Capítulo 6: El Frío de la Justicia

A quince kilómetros de la cálida y protectora suite de la mansión Sterling, el ambiente era drásticamente diferente. El Centro de Detención de Manhattan era un monumento a la crudeza, un bloque de concreto gris donde el aire olía perpetuamente a amoníaco, sudor rancio y desesperación.
Victoria Sterling estaba sentada en un banco de acero inoxidable dentro de una celda de retención temporal. El deslumbrante vestido de noche color rojo vino le había sido arrebatado, reemplazado por un rígido y humillante mono naranja propiedad del Departamento de Correccionales. Su cabello rubio, antes perfectamente peinado, caía en mechones grasientos y enredados sobre su rostro pálido y sin maquillaje. Estaba temblando, no solo por el frío aire acondicionado de la prisión, sino por el terror absoluto que la consumía por dentro.
El sonido metálico de los pesados cerrojos resonó en el pasillo. Un oficial de policía se acercó a los barrotes.
—Su abogado está aquí —anunció el oficial con voz monótona, abriendo la pesada puerta de hierro.
Victoria se levantó de un salto, sus ojos brillando con una chispa de esperanza desesperada. Fue escoltada hasta una pequeña sala de interrogatorios sin ventanas, iluminada por una parpadeante luz fluorescente. Sentado al otro lado de una mesa de metal llena de cicatrices estaba un hombre de mediana edad, vestido con un traje que había visto días mejores y una corbata aflojada.
Victoria se detuvo en seco. —¿Quién es usted? ¿Dónde está mi abogado de confianza? ¿Dónde está Richard Vance?
El hombre la miró con absoluta apatía y abrió una raída carpeta de cartón.
—Richard Vance y todo su bufete han presentado una moción para retirarse de su caso hace exactamente dos horas, señora Sterling —dijo el hombre, sin rastro de simpatía en su voz—. Mi nombre es Thomas Miller. Soy su defensor público asignado por el tribunal.
Victoria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se dejó caer en la silla metálica, aferrándose al borde de la mesa. —Eso es imposible. Tengo dinero. Soy la esposa de Arthur Sterling. ¡Exijo un abogado privado!
Miller dejó escapar una risa corta y carente de humor. —No, no tiene dinero. Arthur Sterling ha congelado absolutamente todas las cuentas conjuntas, ha bloqueado el acceso a sus tarjetas de crédito y ha presentado una demanda civil masiva que congela sus bienes personales. Además, ha iniciado los trámites de divorcio con causa. Usted no tiene ni un centavo a su nombre.
Victoria se llevó las manos a la cabeza, tirando de su propio cabello en un gesto de pura histeria. —Arthur no puede hacer esto... ¡Es un malentendido! ¡Tiene que conseguirme la libertad bajo fianza, Thomas! ¡Sáqueme de este infierno!
El defensor público juntó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. —Señora Sterling, creo que no comprende la gravedad de su situación. No habrá fianza. El Fiscal de Distrito, impulsado por el equipo legal privado de su marido, ha presentado los cargos hace una hora.
Miller empezó a leer de la hoja de papel frente a él. —Intento de homicidio en primer grado, secuestro agravado, abuso infantil sistemático, peligro para el bienestar de un menor y fraude financiero a gran escala. Tienen el rastro del dinero que usted desvió a las Islas Caimán. Tienen el testimonio de la doncella. Tienen las fotografías médicas del niño, mostrando un grado severo de desnutrición y trauma. Y tienen a su esposo, un hombre con recursos ilimitados, testificando en su contra.
Victoria lo miró, paralizada, con la boca abierta. Las palabras "intento de homicidio" resonaron en su mente como una sentencia de muerte.
—El juez encargado de la lectura de cargos ha denegado la fianza, considerándola un riesgo de fuga extremo —continuó Miller, cerrando la carpeta—. Se enfrentará a una condena mínima de cuarenta años en una prisión de máxima seguridad, si tiene suerte. Arthur Sterling no solo quiere encerrarla, Victoria. Quiere borrarla de la faz de la tierra.
Mientras Victoria sufría el colapso definitivo de su mundo de mentiras, Arthur Sterling se encontraba en su estudio en la mansión, el mismo lugar donde la noche anterior había acorralado a su esposa.
La habitación estaba llena de hombres de traje impecable: sus asesores financieros, su equipo legal corporativo y su jefe de seguridad, Marcus. Sobre el enorme escritorio de roble había decenas de carpetas y documentos. El ambiente era el de una sala de guerra, y Arthur era el general indiscutible.
Ya se había duchado y cambiado de ropa. Llevaba una camisa gris oscura, sin corbata. Su rostro estaba tenso, marcado por las ojeras de la falta de sueño, pero sus ojos brillaban con una determinación gélida y letal.
—Quiero que destruyan cualquier imagen pública que ella tenga —ordenó Arthur a su equipo de relaciones públicas, su voz fría y cortante como un témpano de hielo—. Filtren los documentos financieros a la prensa. Que el mundo sepa que no era una aristócrata, sino una estafadora ahogada en deudas. No quiero que haya un solo jurado en este país que sienta una onza de piedad por ella.
Uno de sus abogados más veteranos asintió. —El caso es sólido, Arthur. La evidencia es abrumadora. La encerraremos para siempre. ¿Qué hay de la pared del pasillo? La policía ya ha terminado de recolectar las pruebas.
Arthur miró hacia la puerta del estudio, recordando el agujero oscuro y lúgubre que había sido la prisión de su hijo.
—Marcus —llamó Arthur.
—¿Sí, señor? —respondió el jefe de seguridad.
—Contacta a los contratistas hoy mismo. Quiero que demuelan ese pasillo por completo. Tiren abajo cada maldito muro de ese piso si es necesario. Reconstruyan el ala entera con espacios abiertos, cristal y luz. Que no quede ni un solo rincón oscuro en esta casa donde alguien pueda esconderse.
—Entendido, señor Sterling. Me encargo de inmediato.
Arthur despidió al equipo con un gesto de la mano. Necesitaba volver con Ethan. La guerra legal estaba ganada antes de empezar, pero la verdadera batalla, la de reconstruir el alma destrozada de su hijo, apenas comenzaba.
Salió del estudio y subió las escaleras hacia la suite principal. Al abrir la puerta, encontró una escena que, por primera vez en veinticuatro horas, le trajo una brizna de verdadera paz.
Ethan estaba sentado en la cama, apoyado contra una montaña de almohadas suaves. Emma estaba sentada a su lado, sosteniendo un libro de cuentos ilustrado. El niño aún lucía débil y frágil, pero la sombra de terror extremo había desaparecido de sus ojos. Cuando vio entrar a su padre, Ethan levantó una mano temblorosa.
—Papá —susurró el niño.
Arthur se acercó rápidamente, sentándose en el borde de la cama y tomando la pequeña mano entre las suyas. —¿Cómo te sientes, campeón?
Ethan lo miró, sus grandes ojos reflejando una mezcla de inocencia y un dolor demasiado viejo para su edad.
—Papá... ¿ella va a volver alguna vez? —preguntó el niño, su voz apenas un hilo de aire, temiendo que la mujer del vestido rojo apareciera de nuevo por la puerta.
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Arthur apretó la mano de su hijo, acercándose para besarle la frente.
—No, Ethan. Te lo prometo —respondió Arthur, y su voz no dejó espacio para la más mínima duda—. Los monstruos no escapan de las jaulas que yo construyo. Estás a salvo. Ahora solo somos tú y yo. Y vamos a estar bien.