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EL JARRÓN SOBRE SU CABEZA / Chapter 1 / 15

Chapter 1 - La novia con el arma de cristal

La tormenta golpeaba los ventanales de la mansión Blackwood como si alguien intentara entrar desde el bosque. En el salón principal, las lámparas de cristal proyectaban reflejos azules sobre el mármol, y el personal terminaba de preparar la cena de compromiso que debía celebrarse dos noches después. Todo parecía perfecto, excepto por los gritos que provenían de la galería oeste.

—¡Suéltelo, señorita Vale! —gritó Maya Reyes mientras corría por el corredor.

Cuando llegó al salón de música, sintió que el corazón se le detenía.

Sabrina Vale estaba de pie detrás de Eleanor Blackwood, la matriarca de setenta y cuatro años que permanecía inmóvil en una silla de ruedas desde el derrame cerebral sufrido seis meses antes. Sabrina sostenía un pesado jarrón de cristal por encima de la cabeza. Sus brazos temblaban. En su rostro no había miedo, sino una furia desnuda y desesperada.

Eleanor intentó girarse, pero solo consiguió mover dos dedos sobre el apoyabrazos.

—No sabe lo que está haciendo —dijo Maya, avanzando un paso—. Baje el jarrón.

—Tú no entiendes nada —respondió Sabrina entre dientes—. Esta anciana ha destruido vidas enteras y todavía pretende controlarnos.

—Entonces hable con ella. No la mate.

Sabrina soltó una risa seca.

—¿Hablar? Ella ni siquiera puede pronunciar una palabra.

En ese instante, la puerta se abrió de golpe.

Adrian Blackwood apareció en el umbral, empapado por la lluvia, con la camisa negra pegada al cuerpo y una expresión que transformó el aire del salón.

—¡Sabrina!

Ella se volvió. El jarrón se inclinó peligrosamente.

Maya se lanzó hacia la silla y la apartó justo cuando el objeto cayó. El cristal se estrelló contra el suelo, explotando en cientos de fragmentos. Uno de ellos cortó la mano de Maya. Eleanor lanzó un sonido ahogado.

Adrian cruzó la habitación y sujetó a Sabrina por los hombros.

—¿Qué demonios estabas haciendo?

—No es lo que parece —dijo ella, respirando con dificultad.

—Te vi levantar un jarrón sobre la cabeza de mi abuela.

—Porque había una araña.

Maya la miró, incrédula.

—¿Una araña?

—Era enorme. Cayó sobre su cabello. Entré en pánico.

Adrian soltó lentamente los hombros de su prometida.

—¿Pretendías matar una araña con un jarrón de veinte libras?

Sabrina se llevó una mano al pecho, como si la pregunta la hubiera herido.

—Entraste cuando todo había terminado. No viste cómo Maya me atacó primero.

—Eso es mentira —dijo Maya.

—¿De verdad? —Sabrina señaló el corte en su mano—. Entonces, ¿por qué está sangrando? Intentó quitarme el jarrón. Tu abuela empezó a agitarse. Yo solo trataba de protegerla.

Eleanor golpeó dos veces el apoyabrazos.

Adrian se arrodilló frente a ella.

—Abuela, mírame. ¿Sabrina intentó hacerte daño?

Eleanor parpadeó una vez. Luego dos. Después tres.

Adrian frunció el ceño.

—No sé qué significa eso.

Maya sí lo sabía. Durante meses había trabajado con Eleanor para crear un sistema de comunicación. Un parpadeo significaba sí. Dos, no. Tres, peligro.

—Significa peligro —dijo.

Sabrina se volvió hacia ella con una mirada venenosa.

—Qué conveniente que solo tú entiendas sus parpadeos.

—Los terapeutas también conocen el código.

—Los terapeutas que tú elegiste.

Adrian levantó una mano.

—Basta. Llamaré al doctor Bennett y revisaremos las cámaras.

Maya miró el techo. La pequeña luz roja de la cámara de seguridad estaba apagada.

—La cámara no funciona.

—¿Desde cuándo? —preguntó Adrian.

Nadie respondió.

El jefe de seguridad, Cole Mercer, llegó minutos después acompañado por dos guardias. Se arrodilló junto a los cristales y recogió con cuidado una pieza curva.

—La cámara de esta sala perdió señal hace diecisiete minutos —informó—. Parece una falla eléctrica causada por la tormenta.

—¿Solo esta sala? —preguntó Maya.

Cole la observó con frialdad.

—Estoy revisándolo.

Sabrina comenzó a llorar. Se acercó a Adrian, pero él retrocedió.

—Adrian, por favor. Amo a tu abuela. He estado a su lado desde el hospital.

Eleanor golpeó el apoyabrazos con más fuerza.

—Ella está alterada —dijo Sabrina—. Maya la confunde. Desde que esa mujer llegó, tu abuela desconfía de todos.

—Yo llegué después de su derrame —replicó Maya.

—Y desde entonces controlas sus medicamentos, sus comidas y sus visitas.

Adrian miró a ambas mujeres. Heredero de una empresa valorada en seis mil millones de dólares, estaba acostumbrado a tomar decisiones bajo presión. Sin embargo, frente a su abuela parecía un niño perdido.

—Cole, lleva a Sabrina a la biblioteca. Que nadie salga de la casa hasta que revisemos todo.

—¿Me estás tratando como a una criminal? —preguntó ella.

—Te estoy pidiendo que esperes mientras averiguo qué ocurrió.

—Soy tu prometida.

—Y ella es la mujer que me crió.

Sabrina dejó de llorar de inmediato. Durante un segundo, su rostro se endureció. Luego volvió a mostrarse frágil.

—Espero que recuerdes quién estará a tu lado cuando ella ya no esté.

Adrian la miró alejarse sin responder.

Maya llevó a Eleanor a su habitación. Mientras limpiaba el pequeño corte que un fragmento de cristal había dejado en la mejilla de la anciana, notó que Eleanor intentaba mover los labios.

—No se esfuerce —susurró—. Está a salvo.

Eleanor negó apenas con la cabeza.

Maya sacó una tabla transparente con letras. La sostuvo frente a ella y siguió la dirección de sus ojos. Eleanor miró primero la P. Después la O. Luego la I.

—¿Poison? —preguntó Maya en inglés, usando la palabra que Eleanor parecía formar.

Un parpadeo.

Sí.

Maya continuó.

S. O. N.

—Poison —repitió—. Veneno.

Eleanor cerró los ojos, agotada.

—¿Sabrina la está envenenando?

Dos parpadeos.

No.

Maya sintió un escalofrío.

—¿Entonces otra persona?

Un parpadeo.

Sí.

Eleanor miró hacia la puerta. Luego hacia el suelo.

Entre los fragmentos que un empleado había comenzado a recoger, algo metálico brilló bajo una mesa. Maya se inclinó y encontró un pequeño cilindro de acero que parecía haber estado oculto en la base del jarrón.

Lo guardó en el bolsillo justo antes de que Adrian entrara.

—La cámara no falló por la tormenta —dijo él—. Alguien cortó el cable desde el cuarto de control.

Maya apretó el cilindro dentro de su mano.

—Entonces Sabrina no estaba sola.

Eleanor abrió los ojos y parpadeó tres veces.

Peligro.

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Desde el corredor, alguien observaba a través de la puerta entreabierta.

Y antes de que Maya pudiera girarse, una sombra desapareció escaleras abajo.

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