Chapter 6 - La llamada de Rosa

La policía se llevó a Julián Bellmont esposado.
Valeria caminó detrás de él con las manos sujetas a la espalda. Antes de subir al vehículo, volvió la cabeza hacia Sebastián.
—Pregúntale por la llamada —repitió.
Las puertas se cerraron.
En la terraza, los agentes ayudaban a Carlos mientras Teresa sostenía su mano. Los invitados abandonaban la mansión en silencio. Algunos evitaban mirar a Rosa; otros grababan con sus teléfonos, conscientes de que acababan de presenciar la caída de dos familias poderosas.
Sebastián permaneció frente a su abuela.
—¿Qué llamada?
Rosa quiso pedirle que esperara. Quiso llevarlo a una habitación privada, permitir que el médico examinara a Carlos y ordenar el caos antes de responder. Pero durante demasiado tiempo su familia había utilizado la palabra “después” para aplazar verdades incómodas.
—La noche del accidente llamé a tu padre —dijo—. Le pedí que fuera al hotel del acantilado.
—¿Por qué?
—Había encontrado transferencias desde una cuenta del grupo hacia varias empresas de Julián Bellmont. Eduardo debía reunirse conmigo para revisar los documentos.
—¿Sabías que conduciría el deportivo?
Rosa tardó un segundo.
Fue suficiente.
Sebastián retrocedió.
—Lo sabías.
—El sedán estaba en mantenimiento. Pensé que Eduardo utilizaría otro vehículo de la empresa.
—Pero le dijiste que fuera inmediatamente.
—Sí.
—Y después permitiste que yo creyera que había causado su muerte por cambiar las llaves.
—No sabía que te culpabas.
Sebastián soltó una risa sin humor.
—Encontraste mi grabación. Me oíste decir que cambié las llaves.
—La escuché hoy por primera vez.
—¿Nunca te preguntaste por qué abandoné la universidad, por qué no podía entrar en ese garaje o por qué dejé de conducir durante dos años?
Rosa bajó la mirada.
Había interpretado el comportamiento de su nieto como duelo y rebeldía. Después del funeral, ella misma estaba demasiado destruida para observar con atención.
—Debí preguntarte —admitió.
—No lo hiciste.
Sebastián salió de la terraza.
Rosa no intentó detenerlo.
Mateo Salazar se acercó con el teléfono en la mano. La policía necesitaba declaraciones, el consejo exigía una reunión y varios medios ya transmitían fragmentos del video de Valeria.
—Podemos emitir un comunicado y posponer cualquier explicación sobre el accidente —propuso.
—No.
—Rosa, cualquier declaración podría perjudicar una investigación.
—Entonces diré únicamente lo que sé. Pero no volveré a utilizar el silencio para proteger a esta familia.
Teresa ayudó a Carlos a sentarse en una ambulancia. Él estaba débil y tenía hematomas, aunque no presentaba lesiones graves.
Rosa se acercó.
—Todo esto ocurrió porque decidió ayudarme.
Carlos negó con la cabeza.
—Ocurrió porque llevan meses utilizando a los empleados como objetos.
Sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta. Era una pequeña tarjeta de memoria.
—La escondí cuando me sacaron del centro de rehabilitación. Los hombres de Bellmont hablaban durante el trayecto. Uno dijo que debían encontrar “el respaldo de Eduardo” antes que usted.
—¿Qué respaldo?
—No lo sé. Pero mencionaron el hotel del acantilado y una habitación llamada Mirador.
Rosa reconoció el nombre.
El Mirador era una suite privada construida sobre la zona más alta del hotel. Eduardo la utilizaba como oficina cuando revisaba operaciones delicadas. Tras su muerte, la habitación fue cerrada.
—¿Qué contiene la tarjeta?
—Una copia del mensaje que recibí antes del accidente del ascensor. Valeria tomó mi teléfono, pero yo había configurado una copia automática.
Mateo introdujo la tarjeta en un dispositivo seguro. El mensaje parecía enviado desde la cuenta de Sebastián:
“Realiza la reparación sin desconectar el sistema. No podemos interrumpir el servicio durante la conferencia.”
Sin embargo, los metadatos mostraban que había sido creado desde el hotel del acantilado.
—Alguien sigue utilizando el sistema instalado por Eduardo —dijo Mateo.
Rosa recordó que todas las autorizaciones fraudulentas habían pasado por un servidor oculto dentro de la mansión. Quizá aquel servidor no era el centro de la operación, sino una terminal conectada con otra ubicación.
La policía terminó de registrar el despacho de Valeria. El archivador estaba destruido, pero los discos duros de la habitación secreta podían contener copias recuperables.
El director de seguridad informó que Julián y Valeria habían actuado con ayuda interna. Alguien permitió que sus hombres entraran y desactivó las cámaras.
—¿Quién tenía autorización? —preguntó Rosa.
—Sebastián, usted, Mateo y los cinco miembros permanentes del consejo.
Rosa miró hacia el lugar donde su nieto había desaparecido.
No creía que él hubiese ayudado a secuestrar a Carlos. Había sido irresponsable, pero no cruel.
Uno de los consejeros debía estar trabajando con los Bellmont.
A medianoche, Rosa encontró a Sebastián en el antiguo dormitorio de sus padres. No había encendido las luces. Sostenía una fotografía familiar tomada antes del accidente.
—No vengo a pedirte que me perdones —dijo ella.
—Bien.
—Mañana iré al hotel.
—Yo también.
—No tienes obligación.
Sebastián dejó la fotografía.
—He pasado ocho años huyendo de ese lugar. Si existe una respuesta, quiero verla.
Rosa asintió.
Antes de salir, él habló de nuevo.
—¿Qué habrías hecho si hubieras sabido que cambié las llaves?
—Te habría dicho que una decisión impulsiva no convierte un accidente en asesinato.
—Pero tu llamada sí llevó a mi padre hasta allí.
—Sí.
—Entonces, según tus propias reglas, tú también debes asumir las consecuencias.
Rosa sostuvo su mirada.
—Eso intento hacer.
A la mañana siguiente, Mateo recibió una llamada de la prisión.
Valeria quería negociar.
No ofrecía información sobre el dinero ni sobre Bellmont Bay. Quería hablar de la muerte de Eduardo.
Su condición era sencilla: solo hablaría con Rosa y Sebastián presentes.
En la sala de interrogatorios, Valeria colocó una fotografía sobre la mesa.
Mostraba el deportivo de Eduardo detenido junto al acantilado diez minutos antes de caer.
A su lado había un segundo automóvil.
Junto al volante se veía claramente a un hombre.
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No era Julián Bellmont.
Era Mauricio Kane, presidente del consejo del Grupo Armand y amigo de la familia durante treinta años.