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Capítulo 1 - La pregunta que nadie pudo responder

Durante diecinueve días, toda la ciudad de Blackridge creyó que Clara Whitmore había muerto.

El incendio comenzó poco después de la medianoche en la mansión de los Whitmore, una propiedad de piedra situada a las afueras de Boston. Los bomberos trabajaron hasta el amanecer, pero el ala oriental quedó reducida a una estructura ennegrecida. Encontraron el cuerpo de una mujer que fue identificado como Elena Whitmore, madre de Clara y directora científica de Whitmore Biomedical.

De la niña de once años no encontraron ningún rastro.

La policía dijo que probablemente había quedado atrapada bajo el techo derrumbado. Los investigadores concluyeron que el fuego comenzó por un cortocircuito en el sistema eléctrico. Ethan Whitmore, padre de Clara y director ejecutivo de la empresa familiar, apareció delante de las cámaras con el rostro cubierto de hollín y pidió privacidad.

Su hermana Margaret organizó una ceremonia con flores blancas frente a las puertas de la mansión.

La ciudad lloró a Elena y a Clara.

Después, la niña regresó.

Una ambulancia la llevó al Hospital Saint Joseph a las cuatro de la madrugada. Clara caminaba descalza por una carretera secundaria cuando un conductor la encontró. Tenía el cabello mojado, un vendaje improvisado alrededor del brazo y quemaduras superficiales en la espalda.

No recordaba cómo había llegado hasta allí.

Cuando Ethan recibió la llamada, salió de una reunión del consejo sin ponerse el abrigo. Margaret lo acompañó. Ambos recorrieron el pasillo del hospital mientras médicos y agentes de policía intentaban impedir que se acercaran demasiado rápido.

Clara estaba de pie frente a la habitación 214.

Vestía una bata blanca que le llegaba hasta las rodillas. Su cabello oscuro permanecía pegado a su rostro. Miraba la bandera estadounidense colocada al final del corredor como si no reconociera el edificio.

—¡Clara! —gritó Margaret.

La mujer corrió hacia ella y se arrodilló. Le sujetó los hombros con delicadeza, temiendo hacerle daño.

—Dios mío. Estás viva.

Clara no respondió.

Ethan se detuvo a varios metros.

Durante diecinueve días había imaginado aquel momento. Había soñado que encontraba a su hija entre los árboles, en un refugio o esperando frente a la puerta de casa. En todos sus sueños, Clara corría hacia él.

En el hospital, la niña lo miró con terror.

Ethan levantó las manos.

—Soy yo, cariño.

Clara retrocedió.

—No te acerques.

Margaret volvió la cabeza hacia su hermano.

—Está confundida. Los médicos dijeron que puede haber sufrido un trauma.

Ethan dio otro paso.

—Clara, soy papá.

—Ya lo sé.

La niña extendió un dedo hacia él.

Su voz dejó de temblar.

—Si tú fuiste quien me sacó de la casa, ¿quién era el hombre con tu cara que cerró la puerta de mi habitación y encendió el fuego?

El corredor quedó en silencio.

Un médico dejó de escribir.

La agente situada junto a la puerta acercó la mano a su radio.

Ethan no encontró ninguna respuesta.

La noche del incendio, él había regresado a la mansión después de recibir una llamada de Elena. Encontró humo saliendo por las ventanas y corrió hacia el interior. Los bomberos aseguraron que Margaret y varios miembros del personal tuvieron que sujetarlo para impedir que subiera al segundo piso.

Nunca encontró a Clara.

—Yo no te saqué —dijo finalmente.

La niña frunció el ceño.

—Sí lo hiciste.

—Cuando llegué, la casa ya estaba ardiendo.

—Me llevaste hasta el túnel.

Margaret perdió el color del rostro.

—¿Qué túnel?

Clara la observó.

—El que empieza detrás de la biblioteca.

Ethan conocía cada plano de la mansión. Nunca había oído hablar de ningún túnel.

La detective Maya Torres se acercó. Había dirigido la investigación del incendio y acudió al hospital al enterarse de que Clara estaba viva.

—Necesito que todos permanezcan tranquilos —dijo—. Clara debe ser examinada antes de responder preguntas.

—No estoy confundida —replicó la niña.

Maya se arrodilló frente a ella.

—No he dicho que lo estés. Solo quiero ayudarte a contar lo que recuerdas sin que nadie te presione.

Clara miró a su padre.

—Había dos.

—¿Dos qué? —preguntó Maya.

—Dos papás.

Uno de ellos apareció en su dormitorio antes de que comenzara el fuego. Llevaba el mismo traje gris que Ethan había usado durante la cena. Tenía su rostro, su voz y la pequeña cicatriz sobre la ceja.

Pero olía a productos químicos.

El hombre le dijo que Elena había sufrido un accidente y que Clara debía permanecer encerrada hasta que llegara ayuda. Después cerró la puerta desde fuera.

Minutos más tarde, el humo entró por debajo.

Clara rompió una ventana del baño, salió a una cornisa y llegó hasta una habitación de servicio. Allí encontró a otro Ethan cubierto de hollín.

Ese hombre la condujo hacia una abertura detrás de la biblioteca.

—Me dijo que no confiara en nadie que tuviera su rostro —explicó Clara.

—¿Y después? —preguntó Maya.

La niña se llevó una mano a la cabeza.

—No lo recuerdo.

La doctora intervino y pidió terminar la conversación. Clara había sufrido deshidratación, exposición al humo y posiblemente sedantes. Necesitaba descansar.

Mientras una enfermera la llevaba a la habitación, Ethan permaneció inmóvil.

Maya ordenó que nadie abandonara el hospital.

Margaret caminó hasta una ventana.

—Los niños mezclan recuerdos cuando están traumatizados —dijo.

—Conocía el túnel —respondió Ethan.

—Tal vez Elena se lo enseñó.

—¿Y el hombre con mi rostro?

—Habrá confundido a alguien entre el humo.

Ethan se volvió hacia su hermana.

—Cuando Clara dijo que había dos padres, dejaste de respirar.

Margaret sostuvo su mirada.

—Acabamos de recuperar a una niña que creíamos muerta. No conviertas mi reacción en una confesión.

—¿Confesión de qué?

Margaret no contestó.

Maya pidió revisar las cámaras del hospital. Clara había aparecido caminando junto a una salida de emergencia que se encontraba cerrada desde dentro. Ninguna cámara la registró entrando en el edificio.

Era como si alguien la hubiera dejado en un punto sin vigilancia.

Los médicos encontraron en su sangre restos de midazolam, un sedante utilizado en procedimientos hospitalarios. También descubrieron pequeñas marcas de inyecciones en su brazo.

Clara no había permanecido diecinueve días sola en el bosque.

Alguien la había mantenido sedada.

Ethan entró en la habitación cuando la niña se quedó dormida. Se sentó lejos de la cama y observó su respiración.

Sobre la mesa había una bolsa que contenía la ropa con la que fue encontrada. Entre las prendas apareció un pequeño objeto metálico.

Era un botón de camisa.

Ethan lo reconoció.

Llevaba grabado el emblema de Whitmore Biomedical y las iniciales A.W.

Margaret entró detrás de él y vio el botón.

Esta vez no pudo ocultar el miedo.

—¿Quién es A.W.? —preguntó Ethan.

Su hermana cerró la puerta.

—Prométeme que no gritarás.

—Dime la verdad.

Margaret miró a Clara.

—Cuando naciste, no fuiste el único bebé en la sala.

Ethan sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—No entiendo.

—Nuestra madre dio a luz a dos niños.

—Eso es imposible.

—El segundo nació enfermo. Nuestro padre dijo que murió antes del amanecer.

—¿Cómo se llamaba?

Margaret observó las iniciales del botón.

—Aaron Whitmore.

En la cama, Clara abrió los ojos.

—Ese era su nombre —susurró.

Ethan se acercó.

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—¿De quién?

—Del hombre que tenía tu rostro.

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