Chapter 4 - Las llaves del automóvil

Sebastián abandonó el salón sin responder a las preguntas.
Rosa lo siguió hasta el garaje subterráneo. Lo encontró junto al espacio vacío donde años atrás se guardaban los automóviles de Eduardo.
—¿Cambiaste las llaves? —preguntó.
Sebastián apoyó ambas manos sobre un vehículo.
—Tenía diecinueve años.
—Eso no responde.
—Sí.
La palabra salió rota.
La noche del accidente, Eduardo debía utilizar un sedán equipado con neumáticos nuevos y sistema de seguridad reforzado. Sebastián quería asistir a una fiesta, pero su padre le había prohibido conducir el deportivo familiar.
En un impulso, intercambió las etiquetas de ambas llaves. Pensó que Eduardo descubriría el cambio antes de salir.
No ocurrió.
El sedán permaneció en el garaje. Eduardo y su esposa tomaron el deportivo.
Horas después, el vehículo cayó por el acantilado.
—He vivido ocho años creyendo que los maté —dijo Sebastián.
Rosa sintió que una parte de la historia familiar se quebraba.
—Un cambio de llaves no explica por qué el automóvil abandonó la carretera.
—La policía dijo que los neumáticos estaban desgastados.
—Valeria conserva un informe sobre un segundo vehículo.
Sebastián levantó la cabeza.
Rosa le mostró la fotografía del documento. El testigo había identificado un automóvil registrado a nombre de Bellmont Development.
—¿Valeria sabía esto? —preguntó.
—Lo guardaba dentro de un expediente sobre ti.
La puerta del garaje se abrió. Valeria apareció sin acompañantes.
—No deberías haberle mostrado eso —dijo.
Sebastián avanzó hacia ella.
—¿Desde cuándo lo sabías?
—Desde antes de conocerte.
—¿Te acercaste a mí por mi familia?
Valeria no respondió.
—¡Dime la verdad!
—Mi padre perdió todo por culpa de Eduardo Armand —dijo finalmente—. Tu familia compró sus terrenos durante una crisis y lo dejó arruinado. Años después encontré documentos que relacionaban uno de nuestros vehículos con el accidente.
—¿Tu padre seguía a mis padres?
—Según él, intentaba negociar.
—¿Y por qué ocultó la declaración?
—Porque sabía que vuestra familia lo culparía.
Sebastián la miró como si fuera una desconocida.
—Guardaste mi confesión para controlarme.
—La guardé para protegernos.
—Todo lo que haces recibe ese nombre.
Valeria perdió la paciencia.
—Sin mí, todavía serías el nieto asustado que pide permiso para cada decisión. Yo te convertí en la persona que puede dirigir este grupo.
Rosa se interpuso.
—Lo convertiste en una firma útil.
Valeria se volvió hacia ella.
—Usted no sabe lo que su hijo hizo a mi familia.
—Entonces muéstrame las pruebas.
—Las verá cuando yo decida.
—Ya no decides nada dentro de esta propiedad.
Rosa llamó al director de seguridad y ordenó suspender el acceso de Valeria a los sistemas, las cuentas y las oficinas. También exigió proteger el archivador como prueba.
Valeria sonrió.
—Llega demasiado tarde.
Una alarma sonó desde el despacho. Cuando llegaron, encontraron la puerta abierta y el archivador en llamas. Los rociadores comenzaron a funcionar.
Teresa corrió hacia el fuego, pero Rosa la detuvo.
Los guardias utilizaron extintores. La mayor parte de los documentos quedó destruida.
—¿Quién entró? —preguntó Rosa.
El director de seguridad revisó el registro.
La puerta había sido abierta con la tarjeta de Sebastián.
Él negó haber estado allí.
Valeria cruzó los brazos.
—Parece que su nieto tiene más secretos de los que imaginaba.
Rosa ordenó revisar las cámaras. Habían dejado de grabar tres minutos antes del incendio.
No era una reacción improvisada. Alguien había preparado el sistema para destruir las pruebas si Rosa encontraba el archivo.
Mateo Salazar llegó a la mansión poco después. Era abogado de Rosa desde hacía quince años y llevaba consigo los resultados preliminares de la auditoría.
—Los doce millones son solo una parte —explicó—. Encontramos pagos por treinta y ocho millones a empresas vinculadas con Bellmont Bay.
—¿Firmados por Sebastián?
—La mayoría. Pero las fechas presentan un problema.
Varias autorizaciones fueron realizadas mientras Sebastián estaba fuera del país. Alguien utilizaba una copia digital de su firma.
Mateo mostró una lista de direcciones.
Todas las operaciones habían pasado por un servidor instalado dentro de la mansión.
—¿Dónde? —preguntó Rosa.
—En una habitación oculta detrás de la bodega.
Sebastián conocía aquella zona, pero nunca había visto otra puerta. Bajaron acompañados por seguridad.
Detrás de una estantería encontraron un panel electrónico. La misma llave que abría el archivador permitió acceder.
Dentro había ordenadores, teléfonos y varias pantallas. Una de ellas mostraba imágenes en directo de toda la mansión.
Dormitorios, oficinas, pasillos y habitaciones del personal.
Valeria había vigilado a todos.
Teresa encontró una caja con teléfonos confiscados. Entre ellos estaba el dispositivo de Carlos, su marido.
Encendieron el teléfono.
El mensaje con la orden de reparar el ascensor seguía allí. No lo había enviado Valeria.
Procedía de la cuenta personal de Sebastián.
—Yo nunca escribí eso —dijo él.
Mateo examinó la habitación.
—Alguien ha utilizado tu identidad durante meses.
Rosa abrió un cajón y encontró una carpeta que no había visto antes.
En la portada aparecía una fotografía de Eduardo junto a Julián Bellmont, el padre de Valeria.
Debajo había una frase:
“Operación Acantilado: segunda fase pendiente.”
Rosa sintió un escalofrío.
—Si el accidente fue la primera fase, ¿cuál es la segunda?
Una de las pantallas cambió automáticamente.
Mostró una cámara instalada en la habitación de huéspedes.
La cama de Rosa estaba vacía.
Sobre la almohada había un sobre negro que ninguno de ellos había colocado allí.
Rosa subió inmediatamente.
Dentro encontró una fotografía tomada aquella misma tarde. Mostraba a Teresa ayudándola a levantarse del suelo mientras Valeria sostenía la manguera.
En la parte posterior había una advertencia:
“La próxima vez, no será agua.”
En ese instante se oyó un grito desde el jardín.
Teresa corrió hacia la terraza.
Su marido Carlos, que debía permanecer en un centro de rehabilitación, estaba junto a la piscina, atado a una silla.
Y detrás de él había un hombre al que Rosa había visto por última vez durante el funeral de Eduardo.
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Julián Bellmont.
El padre de Valeria.