histoire parallèle 2 : La melodía detrás del muro

Daniel se negó a hablar nuevamente sobre Sofía.
Después de su confesión en el pasillo, volvió a encerrarse en un silencio absoluto. Durante las sesiones con Emma, dibujaba la casa, la ventana azul y la figura de su hermana.
Pero ahora había añadido algo nuevo.
Un piano.
Las teclas estaban pintadas en el piso inferior, directamente debajo de la habitación donde Sofía aparecía encerrada.
Emma informó a Rebecca sobre las palabras del muchacho. La trabajadora social revisó los informes policiales, pero no encontró ninguna referencia a que Daniel hubiera escuchado a su hermana después del incendio.
—Es posible que se trate de un recuerdo distorsionado —explicó Rebecca—. Los niños que atraviesan una experiencia traumática pueden mezclar acontecimientos, sueños y sentimientos de culpa.
—También es posible que esté intentando decirnos algo real —respondió Emma.
—La policía registró las ruinas.
—Pero nunca encontraron el cuerpo de Sofía.
Rebecca suspiró.
—La temperatura alcanzó niveles extremos. Según los investigadores, la ausencia de restos identificables no era imposible.
Emma sabía que aquella explicación tenía sentido.
Sin embargo, también recordaba el día en que todos habían creído que Ethan había escapado. Los adultos habían aceptado la versión más conveniente porque resultaba más fácil que buscar otra respuesta.
Daniel continuaba asistiendo al Centro Clara tres veces por semana.
Ethan comenzó a tocar el piano durante sus sesiones, permaneciendo en una sala contigua con la puerta abierta. No presionaba al niño ni intentaba iniciar una conversación. Simplemente interpretaba melodías suaves mientras Daniel dibujaba.
Durante días, no ocurrió nada.
Hasta que Ethan comenzó a tocar una antigua canción infantil.
Daniel dejó caer el lápiz.
—Para —ordenó.
Ethan levantó las manos de las teclas.
—¿No te gusta?
—¿Dónde la aprendiste?
—Mi madre me la cantaba.
Daniel se levantó lentamente y se acercó al piano.
—Sofía también la tocaba.
Ethan hizo espacio en el banquillo.
Daniel no se sentó.
—La tocaba cuando yo tenía miedo a las tormentas. Mi habitación estaba al otro lado del pasillo. Ella dejaba la puerta abierta para que pudiera escucharla.
—Debía de ser una buena hermana.
—Era la mejor.
El muchacho apoyó un dedo sobre una tecla blanca.
—La noche del incendio, me despertó el humo. Sofía entró en mi habitación y me llevó hacia las escaleras. Pero había fuego abajo. Entonces apareció el tío Charles.
Emma, que observaba desde la puerta, contuvo la respiración.
—¿Qué hizo tu tío? —preguntó Ethan.
Daniel miró hacia el pasillo, asegurándose de que nadie más se acercara.
—Dijo que conocía otra salida. Nos llevó al despacho de papá. Había una puerta secreta detrás de una estantería.
Emma recordó inmediatamente el antiguo pasadizo de la mansión Sterling.
—¿Adónde conducía? —preguntó.
—A un túnel de servicio. Papá decía que era muy antiguo. Yo salí primero con el tío Charles. Sofía venía detrás.
Daniel comenzó a temblar.
—Pero una parte del techo cayó. Sofía quedó al otro lado. Yo gritaba que teníamos que regresar, pero mi tío me sujetó y me sacó al jardín.
—¿Sofía seguía viva?
Daniel asintió.
—La escuché gritar mi nombre.
—¿Por qué no se lo dijiste a los bomberos?
—Lo hice. Pero el tío Charles dijo que estaba confundido porque había respirado demasiado humo.
Las lágrimas aparecieron en los ojos del muchacho.
—Tres semanas después, cuando vivía en su casa, escuché la canción.
—¿Qué canción?
Daniel presionó otra tecla.
—Esta.
Ethan volvió a tocar la melodía infantil.
—¿Dónde la escuchaste?
—En el teléfono de mi tío. Era una grabación. La voz de Sofía decía: “Daniel, estoy viva. No confíes en él”.
Emma sintió que un frío profundo le recorría la espalda.
—¿Viste el teléfono?
—Sí. Estaba sobre su escritorio. Cuando entró y me descubrió escuchando, se enfadó. Me dijo que era una grabación vieja. Después la borró.
—¿Te hizo daño?
Daniel bajó la mirada.
—Me encerró en un armario hasta la mañana siguiente.
Ethan se levantó del piano. Su rostro había cambiado.
Por un instante ya no parecía un adolescente tranquilo. En sus ojos apareció la misma furia que Arthur había mostrado cinco años atrás al descubrirlo detrás de la pared.
—Emma, tenemos que encontrarla.
—Lo haremos —respondió ella—, pero debemos hacerlo correctamente.
Aquella tarde, Emma llamó a Arthur.
Él llegó al centro menos de una hora después, acompañado por su abogado y un antiguo investigador federal llamado Marcus Reed.
Daniel relató nuevamente lo ocurrido, esta vez con Ethan sentado a su lado.
Marcus escuchó sin interrumpir.
—Necesitamos revisar el patrimonio de la familia Mercer —dijo finalmente—. En casos como este, el dinero suele explicar lo que las personas intentan ocultar.
La investigación reveló rápidamente un detalle inquietante.
Michael Mercer había establecido un fondo fiduciario para sus dos hijos. Sofía recibiría el control mayoritario de las empresas familiares al cumplir dieciocho años. En caso de que muriera antes de alcanzar esa edad, Daniel heredaría la totalidad.
Mientras Daniel fuera menor de edad, el administrador temporal de su fortuna sería su tutor legal.
Charles Mercer.
—El incendio ocurrió cuatro años antes del cumpleaños número dieciocho de Sofía —observó Arthur.
—Y mientras Daniel permaneciera bajo su custodia, Charles controlaría todo el patrimonio —añadió Marcus.
—Pero le retiraron la tutela —dijo Emma.
—Por eso quizá esté intentando recuperarla.
Marcus investigó movimientos financieros, propiedades y compañías relacionadas con Charles. Descubrió pagos mensuales realizados a una institución privada ubicada al norte del estado.
El lugar se llamaba Residencia Green Valley.
Oficialmente, atendía a pacientes con lesiones neurológicas graves que necesitaban aislamiento y cuidados permanentes.
Uno de los pagos estaba registrado bajo el nombre de una paciente:
Sarah Miller, quince años.
No existía certificado de nacimiento, historial escolar ni información familiar relacionada con Sarah Miller.
Solo una fecha de ingreso.
Tres días después del incendio en la residencia Mercer.
Emma miró a Arthur.
—Es ella.
—Todavía no podemos asegurarlo —respondió Marcus—. Necesitamos una orden judicial.
Arthur tomó su abrigo.
—Consíguela.
—Podría tardar varios días.
Arthur lo miró con una calma peligrosa.
—Entonces haz que tarde horas.
Esa noche, Daniel durmió en una habitación del Centro Clara bajo supervisión.
Antes de acostarse, encontró a Ethan sentado frente al piano.
—¿Crees que sigue viva? —preguntó.
Ethan no quiso darle una falsa promesa.
—Creo que tu hermana luchó para enviarte ese mensaje. Eso significa que quería que alguien la encontrara.
Daniel se sentó a su lado.
—¿Y si llegamos demasiado tarde?
Ethan colocó los dedos sobre las teclas.
—Entonces tendremos que tocar lo suficientemente fuerte para que sepa que nunca dejamos de buscarla.
Juntos comenzaron a interpretar la antigua melodía.
A cien kilómetros de allí, en una habitación con barrotes discretamente ocultos tras cortinas azules, una muchacha de cabello oscuro abrió los ojos.
Había escuchado aquella canción tantas veces en su memoria que ya no sabía si procedía del mundo exterior o de sus propios sueños.
Se acercó lentamente a la ventana.
Apoyó la mano contra el cristal.
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Y susurró un único nombre:
—Daniel.