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Crímenes tras el muro / Chapter 7 / 20

Capítulo 7: Destrozando los Muros

Habían pasado tres semanas desde aquella noche de pesadilla. La mansión Sterling, que alguna vez fue una fortaleza silenciosa y opresiva, ahora resonaba con el estruendo constante de taladros, martillos y las voces de los equipos de construcción.

Arthur había cumplido su palabra con una rapidez feroz. No solo ordenó derribar la pared donde Ethan había estado atrapado, sino que exigió a los arquitectos rediseñar toda el ala este del segundo piso. Los pasillos estrechos, los pesados paneles de roble oscuro y los rincones lúgubres fueron completamente demolidos. En su lugar, Arthur ordenó instalar inmensos ventanales de cristal que iban del suelo al techo, permitiendo que la luz del sol inundara cada espacio y ofreciendo una vista despejada de los jardines de rosas. No quedaría ni un solo espacio cerrado y oscuro que pudiera convertirse en el escenario de una nueva pesadilla.

Arthur había trasladado todas las operaciones ejecutivas de su corporación a la mansión. Convirtió una habitación luminosa, justo al lado del dormitorio de Ethan, en su oficina temporal. Para él, en este momento, cerrar contratos multimillonarios no importaba ni la mitad que escuchar los pequeños pasos de su hijo por el pasillo.

Sin embargo, sanar un alma fracturada requería mucho más tiempo que reconstruir una casa.

Ethan había ganado un poco de peso gracias a una dieta médica estricta, pero el fantasma del trauma seguía aferrado a él con garras de hierro. El niño había desarrollado una claustrofobia y un miedo a la oscuridad paralizantes. Si una puerta se cerraba con demasiada fuerza, o si las luces parpadeaban, Ethan caía instantáneamente en un estado de pánico ciego, encogiéndose en el rincón más cercano mientras sollozaba incontrolablemente.

Una tarde de finales de verano, una tormenta eléctrica azotó repentinamente la ciudad. Los truenos hicieron vibrar los cimientos de la mansión y, de pronto, un rayo impactó en un transformador cercano. Toda la propiedad se sumió en una oscuridad absoluta.

—¡No! ¡Sáquenme de aquí! ¡No me encierren!

El grito desgarrador de Ethan resonó desde su dormitorio.

Arthur derribó su silla de oficina al levantarse de un salto y corrió por el pasillo como un rayo. Al entrar a oscuras, se golpeó fuertemente la rodilla contra el marco de la puerta, pero ignoró el dolor por completo. Cuando llegó junto a la cama, Emma ya estaba allí. La joven, que ahora era la protectora inseparable del niño, sostenía a Ethan, quien temblaba violentamente. La pequeña linterna del teléfono celular de Emma proyectaba un círculo de luz tenue, pero insuficiente para calmar el terror del niño.

—¡Ethan, todo está bien, solo es un apagón! ¡Emma está aquí! —decía ella, acariciando el cabello empapado de sudor del niño.

Arthur se dejó caer de rodillas junto a la cama. —Ethan, soy papá. Estoy aquí.

Ethan se soltó de Emma y se arrojó contra el pecho de Arthur, aferrándose a su camisa con una fuerza desesperada. Su respiración era rápida y superficial. —Papá, está muy oscuro... no puedo respirar... las paredes se están cerrando... me van a aplastar...

—No hay ninguna pared, hijo —dijo Arthur, con una voz profunda, cálida y firme, envolviendo el pequeño cuerpo tembloroso con sus grandes brazos—. Emma, por favor, abre las cortinas de par en par.

Emma obedeció de inmediato. Aunque el cielo exterior estaba teñido de un gris tormentoso, los relámpagos esporádicos y la escasa luz del atardecer fueron suficientes para revelar las dimensiones de la habitación.

Arthur se puso de pie, levantando a Ethan en brazos. —Mira, Ethan. Abre los ojos y mírame.

El niño abrió lentamente los ojos, llenos de lágrimas.

—¿Ves? La habitación es inmensa. Las ventanas están abiertas. Puedes sentir el aire —Arthur caminó lentamente por el cuarto, permitiendo que Ethan sintiera el espacio abierto a su alrededor—. La oscuridad no puede hacerte daño mientras yo esté aquí. Yo siempre seré tu luz.

Para ayudar a distraer al niño, Emma actuó con rapidez. Sacó de un cajón un paquete de estrellas fosforescentes que había comprado días atrás y comenzó a pegarlas rápidamente en la pared y el techo sobre la cama. Cuando pasó la luz de la linterna sobre ellas, las pequeñas estrellas comenzaron a brillar con un suave resplandor verde.

—Mira, Ethan —sonrió Emma, señalando el techo—. Ahora tenemos nuestra propia galaxia en la habitación. Y las galaxias son infinitas, no hay muros que puedan encerrarlas.

Ethan miró las estrellas brillantes. Poco a poco, el ritmo frenético de su corazón comenzó a disminuir. Apoyó su mejilla cansada en el hombro de Arthur, exhausto pero mucho más tranquilo. —¿No dejarás que apaguen mi luz, papá?

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—Te lo juro por mi vida —murmuró Arthur, besando la coronilla de su hijo.

La paciencia infinita, el amor incondicional de Arthur y la ternura inquebrantable de Emma estaban, día a día, uniendo las piezas rotas del espíritu de Ethan. El camino por recorrer aún era largo y empinado, pero Arthur sabía que nunca más soltaría su mano.

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