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EL JARRÓN SOBRE SU CABEZA / Chapter 10 / 15

Chapter 10 - La boda de los enemigos

Grant no canceló la ceremonia. Eso habría levantado demasiadas sospechas. En lugar de enfrentar públicamente a Sabrina, la encerró en el antiguo vestidor de Claire y colocó a dos guardias en la puerta.

—A las siete caminarás hacia el altar —dijo—. Sonreirás, firmarás como testigo y después desaparecerás durante la luna de miel.

—¿Desapareceré de qué manera?

Grant ajustó uno de sus gemelos plateados con forma de lobo.

—Eso dependerá de lo obediente que seas.

—Adrian preguntará por mí.

—Adrian estará demasiado ocupado descubriendo que su nueva esposa robó millones y huyó con otro hombre.

Sabrina soltó una risa amarga.

—Siempre fue su plan. Convertirme en la villana perfecta.

—Tú hiciste la mayor parte del trabajo.

Grant salió. Sabrina buscó una salida, pero las ventanas estaban selladas. Sobre el tocador encontró un antiguo teléfono interno. Marcó la cocina.

—Servicio de banquetes —respondió una voz.

—Necesito hablar con Maya Reyes.

Hubo silencio.

—Aquí no trabaja nadie con ese nombre.

—Dígale a la camarera nueva que la novia necesita hielo para una quemadura.

Diez minutos después, Maya entró empujando un carrito cubierto con manteles. Llevaba una peluca oscura y una mascarilla.

—¿Cómo llegaste?

—Samuel todavía conoce puertas que Grant ignora.

Maya abrió el compartimento inferior del carrito.

—Escóndete.

—Con este vestido no cabré.

—Entonces tendremos que arruinarlo.

Cortaron varias capas de la falda y Sabrina se introdujo en el carrito. Maya dejó en la habitación un maniquí cubierto con el velo, visible desde la puerta.

—¿Adónde vamos? —susurró Sabrina.

—Al salón de baile. Necesitamos recuperar el segundo video antes de que Grant revise el jarrón.

La mansión estaba llena de invitados. Senadores, empresarios y celebridades bebían champaña bajo cientos de velas. Adrian permanecía junto al altar, interpretando el papel de heredero arrepentido.

Grant se acercó.

—¿Estás nervioso?

—La mayoría de los hombres lo están antes de entregar su vida a una mujer.

—No entregas tu vida. La reorganizas.

—¿Eso hiciste con la de mi madre?

Grant lo miró.

—Claire estaba enferma.

—¿Antes o después de que cortaran sus frenos?

La sonrisa desapareció.

—Ten cuidado. Hacer preguntas en el momento equivocado puede destruir todo lo que intentas proteger.

—Eso suena como algo que un padre diría.

Grant relajó el rostro.

—Después de la ceremonia hablaremos de nuestro futuro.

En el salón de baile, Maya localizó el segundo jarrón sobre una repisa. Dos guardias vigilaban la zona. Samuel provocó una discusión cerca de la entrada al acusar a un invitado de haber robado una cuchara de plata.

—¡He servido a esta familia desde antes de que usted aprendiera a atarse los zapatos! —gritó con teatralidad.

Los guardias se distrajeron. Maya abrió el carrito y Sabrina salió.

—Sujétalo —dijo Maya.

Levantaron el jarrón. En la base había una placa metálica, pero no pudieron abrirla con el cilindro.

—Falta otra llave —dijo Sabrina.

—Eleanor solo mencionó el cilindro.

Sabrina examinó los dibujos tallados.

—No es una cerradura. Es un mecanismo de presión.

Recordó la posición del primer jarrón antes de romperlo. Presionó dos hojas y giró la cabeza de un león. La base se abrió. Dentro había una memoria, documentos y un pequeño grabador.

Una voz sonó detrás de ellas.

—Sabía que no podía confiar en ti.

Grant estaba en la puerta.

Los guardias entraron. Maya escondió la memoria en su manga, pero Grant la reconoció.

—La enfermera desleal —dijo—. Adrian quedará devastado cuando descubra que regresaste para robar.

—La policía escuchó su conversación con Sabrina —respondió Maya.

—Solo escucharon fragmentos. Mi equipo legal los convertirá en una discusión sacada de contexto.

Grant tomó los documentos.

—Entrégame la memoria.

—No la tengo.

—Regístrenla.

Antes de que los guardias se acercaran, Adrian apareció.

—Déjenla.

Grant sonrió.

—Llegas justo a tiempo. Maya y Sabrina intentaban robar pruebas privadas de la familia.

Adrian miró a Maya con una dureza perfecta.

—Te dije que no volvieras.

Por un segundo, incluso ella dudó de si seguía actuando.

—Adrian, Grant envenenó a Eleanor y mantuvo cautiva a Claire.

—Mi madre está muerta.

—No —dijo Sabrina—. Está viva.

Grant entregó a Adrian una carpeta.

—Estas mujeres están desesperadas. Firma los documentos y terminemos con esto antes de que los invitados sospechen.

Adrian tomó la pluma.

—¿Qué estoy firmando?

—La activación del fideicomiso y la autorización temporal.

—¿También la cesión de mis votos durante diez años?

Grant se quedó inmóvil.

—¿Quién te dijo eso?

Adrian dejó caer la pluma.

—Tú, cuando pensabas que nadie te escuchaba.

Las puertas del salón se abrieron. Agentes federales entraron entre los invitados. Detrás de ellos apareció Claire Blackwood, apoyada en el brazo de Eleanor.

Los murmullos se transformaron en gritos.

Grant retrocedió.

—Esto es una farsa.

Claire señaló sus gemelos.

—El lobo. Lo recuerdo.

—Estás confundida.

—No. David te devolvió esos gemelos la noche en que descubrió que habías utilizado su firma para ordenar la reparación falsa de mis frenos.

Adrian miró a su madre.

—¿Mi padre intentó protegerte?

—Sí. Grant dejó los gemelos junto al coche para que yo sospechara de David si sobrevivía.

Grant agarró a Eleanor por el cuello y sacó una pequeña pistola de su chaqueta.

—Todos atrás.

Los agentes levantaron sus armas.

Eleanor no gritó. Miró a Grant con desprecio.

—Dame la memoria —ordenó él a Maya—. O terminaré lo que Bennett no pudo.

Maya extendió lentamente la mano.

Sabrina vio el jarrón abierto sobre la mesa. Dentro quedaba el grabador original.

Mientras todos miraban a Maya, ella tomó el jarrón y lo levantó por encima de su cabeza.

La misma imagen de la noche anterior se repitió, pero esta vez su objetivo no era Eleanor.

—¡Sabrina, no! —gritó Adrian.

Ella arrojó el jarrón contra el suelo.

El cristal estalló. El grabador salió despedido y comenzó a reproducir una voz por los altavoces conectados al sistema de música.

Era Grant Hale.

“Claire debe desaparecer. Daniel cargará con el fraude. Eleanor aceptará cuando le recuerde lo fácil que sería perder también al niño.”

Todo el salón escuchó la confesión.

Grant palideció.

Eleanor reunió aire en los pulmones. Después de meses sin poder hablar, pronunció una palabra áspera, pero clara:

—Asesino.

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Grant apretó el arma contra su cuello.

—Todavía no han ganado.

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