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La dueña bajo la lluvia / Chapter 10 / 15

Chapter 10 - La segunda caída

Mauricio fue detenido dentro de la habitación Mirador.

Marcos seguía vivo. La bala había atravesado su hombro sin alcanzar órganos vitales. Los paramédicos lo trasladaron al hospital bajo protección.

Valeria entregó el arma y no intentó escapar.

Antes de que se la llevaran, Sebastián le hizo una última pregunta.

—¿Sabías lo del explosivo?

—No.

—¿Sabías que Mauricio cortó los frenos?

—Lo escuché discutir con mi padre después del accidente. Dijeron que las cosas habían ido demasiado lejos.

—Y aun así te acercaste a mí.

Valeria bajó la mirada.

—Al principio quería saber cuánto sabías. Después quise controlar el fideicomiso antes de que Mauricio lo hiciera.

—Podías haberme contado la verdad.

—No sabía cómo decirle a un hombre que su prometida era su hermana y que nuestro padre había matado a las personas que lo criaron.

Sebastián no respondió.

La policía recuperó la grabación, la carta de Isabel y varios documentos de la caja fuerte. Mauricio se negó a declarar.

Rosa regresó a la mansión al amanecer.

Durante las siguientes horas, los medios publicaron la conexión biológica entre Sebastián, Valeria y Mauricio. La noticia se volvió más importante que el fraude, las pensiones robadas o las víctimas.

Rosa convocó una conferencia.

—Sebastián y Valeria no conocían su parentesco cuando comenzaron su relación —declaró—. No permitiré que el sensacionalismo oculte los delitos que estamos investigando.

También anunció la restitución inmediata del fondo de pensiones con dinero procedente de la venta de Bellmont Bay. Los empleados conservarían sus votos dentro del fideicomiso hasta que concluyera la investigación.

Algunos miembros del consejo exigieron que Rosa devolviera el control.

Ella se negó.

—Durante años permitieron que las firmas sustituyeran a la vigilancia. Si desean recuperar su autoridad, deberán explicar primero por qué nunca preguntaron adónde iba el dinero.

Mauricio fue acusado de homicidio, secuestro, fraude y conspiración. Julián intentó negociar una condena reducida culpándolo de todo.

Sin embargo, una pregunta permanecía abierta.

Mauricio había mencionado un explosivo.

El informe policial original solo hablaba de frenos defectuosos y exceso de velocidad. La grabación de Isabel confirmaba que alguien había cortado los frenos, pero no mencionaba ninguna bomba.

Los investigadores recuperaron los restos del deportivo almacenados durante ocho años. Encontraron residuos de un pequeño dispositivo colocado cerca del depósito de combustible.

No había explotado por completo.

El automóvil cayó por el acantilado debido a los frenos cortados. El dispositivo debía destruir cualquier evidencia después del impacto, pero falló.

La persona que lo instaló tenía acceso al garaje de la mansión.

Mauricio había estado en una reunión pública durante la tarde anterior al accidente. Las cámaras demostraban que no entró en la propiedad.

Valeria vivía con su padre y tampoco tenía acceso.

Alguien dentro de la familia había preparado el vehículo.

Rosa revisó los registros de empleados. La noche anterior al accidente, cuatro personas entraron al garaje: Eduardo, Sebastián, el jefe de seguridad y Mateo Salazar.

Sebastián había cambiado las etiquetas de las llaves.

Mateo afirmó que buscaba unos documentos.

El jefe de seguridad había muerto dos años atrás.

Rosa pidió a Daniel examinar nuevamente el servidor de la habitación secreta. Aunque los discos habían sido robados, parte de la información permanecía sincronizada en las cámaras más antiguas.

Encontraron un fragmento de video.

Mostraba a Mateo entrando al garaje con una caja de herramientas.

Rosa se negó a creer la primera interpretación.

Mateo había sido su abogado, su consejero y el hombre que la ayudó a investigar a Valeria. También había activado la transmisión que permitió rescatar a Carlos.

Cuando ella lo enfrentó en la biblioteca, no negó haber entrado.

—Víctor me pidió que retirara documentos del automóvil de Eduardo —explicó.

—¿Por qué?

—Eduardo investigaba las transferencias de Mauricio. Si algo ocurría, Víctor no quería que la policía encontrara información capaz de destruir el grupo.

—¿Viste el explosivo?

Mateo tardó en responder.

—Vi cables debajo del vehículo.

—¿Y no dijiste nada?

—Pensé que formaban parte del sistema de alarma.

Rosa sintió la misma rabia que había experimentado al descubrir el archivo de Valeria.

—Eres abogado. Tu profesión consiste en reconocer riesgos.

—Víctor me ordenó no tocar nada más.

—Otra persona protegiendo su silencio con la palabra obediencia.

Mateo dejó una carpeta sobre la mesa.

—Hay algo que debe saber. El explosivo no fue instalado para matar a Eduardo.

—Estaba debajo de su automóvil.

—Debía activarse después de que el coche estuviera vacío. Alguien quería destruir los documentos guardados en el maletero.

—¿Quién?

—Alejandro.

Rosa lo miró sin comprender.

Su esposo había muerto doce años antes del accidente.

Mateo abrió la carpeta. Contenía instrucciones firmadas por Alejandro Armand antes de su muerte. Ordenaban destruir ciertos archivos si alguna investigación amenazaba con revelar pagos ilegales realizados durante la expansión inicial del grupo.

El mecanismo había permanecido oculto durante años y fue reactivado por alguien que conocía aquellas instrucciones.

—Víctor encontró el documento y decidió cumplirlo —dijo Mateo.

—¿Víctor instaló la bomba?

—No. Me pidió que lo hiciera.

El mundo de Rosa se quedó en silencio.

—¿Tú colocaste el dispositivo?

—Sí.

Mateo parecía haber envejecido de repente.

—Pensé que Eduardo viajaría en el sedán. Sabía que Sebastián quería utilizar el deportivo para una fiesta. Programé el mecanismo para activarse cuando el automóvil regresara vacío al garaje.

—Pero Sebastián cambió las llaves.

—Y usted llamó a Eduardo antes de que yo pudiera retirar el dispositivo.

Cada decisión había empujado a Eduardo hacia el acantilado: la ambición de Mauricio, el silencio de Valeria, el intercambio de Sebastián, la llamada de Rosa, la orden de Víctor y la obediencia de Mateo.

No había un único culpable.

Había una cadena de personas convencidas de que sus pequeños secretos no matarían a nadie.

—Voy a entregarme —dijo Mateo—. Pero antes necesita ver lo que Eduardo guardaba en el maletero.

Le entregó una llave marcada con las iniciales A.A.

—¿Dónde están los documentos?

—Nunca estuvieron dentro del automóvil. Eduardo los escondió antes de salir.

—¿Dónde?

—En la primera propiedad que usted y Alejandro compraron.

La antigua posada de doce habitaciones llevaba décadas abandonada. Rosa no había regresado desde que construyeron el primer hotel.

Aquella tarde viajó allí con Sebastián y Teresa.

Encontraron el edificio cubierto de polvo, pero la puerta principal estaba abierta.

En la recepción había huellas recientes.

Bajo el mostrador, Rosa encontró una caja metálica que se abría con la llave A.A.

Dentro no había documentos.

Solo una grabación actual de Sebastián durmiendo en la mansión.

En la pantalla, una figura entraba en su dormitorio y colocaba algo debajo de la cama.

Rosa llamó inmediatamente.

Sebastián no respondió.

Teresa amplió la imagen.

El objeto era idéntico al dispositivo encontrado bajo el automóvil de Eduardo.

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Alguien había reconstruido la bomba.

Y esta vez no estaba diseñada para destruir papeles.

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