Chapter 2 - Tres parpadeos para decir veneno

Maya esperó hasta que Adrian salió para examinar el cilindro. Era más pequeño que un lápiz labial y tenía una ranura en un extremo. Lo giró entre los dedos, buscando un mecanismo, pero no encontró ninguno.
Eleanor la observaba desde la cama.
—¿Estaba dentro del jarrón? —preguntó Maya.
Un parpadeo.
—¿Lo escondió usted?
Un parpadeo.
—¿Contiene pruebas?
Otro parpadeo.
Maya acercó la tabla de letras. Eleanor comenzó a formar una palabra con enorme esfuerzo.
C. A. J. A.
—¿Caja?
Un parpadeo.
L. E. O.
—¿Leo? ¿Una persona?
Dos parpadeos.
Eleanor cerró los ojos y respiró con frustración. Su mano derecha tembló sobre la sábana. Maya tomó un bolígrafo y se lo colocó entre los dedos. La anciana trazó una línea, luego otra, pero no consiguió escribir.
—No importa. Lo descubriremos —dijo Maya—. Pero necesito saber en quién podemos confiar.
La puerta se abrió y el doctor Nathan Bennett entró acompañado por Adrian. Era un hombre de cincuenta años, de voz suave y modales impecables. Había sido el médico personal de la familia Blackwood durante más de una década.
—Maya, deberías habernos llamado en cuanto ocurrió el incidente —dijo mientras se acercaba a la cama.
—Lo hice. Usted tardó cuarenta minutos.
—Había carreteras inundadas.
Bennett examinó los ojos de Eleanor, comprobó su presión y revisó el corte de la mejilla.
—No hay signos de una nueva crisis neurológica. Sin embargo, está demasiado agitada. Le administraré un sedante ligero.
Eleanor abrió los ojos de golpe.
Tres parpadeos.
Maya se interpuso cuando el médico sacó una jeringa.
—No quiere el sedante.
—No puede tomar decisiones clínicas en su estado.
—Sí puede comunicarse.
Bennett sonrió con paciencia.
—La comunicación por parpadeos puede ser útil, pero también está sujeta a interpretaciones. Su cerebro sufrió daños graves.
—Su cerebro está funcionando mejor de lo que todos creen.
Adrian miró a su abuela.
—¿Es necesario sedarla?
—Si queremos evitar otro episodio, sí.
Eleanor movió la cabeza con una fuerza sorprendente.
Maya sostuvo la mirada del médico.
—No la toque.
El silencio se volvió pesado.
—Maya —dijo Adrian—, el doctor Bennett ha cuidado de ella durante años.
—Y yo la cuido todos los días. Sé cómo reacciona a sus medicamentos.
Bennett guardó la jeringa.
—Como quieras. Pero deja constancia de que me opuse.
Después de que el médico se marchó, Adrian cerró la puerta.
—No puedes enfrentarte a todos en esta casa.
—No me enfrento a todos. Solo a quienes no escuchan a su abuela.
—¿Crees que Bennett intenta hacerle daño?
Maya pensó en el cilindro escondido en su bolsillo.
—Creo que alguien lo intenta.
Adrian se pasó una mano por el cabello mojado.
—Sabrina insiste en que tú preparaste la escena.
—¿Y tú le crees?
—No he dicho eso.
—Tampoco has dicho que me crees a mí.
—Te conozco desde hace seis meses. A ella desde hace dos años.
—Entonces debería tranquilizarte saber que la mujer que conoces desde hace dos años fue encontrada con un jarrón sobre la cabeza de tu abuela.
Adrian apretó la mandíbula.
—Sabrina dice que vio a Eleanor intentando alcanzar algo detrás de la silla. Que el jarrón estaba a punto de caer y ella trató de levantarlo.
—El jarrón estaba sobre una mesa al otro lado de la sala.
—Eso dice ella que es mentira.
Maya soltó una risa incrédula.
—La verdad parece cambiar cada vez que Sabrina abre la boca.
Adrian se acercó a la ventana.
—La boda es en dos días. Hay trescientos invitados, inversionistas, prensa. Si cancelo todo por una acusación sin pruebas, las acciones caerán. El consejo aprovechará para declarar que no estoy preparado para dirigir la compañía.
—¿Eso es lo que te preocupa? ¿El precio de las acciones?
—Me preocupa todo. Mi abuela, la compañía, los ocho mil empleados que dependen de nosotros. No tengo el lujo de reaccionar solo con el corazón.
Eleanor golpeó la cama.
Adrian se giró.
—Lo sé, abuela. No permitiré que te hagan daño.
Maya vio dolor verdadero en su rostro. Por primera vez comprendió que no era indiferencia. Era miedo disfrazado de control.
—Dame veinticuatro horas —dijo ella.
—¿Para qué?
—Para demostrar que Eleanor está siendo envenenada.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
Maya miró a Eleanor. La anciana parpadeó una vez.
—Ella formó la palabra en la tabla.
—Podría referirse a otra cosa.
—Entonces permíteme revisar sus medicamentos con un laboratorio independiente.
—Bennett ya realiza análisis semanales.
—Precisamente por eso quiero uno independiente.
Adrian dudó.
—Hazlo. Pero sin que nadie lo sepa.
Maya asintió.
Cuando se quedó sola, sacó varias muestras del organizador de medicamentos: una cápsula para la presión, gotas para dormir, vitaminas y un líquido transparente que Bennett había comenzado a administrar tras el derrame. Colocó pequeñas cantidades en bolsas estériles.
Su amiga, la doctora Lena Park, trabajaba en un laboratorio toxicológico de Manhattan. Maya le envió un mensaje urgente y escondió las muestras dentro de su bolso.
Al salir de la habitación, encontró a Sabrina esperándola en el corredor.
Ya no lloraba. Vestía una bata de seda color marfil y sostenía una copa de vino.
—Adrian siempre termina perdonándome —dijo—. Deberías saberlo antes de intentar convertirte en su salvadora.
—Esto no tiene que ver con Adrian.
—Todo en esta casa tiene que ver con Adrian. Su apellido, su fortuna, el imperio que heredará.
—¿Eso es lo que amas de él?
Sabrina sonrió.
—Tú y yo no somos tan diferentes, Maya. Las dos llegamos desde abajo. La diferencia es que yo no finjo que la pobreza es una virtud.
—Yo vine a cuidar a Eleanor.
—Y yo vine a construir una vida. No permitiré que una enfermera con complejo de heroína me la quite.
Maya dio un paso hacia ella.
—Si le haces daño otra vez, no habrá boda capaz de protegerte.
Sabrina acercó el rostro.
—Ten cuidado. En esta familia, las mujeres que investigan demasiado suelen sufrir accidentes.
Maya sintió que la amenaza no era improvisada.
—¿Como quién?
La sonrisa de Sabrina desapareció.
—Pregúntale a Adrian por su madre.
Antes de que Maya pudiera responder, Sabrina se alejó.
Aquella noche, Lena recibió las muestras. A las dos de la madrugada llamó a Maya.
—Encontré algo —dijo sin saludar—. Las gotas transparentes contienen una sustancia que no aparece en la etiqueta.
—¿Qué sustancia?
—Un derivado de aconitina. En dosis pequeñas causa debilidad muscular, arritmias, confusión y síntomas que pueden parecer daño neurológico.
Maya apretó el teléfono.
—¿Puede provocar un derrame?
—Puede provocar colapso cardíaco y reducir el flujo de oxígeno al cerebro. Sí, podría imitarlo o empeorarlo.
—¿Cuánto tiempo lleva tomándolo?
—Por la concentración en su cabello, al menos siete meses.
El derrame había ocurrido seis meses atrás.
Alguien había comenzado a envenenar a Eleanor antes de que quedara en silla de ruedas.
Maya regresó a la habitación, pero la cama estaba vacía.
La silla de ruedas había desaparecido.
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Sobre la almohada había una nota escrita con tinta negra:
“DEJA DE BUSCAR O LA PRÓXIMA VEZ NO VOLVERÁ.”