Chapter 1 - El agua sobre el mármol

El primer chorro golpeó a Rosa Álvarez en el hombro.
El segundo le dio directamente en el rostro.
La anciana perdió el equilibrio y cayó sobre el mármol blanco de la terraza. El vestido color lavanda se le pegó al cuerpo, mientras el agua se extendía bajo sus manos formando un charco brillante.
Valeria Bellmont sostenía la manguera con ambas manos. Llevaba un elegante vestido rojo de seda y zapatos que costaban más que el salario mensual de cualquiera de los empleados de la mansión.
—¡Te dije que limpiaras la terraza antes de que llegaran los invitados! —gritó—. ¡Mira lo que has hecho!
Rosa intentó incorporarse.
—Yo no trabajo para usted.
Valeria soltó una carcajada.
—Todas las personas que entran por la puerta del servicio trabajan para mí.
Volvió a apretar la boquilla.
El agua golpeó el pecho de Rosa y la obligó a cubrirse el rostro. Aunque tenía setenta años, sus ojos oscuros conservaron una calma que contrastaba con la crueldad de Valeria.
—Apague la manguera —dijo Rosa—. Se lo pediré una sola vez.
Valeria inclinó la cabeza.
—¿Me estás amenazando?
—Le estoy ofreciendo la oportunidad de detenerse antes de cometer un error que no podrá corregir.
Aquello hizo reír todavía más a Valeria.
La mansión Armand se alzaba detrás de ellas como un palacio mediterráneo: columnas de piedra, puertas de cristal, jardines tropicales y una piscina que reflejaba el cielo de Palm Beach. En menos de una hora comenzarían a llegar inversionistas, políticos y periodistas para celebrar el compromiso entre Valeria y Sebastián Armand.
Valeria quería que todo fuera perfecto.
Rosa, empapada en el suelo, era una mancha que debía desaparecer.
—Teresa —gritó Valeria—. Ven aquí y retira a esta mujer.
Una empleada salió corriendo de la casa. Teresa Morales tenía cuarenta y cinco años, uniforme negro con delantal blanco y un rostro marcado por el cansancio.
Cuando vio a Rosa en el suelo, corrió hacia ella.
—Señora, ¿está herida?
—No la llames señora —ordenó Valeria—. Es una vagabunda que entró sin permiso.
Teresa ayudó a Rosa a sentarse.
—Tiene la muñeca inflamada.
—Entonces llama a un taxi y que se vaya a un hospital público.
Teresa miró a Valeria con una rabia que llevaba meses intentando ocultar.
—No puede tratar así a la gente.
La sonrisa de Valeria desapareció.
—¿Qué has dicho?
Teresa tragó saliva. Tenía dos hijos, una hipoteca y un contrato que Valeria podía cancelar con una llamada. Sin embargo, no soltó la mano de Rosa.
—He dicho que necesita ayuda.
Valeria dirigió la manguera hacia ambas.
—Si vuelves a cuestionarme, esta será tu última tarde en esta casa.
En ese momento, las puertas de cristal se abrieron violentamente.
Sebastián Armand salió corriendo hacia la terraza. Vestía un traje negro y todavía llevaba el teléfono en la mano. Había recibido una llamada de uno de los jardineros: “La señorita Bellmont está atacando a una anciana junto a la piscina”.
Al principio pensó que se trataba de una exageración.
Después vio a la mujer empapada.
Se detuvo tan bruscamente que casi cayó.
—Dios mío…
Valeria se volvió, todavía sosteniendo la manguera.
—Sebastián, llegas justo a tiempo. Esta mujer entró por la zona del servicio y comenzó a dar órdenes. Probablemente quería robar algo.
Él no parecía escucharla.
Miraba a Rosa.
La anciana levantó lentamente la cabeza. El agua corría por su cabello plateado y descendía por su rostro. No había lágrimas. Solo una decepción profunda.
Sebastián dio un paso.
—Abuela.
La palabra destruyó la sonrisa de Valeria.
Teresa miró a Rosa, luego al joven heredero.
Valeria soltó la manguera.
—¿Qué acabas de decir?
Sebastián se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de la anciana.
—Ella es Rosa Armand. La madre de mi padre.
Valeria palideció durante un instante, pero recuperó rápidamente el control.
—Eso es imposible. Tu abuela vive en Europa.
—Vivía en Europa.
Rosa permitió que Sebastián la ayudara a ponerse en pie. La muñeca le dolía, pero se negó a mostrar debilidad.
—Regresé esta mañana —explicó—. Quería conocer la casa antes de la fiesta.
Valeria intentó sonreír.
—Señora Armand, ha ocurrido un terrible malentendido. Su ropa… la entrada del servicio… Nadie me informó de su visita.
—¿Habría sido aceptable hacer esto si yo fuera una empleada?
Valeria abrió la boca y volvió a cerrarla.
Rosa miró a Teresa.
—Gracias por ayudarme.
—Cualquiera habría hecho lo mismo.
—No. Había otras seis personas mirando desde las ventanas. Usted fue la única que salió.
Teresa bajó la mirada.
Sebastián pidió que llamaran al médico de la familia. Valeria se acercó para tocar el brazo de Rosa, pero la anciana retrocedió.
—No necesito su ayuda.
—Por favor, permítame explicarlo —insistió Valeria—. Estamos bajo mucha presión por la celebración. Creí que era una intrusa.
—Ya ha explicado suficiente.
Rosa recogió del suelo un pequeño broche plateado que se había desprendido de su vestido. Lo secó cuidadosamente con la chaqueta de Sebastián y volvió a colocárselo.
Valeria no sabía que aquel broche contenía una cámara.
Había grabado cada palabra.
Durante los últimos tres meses, Rosa había recibido cartas anónimas sobre abusos contra los empleados, despidos injustificados y dinero desaparecido de los fondos de pensiones del Grupo Armand.
La última carta incluía una frase:
“Si quiere conocer a la mujer con quien se casará su nieto, no anuncie su llegada. Entre por la puerta que ella reserva para las personas que considera inferiores.”
Rosa había seguido la instrucción.
Ahora comprendía por qué.
Sebastián condujo a su abuela hacia el interior. Antes de cruzar las puertas, Rosa se volvió hacia Valeria.
—La fiesta continuará esta noche.
Valeria parpadeó.
—¿De verdad?
—Por supuesto. Quiero conocer a todos los que han venido a celebrar su entrada en nuestra familia.
La joven respiró aliviada.
Rosa continuó:
—También quiero que estén presentes cuando anuncie quién controlará la empresa después de mi regreso.
Sebastián quedó inmóvil.
—Abuela, el consejo ya aprobó mi nombramiento.
—El consejo puede recomendar. Yo decido.
Valeria miró a su prometido.
—¿Qué significa eso?
Rosa sostuvo su mirada.
—Significa que el apellido que desea adquirir no es lo único que debería haber investigado.
Entró en la mansión acompañada por Teresa.
Valeria agarró el brazo de Sebastián.
—Me dijiste que tu abuela no participaba en los negocios.
—Eso creía.
—¿Cuántas acciones conserva?
Sebastián no respondió.
Valeria apretó los dedos.
—¿Cuántas?
Él contempló la manguera sobre el mármol y después miró a la mujer con quien pensaba casarse.
—El cincuenta y uno por ciento.
En el interior, Rosa abrió su bolso mojado. Los documentos seguían protegidos dentro de una funda impermeable.
Uno de ellos contenía las transferencias realizadas desde el fondo de pensiones de los empleados.
Todas terminaban en una sociedad dirigida por Valeria Bellmont.
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Pero había una segunda firma autorizando cada movimiento.
La de Sebastián.