Chapter 3 - La noche en que desapareció Eleanor

Maya activó la alarma de la mansión antes de llamar a Adrian. En menos de un minuto, las puertas exteriores se bloquearon y luces rojas comenzaron a parpadear en los corredores.
—¿Cómo pudo desaparecer? —preguntó Adrian mientras corría hacia la habitación—. Había un guardia en cada acceso.
—Alguien la sacó por dentro.
Cole Mercer llegó con el rostro tenso.
—Las cámaras muestran a la señora Blackwood entrando en el ascensor de servicio a la una y cuarenta y siete.
—¿Con quién? —preguntó Maya.
—La imagen está borrosa.
—Qué sorpresa.
Cole ignoró el comentario.
—Parece una persona con uniforme del personal médico.
Adrian se volvió hacia Maya.
—¿Dónde estabas a esa hora?
La pregunta la golpeó como una bofetada.
—En el laboratorio de Lena.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—Sí. Y tengo los resultados que prueban que tu abuela está siendo envenenada.
Cole alzó una ceja.
—¿Sacaste medicamentos de la casa sin autorización?
—Saqué muestras para salvarle la vida.
—También podrías haber alterado esas muestras.
Maya lo miró con furia.
—¿Me estás acusando de secuestrarla?
—Estoy diciendo que debemos considerar todas las posibilidades.
Adrian levantó la voz.
—¡Basta! Encuentren a mi abuela.
Los guardias registraron cada habitación. Sabrina apareció en la escalera con un abrigo sobre el camisón.
—¿Qué ocurre?
—Eleanor ha desaparecido —dijo Adrian.
La sorpresa de Sabrina pareció genuina.
—Eso es imposible.
Maya observó sus manos. No temblaban.
—¿Dónde estabas hace veinte minutos?
—En mi habitación.
—¿Sola?
—No tengo que responderte.
—Respóndeme a mí —ordenó Adrian.
Sabrina lo miró, herida.
—Hablaba por teléfono con mi organizadora de bodas. Puedes revisar el registro.
Un guardia llamó desde el sótano. Habían encontrado marcas recientes de ruedas frente a una puerta de acero que conducía a los antiguos túneles de servicio de la mansión.
—Esos túneles fueron clausurados hace décadas —dijo Adrian.
—No todos —respondió una voz detrás de ellos.
Samuel Price, el mayordomo de ochenta años, se acercó apoyándose en un bastón. Había trabajado para los Blackwood desde antes del nacimiento de Adrian.
—La entrada de la bodega todavía conecta con el invernadero abandonado —explicó—. La señora Eleanor pidió que nunca la sellaran por completo.
—¿Por qué? —preguntó Maya.
Samuel la miró.
—Porque su hija Claire solía escapar por allí.
Adrian endureció el rostro.
—Mi madre murió hace veintidós años. Esto no tiene relación con ella.
Samuel bajó la mirada.
—En esta casa, señor, todo tiene relación con ella.
Cole abrió la puerta con una llave maestra. Un olor a tierra húmeda salió del túnel. Adrian tomó una linterna y avanzó primero. Maya lo siguió, a pesar de que Cole intentó detenerla.
—Si Eleanor está allí, necesitará atención médica.
El pasadizo descendía bajo la mansión. Encontraron huellas de ruedas y una mancha de sangre en la pared. A mitad del camino, las marcas se dividían. Una dirección conducía al invernadero; la otra, hacia una vieja sala de calderas.
Maya se agachó.
—Las ruedas giraron hacia la izquierda, pero alguien arrastró algo hacia la derecha.
—Quieren que sigamos el rastro equivocado —dijo Adrian.
Eligieron la sala de calderas.
Al llegar, escucharon un golpe débil detrás de una puerta cerrada. Adrian la embistió una vez. La segunda vez, la cerradura cedió.
Eleanor estaba dentro, atada a la silla de ruedas con una cinta de tela. Su cabeza colgaba hacia un lado.
—¡Abuela!
Maya corrió y comprobó su pulso.
—Está viva, pero le dieron algo.
Junto a la silla había una jeringa vacía.
Adrian miró a Cole.
—Quiero que nadie toque esto hasta que llegue la policía.
—La policía generará un escándalo —dijo Cole—. La boda, la junta de accionistas...
—Al diablo con la boda.
Sabrina, que había seguido al grupo, se quedó pálida.
—¿Estás cancelándola?
Adrian ni siquiera la miró.
—Mi abuela fue secuestrada dentro de su propia casa.
—Y Maya era la única persona que sabía que la habitación quedaría sin vigilancia mientras iba al laboratorio —replicó Sabrina.
—También tú conocías la casa —dijo Maya.
—No conozco estos túneles.
Samuel apareció en la entrada.
—Eso no es cierto.
Todos se volvieron.
—La vi aquí hace tres semanas —continuó el mayordomo—. La señorita Vale salió del túnel cerca de medianoche.
Sabrina abrió la boca, pero no encontró respuesta.
—¿Qué hacías aquí? —preguntó Adrian.
—Buscaba una botella de vino. Me perdí.
—En un túnel oculto.
—Alguien dejó la puerta abierta.
Adrian la observó durante varios segundos.
—Cole, llévala a su habitación y coloca un guardia afuera.
—No puedes encerrarme.
—Puedo proteger una escena criminal.
Sabrina dio un paso hacia él.
—Si haces esto, nuestra relación termina.
—Tal vez terminó cuando levantaste ese jarrón.
Ella lo abofeteó.
El sonido resonó en la sala de calderas.
Adrian no reaccionó. Sabrina respiró con furia, luego se dio la vuelta y salió acompañada por Cole.
Maya examinó la jeringa. Había una pequeña etiqueta con las iniciales N.B.
—Nathan Bennett —dijo.
Adrian llamó al médico. No respondió.
La policía encontró su automóvil abandonado cerca del río una hora después. Había sangre en el asiento del conductor, pero ningún cuerpo.
Mientras los paramédicos trasladaban a Eleanor, Maya recordó el cilindro metálico. Se lo mostró a Samuel.
—Ella indicó que estaba relacionado con una caja y con la palabra “Leo”. ¿Sabe qué significa?
El anciano lo reconoció de inmediato.
—No dijo “Leo”. Intentaba decir “León”.
—¿Un animal?
—El emblema de la familia Blackwood. Hay una caja fuerte con un león grabado en el despacho privado de Eleanor.
Adrian palideció.
—Esa caja no se ha abierto desde la muerte de mi madre.
Subieron al despacho. Detrás de un retrato había una caja fuerte antigua con la cabeza de un león tallada en la puerta. El cilindro encajó en una ranura lateral.
El mecanismo se abrió con un chasquido.
Dentro había carpetas, una cinta de audio, una llave de depósito bancario y una fotografía amarillenta.
Adrian tomó la fotografía.
Mostraba a su madre, Claire Blackwood, de pie junto a un hombre joven que Maya reconoció de inmediato.
Era Grant Hale, el actual director financiero de la compañía y mejor amigo del padre de Adrian.
En el reverso, Claire había escrito una frase:
“Si me ocurre algo, Grant fue quien descubrió la verdad. Confía en él.”
Adrian cerró los ojos, aliviado.
—Grant puede ayudarnos.
Samuel tomó la fotografía y la observó con atención.
—No, señor —dijo con voz quebrada—. Su madre nunca escribía la letra G de esa manera.
—¿Qué quiere decir?
—Esta nota es falsa.
En ese instante, el teléfono de Adrian sonó.
Grant Hale hablaba desde el otro lado.
—Adrian, acabo de enterarme de lo ocurrido. No confíes en nadie. Voy hacia la mansión.
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Samuel miró la fotografía falsa.
—Entonces ya sabe que abrimos la caja.