Chapter 11 - La bomba bajo la cama

Sebastián había abandonado la antigua posada veinte minutos antes.
Mientras Rosa y Teresa revisaban el sótano, recibió un mensaje supuestamente enviado por el secretario del consejo: se había convocado una votación urgente para retirar a los empleados sus derechos temporales. Sin esperar a Mateo ni verificar el aviso, regresó solo a la mansión.
Ahora no contestaba el teléfono.
Rosa y Teresa corrieron hacia el automóvil. Durante el trayecto llamaron a seguridad, pero nadie respondió desde la propiedad. Las cámaras dejaron de transmitir y las puertas electrónicas aparecían desconectadas.
—La grabación pudo hacerse anoche —dijo Teresa—. Quizá el dispositivo ya no esté allí.
—Alguien dejó la caja en la posada para que viéramos esas imágenes —respondió Rosa—. Quería que supiéramos que puede entrar en la mansión cuando quiera.
Mateo llamó desde la comisaría. Había cumplido su promesa y se había entregado. Al conocer la situación, describió el mecanismo que colocó bajo el automóvil de Eduardo.
—El diseño original necesitaba una señal remota —explicó—. Si han construido una copia, alguien debe encontrarse a menos de dos kilómetros.
—¿Puede desactivarse?
—Retirando primero la batería secundaria y después el receptor. En ese orden. Si se desconecta el cable principal, explotará.
Rosa apretó el volante.
—¿Quién más conocía el diseño?
—Víctor, Mauricio y Clara Kane.
El nombre de Clara hizo que Rosa recordara cada una de sus intervenciones. Ella había entregado información sobre su marido, revelado la existencia de la habitación Mirador y afirmado que Isabel dejó allí una grabación.
Cada dato era verdadero.
Pero siempre llegaba en el momento exacto para dirigirlos hacia un lugar determinado.
—Clara no estaba ayudándonos —comprendió Rosa—. Estaba decidiendo dónde miraríamos.
Al llegar a la mansión, encontraron la entrada abierta. No había empleados en el vestíbulo. Una alarma silenciosa había ordenado evacuar el edificio por una supuesta fuga de gas.
Rosa subió hacia el dormitorio de Sebastián. Teresa llamó a Carlos y le pidió que mantuviera a todos lejos de la propiedad.
La cama estaba vacía.
Debajo había un dispositivo unido a cuatro bloques de explosivo plástico. Una luz verde parpadeaba junto al receptor.
Sobre la almohada encontraron el teléfono de Sebastián.
—Lo han llevado —dijo Teresa.
Rosa buscó cualquier mensaje. El aviso del consejo procedía de una dirección casi idéntica a la oficial, pero contenía una letra diferente.
Daniel Cho, especialista en seguridad informática contratado por Mateo, se conectó mediante videollamada. Rosa le mostró el dispositivo sin acercarse demasiado.
—No veo temporizador —dijo Daniel—. Puede activarse desde el exterior en cualquier momento.
—Necesitamos encontrar al transmisor.
Daniel examinó las redes cercanas. Detectó una señal cifrada procedente de la casa de huéspedes situada al otro lado del jardín.
Teresa quiso acompañar a Rosa, pero ella negó con la cabeza.
—Quédate aquí y sigue las instrucciones de Mateo. Si la señal cambia, sal inmediatamente.
—No voy a dejarla ir sola.
—Si ambas morimos, nadie ayudará a Sebastián.
Teresa sostuvo su mirada y finalmente aceptó.
Rosa descendió por la escalera de servicio y cruzó el jardín entre los setos. La casa de huéspedes parecía vacía. Dentro encontró un ordenador, un transmisor y varias pantallas con imágenes de la mansión.
Una de ellas mostraba a Sebastián atado a una silla dentro de un lugar desconocido.
Clara Kane apareció frente a la cámara.
Llevaba un traje azul oscuro y no mostraba ninguna emoción.
—Sabía que comprenderías —dijo a través del altavoz.
—¿Dónde está mi nieto?
—En un sitio que tu familia debería recordar.
—Si lo lastimas, no obtendrás nada.
—Ya he perdido todo. Mi marido irá a prisión. Su amante está muerta. Sus dos hijos ilegítimos han convertido nuestra vida en un espectáculo público.
Rosa entendió el resentimiento que Clara había ocultado durante décadas.
—Sebastián no eligió quién era su padre.
—Pero heredará todo lo que Mauricio construyó mientras mi hija recibe únicamente vergüenza.
—¿Qué hija?
Clara cambió la imagen.
Una joven de treinta años apareció sentada junto a Sebastián. No estaba atada, pero parecía aterrorizada.
—Amelia Kane —dijo Clara—. La única hija legítima de Mauricio.
Rosa la había visto en algunas recepciones. Amelia trabajaba como arquitecta en California y evitaba los negocios familiares.
—Ella no quiere participar —continuó Clara—. Pero cuando el fideicomiso Armand quede sin heredero reconocido, las acciones de Mauricio dentro de Bellmont Holdings pasarán a ella. Después podremos reclamar las propiedades que vuestra familia robó.
Amelia se levantó.
—Mamá, detén esto.
Clara apagó su micrófono.
—Transfiere el control del Grupo Armand a un fideicomiso administrado por Amelia. Después liberarás públicamente a Mauricio de cualquier responsabilidad en el accidente.
—Las pruebas demuestran que persiguió el automóvil.
—Pero no instaló el explosivo. Mateo lo hizo y tú enviaste a Eduardo al hotel. Podemos construir una versión en la que Mauricio intentaba salvarlos.
—¿Y Valeria?
La expresión de Clara se endureció.
—Ella es hija de Mauricio, pero también es una Bellmont. Pagará por haber entrado en mi familia.
Rosa observó el transmisor. La luz verde parpadeaba al ritmo del dispositivo situado debajo de la cama.
—Aunque firme, no podrás controlar las acciones. Los empleados poseen temporalmente los votos.
—Por eso Teresa está junto a la bomba.
Clara levantó un pequeño control remoto.
—Tienes veinte minutos para enviar el documento. Si intentas cortar la señal, perderás a Teresa. Si avisas a la policía, perderás a Sebastián.
La pantalla se apagó.
Rosa contactó con Daniel desde otro dispositivo.
—¿Puedes localizar el video de Sebastián?
—Necesito tiempo.
—Tenemos menos de veinte minutos.
En el dormitorio, Teresa seguía las instrucciones de Mateo. Retiró cuidadosamente la cubierta del dispositivo y encontró dos baterías aparentemente idénticas.
—No puedo distinguir cuál es la secundaria.
Mateo pidió que acercara la cámara.
—La de la izquierda.
Teresa tocó el conector.
La luz pasó de verde a rojo.
—¡No lo retires! —gritó Daniel—. El circuito está invertido. Alguien modificó el diseño.
Rosa comprendió que Clara sabía que consultarían a Mateo. Había preparado una trampa basada en su propia explicación.
Daniel analizó la señal y descubrió que el detonador no se controlaba desde la casa de huéspedes. El transmisor era solo un repetidor. La señal original procedía de la antigua estación de bombeo junto al acantilado.
El mismo lugar donde los equipos de rescate habían encontrado los restos del automóvil de Eduardo.
—Sebastián está allí —dijo Rosa.
Tomó el control del repetidor y salió de la casa.
Teresa continuaba junto a la bomba.
Quedaban catorce minutos.
Rosa tenía que llegar hasta su nieto, detener a Clara y mantener activa una señal que podía destruir la mansión si se interrumpía.
Mientras conducía hacia el acantilado, recibió una llamada de Valeria desde la prisión.
—Sé quién tiene a Sebastián —dijo.
—Clara.
—Ella me utilizó desde el principio. Fue quien me entregó el informe sobre el automóvil y me convenció de que usted jamás permitiría que un Bellmont entrara en la familia.
—¿Sabes cómo desactivar el dispositivo?
—No. Pero sé algo que Clara ignora.
—¿Qué?
—Amelia no es hija biológica de Mauricio.
Rosa miró la carretera.
—Entonces, ¿de quién es hija?
—De Eduardo.
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La hija que Clara consideraba su heredera pertenecía biológicamente a la misma familia que había jurado destruir.
Y probablemente Amelia todavía no lo sabía.