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La dueña bajo la lluvia / Chapter 12 / 15

Chapter 12 - Los hijos de los enemigos

La estación de bombeo estaba construida dentro de la roca.

Rosa dejó el automóvil detrás de una curva y descendió a pie. En una mano llevaba el repetidor. En la otra sostenía el teléfono conectado con Daniel.

—La señal sigue estable —informó él—. Teresa no debe tocar nada hasta que encontremos el control principal.

El viento del océano golpeaba con fuerza. Abajo, las olas chocaban contra las mismas piedras donde el automóvil de Eduardo había quedado destruido.

Rosa encontró una puerta abierta en la parte posterior de la estación.

Dentro había tuberías oxidadas, maquinaria abandonada y una sala iluminada por lámparas portátiles. Sebastián permanecía atado junto a Amelia. Clara caminaba frente a ellos con el control remoto.

—Llegas sola —dijo.

—Como pediste.

Sebastián tenía un corte en la frente, pero estaba consciente.

—Abuela, no firmes nada.

Clara le golpeó el rostro.

—No vuelvas a tocarlo —ordenó Rosa.

—Entonces entrega el fideicomiso.

Rosa colocó una carpeta sobre una mesa.

—Los documentos necesitan la firma de Amelia.

—Firmará.

Amelia negó con la cabeza.

—No quiero su empresa.

—No entiendes lo que te deben —dijo Clara—. Mauricio dedicó su vida a construir un imperio y ellos lo convirtieron en un criminal.

—Persiguió a dos personas hasta un acantilado.

—Intentaba recuperar a Sebastián.

Rosa dio otro paso.

—¿Le has contado a Amelia quién era Eduardo para ella?

Clara quedó inmóvil.

Amelia miró a su madre.

—¿Qué significa eso?

—No la escuches.

—Valeria encontró una prueba de ADN —continuó Rosa—. Mauricio no es tu padre biológico.

—¡Cállate!

—Eduardo Armand lo era.

Amelia volvió el rostro hacia Sebastián.

Los dos habían crecido como hijos de familias enemigas. En realidad, compartían al hombre que había elegido criar a uno de ellos y nunca tuvo la oportunidad de conocer a la otra.

—Estás mintiendo —dijo Clara.

—Entonces permite que realicen otra prueba.

—Mauricio la crió.

—Exactamente —respondió Rosa—. Igual que Eduardo crió a Sebastián. Si la sangre convierte a uno en un extraño, también destruye el derecho que reclamas para tu hija.

Clara apretó el control remoto.

—La sangre importa cuando decide quién posee el poder.

—No. Importa para ti porque llevas treinta años midiendo el amor como una propiedad.

Amelia comenzó a llorar.

—¿Eduardo sabía que yo existía?

Clara no respondió.

Rosa comprendió la verdad.

—Sí lo sabía.

Clara había mantenido una relación con Eduardo mientras él y su esposa atravesaban una separación temporal. Cuando quedó embarazada, eligió continuar con Mauricio porque tenía acceso al consejo y a la fortuna de los Kane. Eduardo aceptó guardar el secreto para evitar destruir dos matrimonios.

Años después, Mauricio descubrió que Isabel había tenido un hijo suyo. La revelación convirtió a ambos matrimonios en una red de resentimientos, chantajes y silencios.

—Todo comenzó porque los adultos quisieron proteger su reputación —dijo Rosa—. Y ahora intentas obligar a los hijos a continuar la guerra.

Clara levantó el arma.

Sebastián empujó la silla contra ella. El disparo alcanzó una tubería. Vapor caliente llenó la habitación.

Amelia se lanzó hacia el control remoto. Clara la apartó, pero Rosa tomó una barra metálica y golpeó su muñeca.

El control cayó entre las máquinas.

La señal del repetidor comenzó a parpadear.

En la mansión, la luz roja de la bomba se encendió con mayor intensidad.

—¡Tenemos menos de dos minutos! —gritó Daniel por el teléfono.

Clara se arrastró hacia el control. Sebastián rompió una pata de la silla y liberó una mano. Amelia desató la cuerda que sujetaba sus tobillos.

Rosa encontró el dispositivo entre los engranajes. Tenía tres botones.

—¿Cuál lo detiene?

Clara sonrió desde el suelo.

—Ninguno.

Daniel pidió que acercara la cámara.

—El control transmite mediante una secuencia rotatoria. No podemos apagarlo, pero podemos mantener la señal constante si retiramos el chip.

—¿Cómo?

—Rompe la carcasa sin tocar la batería.

Rosa utilizó la barra. El plástico se partió. Daniel identificó un pequeño módulo azul.

Clara intentó levantarse. Amelia se interpuso.

—Si detienes a mi abuela, también me matas a mí —dijo.

La palabra “abuela” sorprendió a Rosa.

Clara también la escuchó.

Por primera vez, su hija había elegido una relación fuera del odio que ella había construido.

Rosa retiró el chip.

En la mansión, el temporizador se congeló en ocho segundos.

—La señal está fija —dijo Daniel—. Teresa puede retirar ahora la batería derecha.

Teresa obedeció.

La luz se apagó.

El silencio que siguió fue tan profundo que Rosa oyó las olas detrás de los muros.

Sebastián se liberó y llamó a la policía. Clara intentó escapar por un túnel hacia la costa, pero Amelia bloqueó la puerta.

—No voy a dejar que continúes haciendo daño en mi nombre.

Los agentes llegaron minutos después.

Clara fue esposada. Mientras la conducían hacia la salida, miró a Rosa.

—Alejandro comenzó todo. Construyó una empresa con sobornos y luego permitió que los demás pagáramos el precio.

—Sí —respondió Rosa—. Y yo contaré también esa verdad.

Clara pareció desconcertada.

Esperaba que Rosa protegiera el apellido familiar, como todos habían hecho antes.

No comprendía que aquella era precisamente la cadena que Rosa había decidido romper.

Sebastián abrazó a su abuela.

—Pensé que perdería a Teresa por mi culpa.

—La bomba no la colocaste tú.

—Pero regresé solo porque necesitaba demostrar que todavía tenía autoridad.

Rosa sostuvo su rostro.

—Aprender no significa dejar de equivocarse. Significa dejar de esconder cada error.

Amelia permanecía a pocos pasos.

—¿Qué ocurrirá conmigo?

—Tendrás derecho a conocer la verdad sobre Eduardo —dijo Rosa—. Pero nadie te obligará a convertir esa verdad en una herencia.

Amelia miró hacia el mar.

—Quiero conocer a la mujer que él amaba. A Isabel.

Sebastián le entregó la carta encontrada en el Mirador.

Aquella noche, los dos hijos de Eduardo leyeron juntos las palabras de una mujer muerta.

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No como herederos enfrentados.

Como hermanos que habían sobrevivido a los secretos de sus padres.

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