Chapter 5 - La cena del vestido rojo

Julián Bellmont no parecía un hombre arruinado.
Vestía un traje gris perfectamente cortado y sostenía un bastón con empuñadura de plata. Su cabello blanco estaba peinado hacia atrás. Detrás de él, dos hombres vigilaban a Carlos.
Teresa intentó correr hacia su marido, pero Rosa la sujetó.
—No todavía.
Valeria apareció en la terraza con el vestido rojo.
—Papá, te dije que esperaras.
Julián sonrió.
—Has esperado demasiado. La señora Armand ya encontró la habitación.
Sebastián miró a su prometida.
—¿Planeaste todo esto con él?
—Planeé recuperar lo que vuestra familia nos robó.
Julián señaló la mansión.
Veinte años antes, Bellmont Development había poseído la costa donde ahora se levantaban tres hoteles del Grupo Armand. Durante una crisis financiera, Eduardo compró las deudas de la compañía y se quedó con los terrenos.
Julián afirmaba que Eduardo había sobornado al banco.
—Mi padre ganó esa operación legalmente —dijo Sebastián.
—Tu padre destruyó cuatro generaciones de mi familia —respondió Julián—. Yo solo devolví el favor.
Rosa observó a Carlos.
—Libérelo. Él no tiene relación con esto.
—Representa a todos los empleados que tanto le preocupan. Si desea protegerlos, firmará la transferencia del Grupo Armand.
Mateo dio un paso.
—Esa firma sería inválida bajo coacción.
Uno de los hombres golpeó a Carlos en el abdomen. Teresa gritó.
Rosa levantó una mano.
—De acuerdo. Veré los documentos.
Valeria la condujo al salón. Los invitados permanecían allí, confundidos después de la interrupción de la celebración. Julián quería realizar la transferencia delante de los miembros del consejo para darle apariencia legal.
Sobre la mesa había un contrato que entregaba el control de las propiedades a Bellmont Holdings. A cambio, Julián prometía devolver los fondos de pensiones y retirar las acusaciones contra Sebastián.
—Nunca tuvo intención de construir Bellmont Bay —comprendió Rosa—. Utilizó el proyecto para sacar dinero de nuestra empresa.
—El terreno será desarrollado —dijo Valeria—. Pero bajo nuestro apellido.
Sebastián se acercó a ella.
—¿Alguna parte de nuestra relación fue real?
Valeria evitó sus ojos.
—Al principio eras un objetivo.
—¿Y después?
—Después complicaste las cosas.
Julián golpeó el bastón contra el suelo.
—No hemos venido a hablar de sentimientos.
Rosa revisó el contrato. Necesitaba tiempo. Había visto una cámara sobre la puerta del salón. La habitación secreta continuaba transmitiendo. Si Mateo conseguía enviar la señal al exterior, la policía podría escuchar la amenaza.
—Necesito mi sello corporativo —dijo.
—Está en su bolso —respondió Valeria.
—Ese es mi sello personal. La transferencia de acciones exige el sello del fideicomiso, guardado en la biblioteca.
Julián indicó a uno de sus hombres que la acompañara.
Rosa caminó lentamente. Al pasar junto a Mateo, dejó caer su pañuelo. Él se agachó para recogerlo.
—Servidor siete —susurró ella.
Mateo comprendió.
En la biblioteca, Rosa abrió la caja donde guardaba el sello. También activó discretamente una alarma silenciosa instalada por Alejandro décadas atrás.
Cuando regresó, Julián estaba impaciente.
—Firme.
Rosa tomó la pluma.
—Antes quiero que mi nieto escuche la verdad sobre sus padres.
Valeria miró a su padre.
—No es necesario.
—Sí lo es —respondió Rosa—. Si desean una transferencia pública, también tendremos una confesión pública.
Julián sonrió.
—Eduardo descubrió que yo intentaba recuperar los terrenos. Aquella noche lo seguí hasta el acantilado para negociar.
—¿Sabía que conducía el deportivo?
—Sí.
—¿Manipuló el vehículo?
—No necesitaba hacerlo. Los frenos ya estaban defectuosos.
Sebastián palideció.
—¿Cómo lo sabía?
Julián miró a Valeria.
Ella bajó la cabeza.
—Porque fue ella quien recibió el informe del mecánico —dijo Julián—. Tenía dieciocho años y trabajaba temporalmente en uno de vuestros hoteles. Interceptó la advertencia antes de que llegara a Eduardo.
Sebastián retrocedió como si lo hubieran golpeado.
—¿Sabías que el coche era peligroso?
Valeria tenía lágrimas en los ojos.
—Mi padre dijo que solo quería asustarlo para obligarlo a devolver los terrenos.
—Mis padres murieron.
—Yo no sabía que tu madre también subiría al automóvil.
—¿Eso debería mejorar algo?
Julián perdió la paciencia.
—Firma, Rosa.
Ella colocó la pluma sobre el papel.
Las puertas se abrieron.
Agentes de policía entraron en el salón. Mateo había conseguido enviar la transmisión desde la habitación secreta.
Los hombres que vigilaban a Carlos intentaron huir, pero la seguridad de la propiedad ya había recibido la alerta. Teresa corrió hacia su marido.
Julián agarró a Rosa y colocó el bastón contra su cuello. De la empuñadura salió una hoja estrecha.
—Todos atrás.
Sebastián avanzó.
—Suéltala.
—Una firma —dijo Julián—. Eso es todo lo que necesito.
Rosa permaneció inmóvil.
—No conseguirá controlar el grupo aunque yo firme.
—¿Por qué?
—Porque esta mañana transferí temporalmente mis derechos de voto.
Valeria levantó la cabeza.
—¿A quién?
Rosa miró a Teresa.
—A los empleados.
El fideicomiso establecía que, si Rosa sufría coacción o incapacidad, el control pasaría a un comité formado por representantes del personal hasta que un tribunal resolviera la situación.
Por primera vez, Julián pareció asustado.
Rosa golpeó su muñeca con el sello metálico. La hoja cayó. Sebastián se lanzó contra él y ambos chocaron contra la mesa.
La policía redujo a Julián y a sus hombres.
Valeria permaneció junto a la ventana. Podía haber intentado huir, pero no lo hizo.
Un agente se acercó para esposarla.
Sebastián recogió del suelo el contrato sin firmar.
—Querías mi apellido —dijo—. Ahora tendrás que responder por lo que hiciste con el tuyo.
Valeria lo miró.
—Tu abuela aún no te ha contado todo.
—Ya no puedes controlarme con secretos.
—No es un secreto sobre ti.
Dirigió la mirada hacia Rosa.
—Pregúntale quién ordenó realmente que tu padre tomara el deportivo aquella noche.
Sebastián se volvió.
Rosa dejó de respirar durante un instante.
Ocho años atrás, ella había llamado a Eduardo minutos antes del accidente. Le pidió que viajara inmediatamente al hotel del acantilado porque había descubierto transferencias irregulares.
Sabía que el sedán estaba siendo reparado.
Le había indicado que utilizara el otro automóvil.
—Abuela —dijo Sebastián—. ¿De qué está hablando?
May you like
Rosa comprendió que detener a los Bellmont no cerraría aquella historia.
Solo había abierto la puerta hacia una culpa que ella misma llevaba ocho años enterrando.