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Crímenes tras el muro / Chapter 10 / 20

Capítulo 10: Ecos en la Oscuridad

Las puertas de acero sólido del Centro Correccional de Bedford Hills se cerraron con un estruendo metálico que resonó en el cráneo de Victoria. El sonido era definitivo. Final.

Fue despojada de su ropa civil, obligada a ducharse bajo un chorro de agua helada y desinfectante frente a las miradas apáticas de las guardias, y vestida con un uniforme verde áspero que le rozaba la piel. Cuando la escoltaron a su celda en el Bloque C —el sector destinado a las criminales más odiadas, aquellas que habían dañado a niños— el ambiente era hostil. Las reclusas golpeaban los barrotes y le escupían insultos mientras caminaba por el pasillo.

Al entrar en su celda de dos por tres metros, Victoria se dejó caer sobre el delgado colchón de la litera. No había sábanas de seda egipcia, ni luz ambiental, ni silencio. Solo el olor a cloro barato y desesperación. Se abrazó las rodillas, comprendiendo por fin que su belleza y sus trucos de manipulación no le servirían de nada allí. Iba a morir entre esos muros grises, exactamente como había planeado que muriera Ethan.

Mientras tanto, en la mansión Sterling, la primavera comenzaba a asomar. Arthur había invertido millones en reformar el interior de la casa. Los muros de roble oscuro del ala este habían sido demolidos por completo, reemplazados por inmensas paredes de cristal que dejaban entrar la luz del sol desde el amanecer hasta el ocaso. La mansión ya no parecía un museo gótico, sino un santuario de luz.

Sin embargo, Arthur estaba aprendiendo una lección dolorosa: puedes demoler las paredes de una casa, pero derribar los muros en la mente de un niño traumatizado es una guerra muy diferente.

Ethan estaba físicamente recuperado. Sus mejillas habían vuelto a llenarse, su cabello volvía a brillar y tenía la energía propia de un niño de su edad. Pero su mente seguía siendo un campo de minas.

Una tarde, Ethan estaba jugando en el nuevo salón acristalado con Emma. Estaban construyendo un enorme castillo de bloques magnéticos. Todo era risas y tranquilidad, hasta que el perro de la familia, un joven Golden Retriever que Arthur había adoptado recientemente, entró corriendo al salón y tropezó con la estructura.

El castillo se derrumbó con un fuerte estrépito. Varias piezas salieron volando y cayeron debajo de un pesado sofá de cuero, en el único rincón donde la luz del sol no lograba penetrar por completo, creando una sombra densa.

—Yo las recojo, pequeño —dijo Emma, poniéndose de pie.

—¡No, yo voy! —respondió Ethan, corriendo hacia el sofá.

Pero al agacharse e intentar meter la mano en el espacio oscuro y estrecho debajo del mueble, algo hizo clic en su cerebro. El olor a polvo debajo del sofá, la falta de luz, la estrechez del espacio... de repente, el salón acristalado desapareció.

Ethan soltó un grito ensordecedor. Retiró la mano como si el sofá estuviera en llamas y retrocedió tropezando hasta chocar contra la pared de cristal. Comenzó a hiperventilar, llevándose las manos a la cabeza, arañándose el rostro.

—¡No puedo salir! ¡No puedo salir! —gritaba el niño, atrapado en un flashback, sus ojos desorbitados mirando el rincón oscuro como si fuera la boca de un monstruo.

Arthur, que estaba leyendo unos documentos en la habitación contigua, entró corriendo, con el corazón latiendo a mil por hora. Vio a Emma tratando de calmar al niño sin éxito.

—¡Ethan! —Arthur se arrojó al suelo, envolviendo a su hijo en un abrazo firme, inmovilizando sus manos para que no se lastimara—. ¡Estás en casa! ¡Mírame! ¡Mira la luz!

Tardaron casi media hora en calmar al niño. Cuando finalmente se quedó dormido por puro agotamiento en los brazos de su padre, Arthur lo llevó a su cama. Se quedó mirándolo, con el alma destrozada. La condena de Victoria no había curado la herida. Arthur necesitaba ayuda profesional, los mejores psiquiatras infantiles del mundo.

Dejó a Emma cuidando de Ethan y bajó a su despacho. Sirvió un trago de whisky, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros. Justo cuando se llevaba el vaso a los labios, el teléfono fijo de su escritorio, una línea privada y confidencial, comenzó a sonar.

Arthur frunció el ceño. Casi nadie tenía ese número. Levantó el auricular.

—¿Sí? —respondió con voz cansada.

Al otro lado de la línea, se escuchó una respiración áspera, seguida de una voz masculina, grave y con un marcado acento italiano.

—¿Señor Arthur Sterling? —preguntó la voz.

—Él habla. ¿Quién es usted y cómo consiguió este número? —exigió Arthur, su tono endureciéndose de inmediato.

—Mi nombre es Rocco —dijo el hombre, pronunciando el nombre que Arthur había escuchado en el tribunal horas antes—. Su esposa acaba de ser enviada a prisión de por vida, lo cual es una lástima. Verá, señor Sterling, ella me debe diez millones de dólares. Y dado que todas sus cuentas matrimoniales estaban a nombre de ambos antes de que las congelara... considero que ahora esa deuda es suya.

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Arthur apretó el auricular, los nudillos blancos por la fuerza. El pasado de Victoria no estaba muerto; había vuelto para amenazar la paz que tanto le había costado construir.

—Y si se niega a pagar, señor Sterling —continuó Rocco en un susurro letal—, me aseguraré de que la oscuridad que tanto asusta a su hijo... se vuelva permanente.

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