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EL JARRÓN SOBRE SU CABEZA / Chapter 4 / 15

Chapter 4 - El hombre que llegó demasiado rápido

Grant Hale apareció en la mansión antes que los detectives de la unidad especial. Vestía un traje gris perfectamente planchado, a pesar de que eran casi las cuatro de la madrugada. Abrazó a Adrian con la familiaridad de un tío preocupado.

—Gracias a Dios encontraron a Eleanor —dijo—. ¿Cómo está?

—Sedada. La llevaron al hospital privado de la familia.

Grant miró a Maya.

—¿Y ella sigue aquí?

—Maya la encontró.

—También fue quien sacó sus medicamentos sin autorización y quien estaba ausente cuando desapareció.

Maya cruzó los brazos.

—Sabe demasiado para alguien que acaba de llegar.

Grant sonrió sin humor.

—Cole me informó. Soy vicepresidente del consejo. Una crisis de esta magnitud afecta a toda la empresa.

—Mi abuela no es una crisis empresarial —dijo Adrian.

—No, pero si el mercado descubre que la presidenta está incapacitada, fue envenenada y secuestrada dentro de su casa, habrá consecuencias.

Samuel entró con la fotografía en una bolsa transparente.

—También habrá consecuencias si alguien falsificó documentos relacionados con la muerte de Claire.

Grant miró la imagen apenas un segundo.

—¿Dónde encontraron eso?

—En la caja fuerte de Eleanor —respondió Adrian.

—Claire me la dio poco antes de su accidente. Probablemente escribió la nota con prisa.

Samuel negó con la cabeza.

—No es su letra.

—Con todo respeto, Samuel, han pasado veintidós años.

—Yo le enseñé caligrafía cuando era niña.

Grant perdió la sonrisa.

—Entonces quizás Eleanor la escribió.

—¿Para qué? —preguntó Maya—. ¿Para convencernos de que confiemos en usted si algo salía mal?

—No tengo que responder a insinuaciones de una enfermera.

—Es terapeuta neurológica —corrigió Adrian—. Y sí responderás.

Grant lo miró con una mezcla de sorpresa y desaprobación.

—Estás cansado. No permitas que el miedo te haga sospechar de las personas que han protegido a tu familia toda la vida.

—Alguien está envenenando a mi abuela desde hace siete meses.

Grant permaneció inmóvil.

—¿Quién te dijo eso?

—Un laboratorio independiente.

—¿Qué sustancia?

Maya observó un detalle extraño: no preguntó si era verdad, sino qué sustancia habían encontrado.

—Aconitina —respondió ella.

Grant relajó apenas los hombros.

—Eso puede aparecer en ciertos medicamentos herbales. Tal vez haya contaminación.

—No mencionamos en qué producto apareció.

Grant se volvió hacia ella.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Adrian se interpuso.

—Grant, vete a casa. Hablaré contigo cuando tengamos más información.

—La junta se reúne a las nueve. Si Eleanor no aparece, Victor Shaw solicitará una votación para declarar vacante la presidencia. Necesitas que yo esté de tu lado.

—Entonces demuestra que lo estás y dame unas horas.

Grant tomó su abrigo.

—Tu padre cometió el mismo error. Creyó que podía manejarlo todo sin escuchar a quienes sabían cómo funcionaba el mundo.

—Mi padre murió en un accidente aéreo.

—Exactamente.

La frase dejó un silencio incómodo. Grant se marchó sin despedirse.

Maya esperó hasta oír cerrarse la puerta.

—Eso sonó como una amenaza.

—Grant ha sido parte de mi familia desde antes de que yo naciera —dijo Adrian, aunque su voz ya no tenía convicción.

En el hospital, Eleanor permanecía inconsciente. El doctor Bennett seguía desaparecido, por lo que otro especialista asumió su tratamiento. Los análisis confirmaron sedantes en su sangre y niveles elevados de aconitina.

—La sustancia ha debilitado progresivamente sus músculos —explicó la doctora Park—. Parte de lo que atribuían al derrame podría ser intoxicación crónica. Si eliminamos el veneno, existe la posibilidad de que recupere funciones.

Adrian se sentó junto a la cama y tomó la mano de su abuela.

—¿Podrá volver a hablar?

—No puedo prometerlo. Pero su pronóstico es mejor de lo que parecía ayer.

Maya sintió una esperanza dolorosa.

—¿Quién tenía acceso a sus gotas?

—Bennett las prescribía —dijo Adrian—. Maya las administraba.

—Las botellas llegaban selladas desde la farmacia privada de la empresa —aclaró Maya—. Cole las recibía y Sabrina solía subirlas cuando yo estaba con otros pacientes.

Adrian cerró los ojos.

—Demasiadas personas.

—Ese es el objetivo —dijo Lena—. Que todos parezcan culpables.

Más tarde, el abogado de la familia, Malcolm Pierce, llegó con una noticia peor. Eleanor había modificado su testamento ocho meses antes.

—Si muere o es declarada mentalmente incompetente antes de la boda, Adrian recibe sus acciones personales —explicó—. Sin embargo, el control operativo pasa durante cinco años a un fideicomiso dirigido por Grant Hale.

—¿Por qué haría algo así? —preguntó Adrian.

—Según el documento, quería evitar que una esposa reciente influyera sobre ti.

Maya miró a Sabrina, que había llegado escoltada por su propio abogado.

—Entonces Grant gana poder si Eleanor queda incapacitada y Adrian se casa.

—Y yo pierdo toda influencia —dijo Sabrina—. Eso demuestra que no tengo motivo.

—A menos que Grant te haya prometido algo —replicó Maya.

Sabrina se puso de pie.

—Estoy cansada de que esta mujer me acuse.

—Tú estabas levantando un jarrón sobre Eleanor.

—Porque buscaba algo.

La confesión sorprendió a todos.

Adrian se acercó.

—¿Qué buscabas?

Sabrina miró a su abogado. Él negó discretamente con la cabeza.

—Dilo —ordenó Adrian.

—Un dispositivo oculto en la base. Sabía que Eleanor guardaba algo allí.

Maya sacó el cilindro metálico.

—¿Esto?

Sabrina palideció.

—¿Dónde lo encontraste?

—Dentro del jarrón. ¿Cómo sabías que existía?

—Recibí un mensaje anónimo.

—¿Qué decía?

—Que Eleanor tenía pruebas de que mi padre era inocente.

Adrian frunció el ceño.

—Me dijiste que tu padre murió cuando eras niña.

—Murió en prisión. Acusado de robar treinta millones de Blackwood Industries.

—¿Cuál era su nombre?

Sabrina respiró profundamente.

—Daniel Rowe.

Malcolm dejó caer la carpeta que sostenía.

—Eso es imposible.

—¿Lo conocía? —preguntó Maya.

El abogado miró a Adrian.

—Daniel Rowe fue el contable que Claire Blackwood acusó de fraude tres semanas antes de su muerte.

Sabrina clavó los ojos en Adrian.

—Tu madre destruyó a mi familia. Mi padre juró hasta el final que alguien había usado su firma. Yo me acerqué a ti para descubrir la verdad.

—¿Nuestra relación comenzó como una mentira?

—Al principio, sí.

Adrian retrocedió como si lo hubiera golpeado.

—¿Y después?

—Después me enamoré de ti.

—Pero seguiste mintiendo.

Sabrina comenzó a llorar.

—Porque temía perderte.

Maya no apartó la mirada de ella.

—¿Quién envió el mensaje sobre el jarrón?

—No lo sé. Un número desconocido.

Su teléfono vibró sobre la mesa.

Todos miraron la pantalla.

Había llegado un nuevo mensaje del mismo remitente:

“EL CILINDRO ERA SOLO LA LLAVE. LA PRUEBA REAL ESTÁ EN EL DEPÓSITO 417. SI QUIERES SABER QUIÉN MATÓ A TU PADRE, VEN SOLA.”

Debajo aparecía una dirección en Brooklyn y una hora.

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Cinco de la tarde.

Maya miró el reloj. Faltaban cuarenta minutos.

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