Mauricio nos está siguiendo. Valeria está en su coche. Si no sobrevivimos, que todos sepan que él cortó los frenos.”
Mauricio dejó de luchar durante un instante.
Sebastián aprovechó para apartarlo.
Las sirenas se acercaban.
Mauricio sonrió.
—La grabación no explica quién colocó el explosivo bajo el automóvil.
Rosa quedó inmóvil.
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La policía nunca había mencionado explosivos.
Solo el asesino podía conocer aquel detalle.