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EL JARRÓN SOBRE SU CABEZA / Chapter 6 / 15

Chapter 6 - La paciente que llevaba veintidós años muerta

La policía esposó al doctor Bennett y lo trasladó al hospital bajo custodia. La bala solo había rozado su hombro, pero utilizó el dolor como excusa para negarse a hablar. Adrian permaneció frente a su camilla con el rostro inmóvil.

—Dime dónde está mi madre —repitió por tercera vez.

Bennett miró al fiscal que acababa de llegar.

—Quiero inmunidad.

—No estás en posición de pedirla —dijo el fiscal.

—Entonces Claire Blackwood morirá antes de que la encuentren.

Adrian se abalanzó sobre él, pero Maya y un agente lo detuvieron.

—¡Llevas veintidós años sabiendo que estaba viva!

—Yo era residente cuando llegó —respondió Bennett—. Grant pagaba las facturas. Eleanor firmaba los documentos. Yo solo seguía órdenes.

—¿Qué clínica?

—Protección primero.

Maya se acercó hasta quedar frente al médico.

—La aconitina dejó rastros en el cabello de Eleanor. Su firma aparece en las recetas. Aunque consiga un trato, pasará años en prisión. Pero si Claire muere porque usted decidió negociar durante una hora, el jurado no verá a un testigo arrepentido. Verá a un hombre que permitió dos asesinatos.

Bennett la observó con odio.

—White Harbor Neurological Center. Paciente Catherine Bell. Ala privada número cuatro.

—¿Dónde está? —preguntó Adrian.

—A dos horas al norte. Pero Grant tiene gente en todas partes.

La policía organizó un operativo. Adrian insistió en ir, pero el fiscal se negó.

—Si Grant sospecha que sabemos dónde está, podría usarlo como moneda de cambio. Usted es demasiado visible.

—Es mi madre.

—Y precisamente por eso debe quedarse.

Maya tomó a Adrian del brazo y lo llevó a un corredor vacío.

—Tenemos que hablar con Eleanor.

—¿Para qué? ¿Para preguntarle por qué fingió la muerte de su propia hija?

—Para saber qué espera Grant que encontremos.

En el hospital, Eleanor estaba despierta. Adrian colocó la fotografía de Claire sobre la mesa.

—¿Mi madre está viva?

La anciana cerró los ojos.

—Mírame —dijo él, con la voz quebrada—. No vuelvas a esconderte detrás de tu enfermedad. ¿Está viva?

Un parpadeo.

Sí.

Adrian retrocedió.

—¿Desde cuándo lo sabes?

Maya levantó la tabla de letras. Eleanor formó lentamente:

D. E. S. D. E. E. L. A. C. C. I. D. E. N. T. E.

—Desde el accidente —leyó Maya.

Adrian soltó una risa vacía.

—Me llevaste a un funeral. Me obligaste a depositar flores sobre un ataúd vacío.

Eleanor comenzó a llorar.

—¿Por qué?

T. E. A. M. E. N. A. Z. A. R. O. N.

—La amenazaron —dijo Maya.

—¿Quién?

G. R. A. N. T.

Adrian apretó los puños.

Eleanor continuó, deteniéndose después de cada letra para respirar.

Claire había sobrevivido al choque con una lesión cerebral grave. Grant llegó al hospital antes que Eleanor y le mostró fotografías de Adrian, que entonces tenía seis años, saliendo de la escuela. Le dijo que, si Claire recuperaba la memoria y hablaba, el niño sufriría un accidente.

Eleanor aceptó registrar a su hija bajo otro nombre y anunciar su muerte. Creyó que sería temporal. Pagó tratamientos secretos y trató de reunir pruebas contra Grant, pero él controlaba a Bennett, a varios miembros del consejo y a la seguridad corporativa.

—Tuviste veintidós años —dijo Adrian—. Pudiste pedir ayuda.

Eleanor escribió una sola palabra:

C. O. B. A. R. D. E.

Cobarde.

—Sí —respondió él—. Lo fuiste.

Maya vio cómo la frase destruía algo dentro de la anciana. Sin embargo, Eleanor no apartó la mirada.

—¿Daniel Rowe era inocente? —preguntó Maya.

Un parpadeo.

—¿Permitió que fuera a prisión para proteger a la empresa?

Un parpadeo.

Sabrina, que esperaba cerca de la puerta, entró sin pedir permiso.

—Mi padre murió creyendo que nadie le creía —dijo.

Eleanor intentó levantar una mano.

—No me pida perdón —continuó Sabrina—. Un perdón no devuelve veintidós años.

Adrian la miró.

—Tú tampoco tienes derecho a dar lecciones sobre la verdad.

—Lo sé.

—Te acercaste a mí con un nombre falso.

—Sí.

—¿Grant te encontró antes de que nos conociéramos?

Sabrina no respondió.

—Contéstame.

—Me contactó seis meses antes. Dijo que podía demostrar que mi padre era inocente si conseguía entrar en tu círculo.

Maya sintió que la última pieza encajaba.

—Te pidió que sedujeras a Adrian.

—Al principio solo debía acercarme y averiguar si Eleanor guardaba archivos. Después me dijo que Adrian era tan culpable como el resto. Que casarme con él sería justicia.

—¿Te pagó? —preguntó Adrian.

—Canceló mis deudas y financió mi empresa de diseño.

—Entonces cada cena, cada viaje, cada promesa...

—No todo fue falso.

—No sé distinguir qué parte fue real.

Sabrina bajó la mirada.

—Yo tampoco.

El teléfono del fiscal sonó. El equipo había llegado a White Harbor.

Las puertas del ala cuatro estaban abiertas. Las habitaciones, vacías. Los ordenadores habían sido destruidos y varios expedientes ardían en el patio trasero.

Catherine Bell había sido trasladada una hora antes en una ambulancia privada.

—¿Hacia dónde? —preguntó Adrian.

—La cámara de la carretera registró la matrícula —respondió el fiscal—. Estamos rastreándola.

Samuel, que había permanecido en silencio, tomó la fotografía de Claire y la acercó a la luz.

—Señor Adrian, mire el collar de su madre.

En la imagen, Claire llevaba un pequeño medallón con forma de pájaro.

—¿Qué tiene?

—Era una caja de música. Ella la llevaba siempre. Si aún la conserva, puede contener un rastreador antiguo.

—¿Un rastreador de hace veintidós años?

—No electrónico. Un emisor de radio de corto alcance. Su padre se lo regaló después de que Claire recibiera amenazas. Yo guardé el receptor.

Samuel regresó a la mansión acompañado por agentes. Encontró el dispositivo en una caja de herramientas y lo encendió. Durante varios minutos solo hubo estática.

Entonces apareció una señal débil desplazándose hacia el este.

—La ambulancia va hacia la costa —dijo Samuel.

Adrian tomó las llaves de su automóvil.

—Esta vez nadie me dejará atrás.

Maya se colocó a su lado.

—Entonces no irás solo.

Sabrina dio un paso.

—Yo también voy.

Adrian la miró con frialdad.

—Ya hiciste suficiente.

—Grant confía en que todavía puede controlarme. Si nos detienen, puedo acercarme.

—O entregarnos.

Sabrina sostuvo su mirada.

—Tendrás que decidir si quieres castigarme ahora o encontrar a tu madre viva.

Eleanor golpeó la cama y parpadeó una vez.

Adrian cerró los ojos.

—Sube al auto —dijo finalmente—. Pero si vuelves a mentirme, te entregaré yo mismo.

La señal del collar se detuvo cuarenta minutos después en una propiedad abandonada junto al océano.

Cuando llegaron, la ambulancia estaba vacía.

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En la arena encontraron las huellas de una silla de ruedas que conducían hacia un antiguo faro.

Y desde la torre, una mujer comenzó a cantar la canción de cuna que Claire solía cantarle a Adrian cuando era niño.

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