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La dueña bajo la lluvia / Chapter 7 / 15

Chapter 7 - El testigo del acantilado

Mauricio Kane había pronunciado el discurso principal en el funeral de Eduardo.

Había colocado una mano sobre el hombro de Sebastián y prometido que nunca permitiría que el joven heredero enfrentara solo el futuro. Durante los ocho años siguientes, supervisó las decisiones del consejo y aseguró a Rosa que todo funcionaba correctamente.

Ahora su rostro aparecía en una fotografía tomada minutos antes del accidente.

—¿De dónde obtuviste esto? —preguntó Rosa.

Valeria permanecía al otro lado del cristal de seguridad. Ya no llevaba maquillaje ni ropa de lujo. El uniforme gris de detención la hacía parecer más joven.

—La encontré entre los documentos de mi padre.

—Julián afirmó que él siguió a Eduardo.

—Lo hizo durante una parte del camino. Después se detuvo en una gasolinera. Mauricio continuó.

Sebastián examinó la fotografía.

—Podría ser una imagen manipulada.

—También existe un testigo —dijo Valeria—. Un antiguo camarero del hotel llamado Marcos Leal.

—¿Dónde está?

—Mi padre lo pagó para que desapareciera. Durante años vivió en México. Regresó hace tres semanas.

—¿Por qué?

Valeria miró a Rosa.

—Alguien está eliminando a todas las personas relacionadas con aquella noche. Marcos cree que será el siguiente.

Rosa apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Por qué deberíamos confiar en ti?

—No deberían. Pero pueden verificarlo.

Entregó una dirección escrita en un trozo de papel.

Sebastián no apartaba los ojos de ella.

—¿Sabías quién seguía a mis padres cuando comenzaste nuestra relación?

—Sabía que había un segundo vehículo. Descubrí la identidad de Mauricio hace seis meses.

—Y continuaste permitiendo que me culpara.

Valeria tragó saliva.

—Tu culpa te hacía fácil de dirigir.

La sinceridad resultó más cruel que una mentira.

—¿Alguna vez pensaste en contarme la verdad?

—Muchas veces.

—Pero nunca lo hiciste.

—No.

Sebastián se levantó y salió.

Rosa permaneció sentada.

—Cooperar no eliminará lo que hiciste.

—Lo sé.

—Atacaste a empleados, robaste el fondo de pensiones y ayudaste a tu padre a retener a Carlos.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué quieres conseguir?

Por primera vez, Valeria pareció no tener una respuesta preparada.

—Quiero evitar que Mauricio gane.

Rosa la observó con atención.

—Eso no es arrepentimiento. Es otra forma de venganza.

—Es lo único que me queda.

—No. Todavía puedes decidir decir la verdad aunque no te beneficie. Si lo haces únicamente para destruir a un enemigo, él seguirá controlando lo que eres.

Valeria bajó la mirada.

La dirección condujo a un motel situado al norte de Miami. Rosa, Sebastián y Mateo llegaron acompañados por dos investigadores privados. Mauricio no respondía a las llamadas y había anunciado que se encontraba fuera del país por motivos médicos.

La habitación de Marcos estaba abierta.

Dentro encontraron ropa, comida y un televisor encendido. No había señales de lucha, pero sobre la cama aparecía una mancha de sangre.

Sebastián revisó el baño.

—No está aquí.

Mateo encontró un recibo de la estación de autobuses con una salida prevista para aquella mañana. Marcos no había llegado al vehículo.

Rosa observó la mesita de noche. Había dos vasos de plástico y una botella de agua. Marcos había recibido a alguien voluntariamente.

En el suelo, debajo de una silla, encontró un botón dorado con las iniciales M.K.

—Es demasiado evidente —dijo Mateo—. Mauricio no dejaría un botón con su nombre.

—Alguien quiere que lo encontremos —respondió Rosa.

El teléfono del motel sonó.

Rosa contestó.

—Señora Armand —dijo una voz masculina—. Si quiere encontrar a Marcos con vida, lleve la declaración del fondo de pensiones al hotel del acantilado.

—¿Quién habla?

—Pregunte a su abogado por la habitación Mirador.

La llamada terminó.

Rosa se volvió hacia Mateo.

Él estaba pálido.

—¿Qué sabes de esa habitación?

—Nada más de lo que usted me contó.

—La persona al teléfono sabía que Carlos mencionó el Mirador. Solo cuatro personas escuchamos esa información.

Sebastián bloqueó la puerta.

—¿Has estado informando a Mauricio?

Mateo levantó las manos.

—Trabajo para tu abuela desde antes de que tú terminaras la escuela.

—Eso no responde.

Rosa recordó las personas con acceso para desactivar la seguridad: ella, Sebastián, Mateo y cinco consejeros.

—Dame tu teléfono —ordenó.

Mateo se lo entregó sin discutir.

Los investigadores revisaron las llamadas y encontraron comunicaciones cifradas con un número desconocido. Mateo aseguró que pertenecían a una fuente dentro del consejo.

—¿Quién?

—No puedo revelarlo sin ponerla en peligro.

—Marcos ya está en peligro —dijo Sebastián.

Mateo cedió.

La fuente era Clara Kane, esposa de Mauricio.

Clara llevaba meses enviándole documentos porque creía que su marido estaba relacionado con las cuentas de Bellmont Bay. Fue ella quien advirtió sobre la habitación Mirador.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Rosa.

—Clara amenazó con desaparecer si mencionaba su nombre. Estaba reuniendo pruebas.

En ese instante, el teléfono de Mateo recibió un mensaje.

Era una fotografía de Marcos atado dentro de una habitación. Detrás se veía una gran ventana orientada hacia el océano.

El Mirador.

Debajo aparecía una frase:

“Traed el expediente original de las pensiones antes de las seis. Sin policías.”

Rosa no tenía el original. Permanecía bajo custodia de los investigadores financieros.

—Quieren algo más que destruir las pruebas —dijo—. Quieren saber cuánto hemos descubierto.

Sebastián propuso utilizar una copia y colocar un rastreador. Mateo contactó discretamente con las autoridades.

Antes de marcharse, Rosa recibió una llamada desde la mansión.

Teresa hablaba entre sollozos.

—Señora Rosa, alguien entró en la casa.

—¿Estáis bien?

—Sí, pero se llevaron todos los discos duros recuperados de la habitación secreta.

—¿Seguridad no vio nada?

—El sistema reconoció la entrada como autorizada por el consejo.

Rosa entendió el plan.

Mientras ellos seguían la pista de Marcos, alguien había eliminado la evidencia digital.

—Hay algo más —continuó Teresa—. Encontré una caja debajo de la cama de Valeria. Tiene el nombre de su hijo.

Dentro había expedientes médicos, fotografías y una prueba de ADN.

Según el documento, Sebastián Armand no era hijo biológico de Eduardo.

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El heredero de la familia no pertenecía a la familia Armand.

Y Mauricio Kane figuraba como el padre con una coincidencia del 99,8 %.

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