Chapter 8 - El hijo de Mauricio

Sebastián leyó el informe sin mostrar ninguna reacción.
Estaban dentro del automóvil, camino a la mansión. Rosa permanecía a su lado, mientras Mateo conducía.
—Debe de ser falso —dijo ella.
—¿Por qué? ¿Porque no me parezco suficientemente a él o porque no quieres otro secreto?
—Porque tu madre amaba a Eduardo.
—Eso no impide que pudiera tener una relación con otra persona.
Rosa quiso responder, pero recordó las décadas de mentiras que acababan de comenzar a descubrir. Ya no podía defender certezas únicamente porque resultaban menos dolorosas.
—Haremos una nueva prueba —dijo.
—Si es verdad, ¿qué cambia?
—Nada sobre lo que siento por ti.
—No pregunté eso. Pregunté qué cambia para la empresa.
El fideicomiso familiar establecía que los derechos de sucesión correspondían a los descendientes biológicos de Alejandro y Rosa. Si Sebastián no era hijo de Eduardo, no tenía derecho automático a heredar las acciones.
—Conservas las participaciones que recibiste personalmente —explicó Rosa—. Pero tu posición dentro del fideicomiso podría ser impugnada.
Sebastián soltó una risa amarga.
—Valeria no quería casarse conmigo. Quería casarse con una firma. Ahora resulta que quizá ni siquiera soy la firma correcta.
Cuando llegaron, Teresa entregó la caja. La prueba había sido realizada siete meses antes, poco después de que Valeria y Sebastián anunciaran su compromiso.
—¿Cómo obtuvo una muestra de Mauricio? —preguntó Mateo.
Junto al informe había una servilleta de un restaurante, guardada dentro de una bolsa. Valeria probablemente consiguió ADN de una copa o cubierto.
Rosa llamó a Clara Kane.
La mujer tardó en contestar.
—No puedo hablar —susurró.
—Necesito saber si Mauricio tuvo una relación con la madre de Sebastián.
Silencio.
—Clara.
—Sí —respondió finalmente—. Ocurrió durante una crisis en el matrimonio de Eduardo. Isabel terminó la relación antes de saber que estaba embarazada.
Sebastián cerró los ojos.
—¿Mauricio lo sabía?
—Sospechaba. Después del nacimiento quiso realizar una prueba, pero Isabel se negó. Eduardo decidió criar al niño como suyo.
—¿Y el accidente?
La respiración de Clara se volvió irregular.
—Mauricio había comenzado a chantajear a Isabel. Quería que abandonara a Eduardo y llevara a Sebastián con él. La noche del accidente los siguió para detenerlos.
—¿Los sacó de la carretera?
—No lo sé.
Se oyó una puerta al otro lado.
Clara habló rápidamente:
—El Mirador no es solo una habitación. Hay una caja de seguridad detrás del espejo. Isabel dejó una grabación allí.
La llamada terminó.
Sebastián caminó hacia el jardín. Rosa lo siguió a cierta distancia.
Lo encontró junto a la piscina, exactamente donde Valeria la había derribado.
—Eduardo sabía que yo podía no ser su hijo —dijo—. Y aun así me crió.
—Era tu padre.
—Entonces llevo ocho años culpándome por la muerte de un hombre que eligió ser mi padre mientras mi padre biológico ayudaba a ocultar lo ocurrido.
Rosa se sentó junto a él.
—No permitas que una prueba decida quién eres.
—El fideicomiso sí lo permitirá.
—Puedo modificarlo.
—No lo hagas para compensarme.
—No lo haré. Lo modificaré porque una familia no debería definirse por una muestra de sangre.
Sebastián la miró.
—¿Eso significa que todavía confiarías en mí para dirigir?
—Significa que debes demostrar si eres digno, igual que cualquier otra persona.
No era la respuesta cómoda que esperaba, pero era honesta.
A las cinco, se prepararon para acudir al hotel. Utilizarían una copia del expediente y llevarían un equipo de vigilancia oculto. La policía permanecería a varios kilómetros para evitar que los secuestradores detectaran movimiento.
Teresa pidió acompañarlos.
—Marcos arriesgó su vida para contar la verdad. Además, Carlos conoce los túneles de mantenimiento del hotel.
Rosa se negó a ponerlos en peligro, pero Carlos dibujó un plano detallado. Había trabajado allí durante doce años.
El Mirador tenía una entrada principal y un ascensor de servicio conectado con la cocina. Detrás del espejo existía una caja fuerte instalada antes de que el Grupo Armand comprara el edificio.
—Valeria no conoce ese acceso —dijo Carlos—. Mauricio sí.
Antes de partir, Rosa convocó una breve reunión con representantes de los empleados. El fideicomiso temporal les concedía poder de voto y debían prepararse para cualquier intento del consejo de destituirla.
Algunos estaban asustados.
—¿Qué ocurre si la empresa pierde valor? —preguntó un cocinero—. Nuestras pensiones dependen de ella.
—El valor ya fue robado —respondió Rosa—. Ocultarlo no lo recuperará.
Teresa fue elegida como representante provisional.
Por primera vez entró en la sala del consejo no para servir café, sino para ocupar un asiento.
A las cinco y veinte, Rosa, Sebastián y Mateo salieron hacia el hotel.
Ninguno vio el automóvil negro que los siguió desde la entrada.
Dentro viajaba Valeria.
Había sido liberada temporalmente después de aceptar colaborar con la fiscalía. En lugar de acudir al lugar acordado, robó un vehículo y siguió a la familia.
Llevaba una copia de la llave del Mirador.
Y un mensaje de su padre recibido antes de la detención:
“Si Rosa encuentra la grabación de Isabel, sabrá que tú también estabas en el acantilado.”
Valeria tenía dieciocho años la noche del accidente.
May you like
No solo había interceptado el informe mecánico.
Había viajado dentro del segundo automóvil.