capítulo 12 - El contrato firmado con sangre

Cassandra había utilizado un poder notarial preparado meses antes.
El documento supuestamente llevaba la firma de Margaret y le otorgaba autoridad para vender las acciones en caso de incapacidad.
—Nunca firmé eso —dijo la anciana.
—El notario afirma lo contrario.
El notario, George Harlan, participaba mediante videollamada.
Confirmó que Margaret había firmado en su presencia.
Audrey observó el documento.
La firma parecía perfecta.
Pero la fecha correspondía al día en que Margaret había asistido a una operación benéfica en Nueva York.
Existían fotografías, videos y registros de vuelo.
—Podría haber firmado por la mañana —argumentó Cassandra.
Margaret examinó el papel.
Después sonrió.
—Esta no es mi firma.
—Todos pueden verla.
—Imitaste la forma, pero utilizaste tinta negra.
Durante toda su carrera, Margaret firmó documentos corporativos únicamente con tinta verde. Era una costumbre iniciada cuando fundó la empresa.
Los contratos originales de cuatro décadas confirmaban el patrón.
George Harlan terminó la videollamada abruptamente.
La policía localizó su despacho.
Estaba vacío.
Harrison intentó abandonar la sala.
Dos agentes bloquearon la puerta.
Pero el fondo comprador ya había transferido el primer pago.
Doscientos millones de dólares habían sido enviados a una cuenta de garantía controlada por una empresa en las Islas Caimán.
—¿Quién controla esa cuenta? —preguntó Audrey.
Cassandra no respondió.
Margaret la miró con tristeza.
—No preparaste una venta empresarial. Preparaste una fuga.
Audrey recordó los mensajes encontrados meses antes.
Cassandra había comprado una propiedad en Montenegro y solicitado pasaportes mediante otra identidad.
El acuerdo no buscaba salvar la empresa.
Buscaba permitir que ella y Harrison huyeran con el pago inicial antes de que se descubriera el fraude.
Los agentes se acercaron.
Cassandra levantó una mano.
—Antes de arrestarme, deberían preguntarse dónde está el único testigo capaz de demostrar quién falsificó la firma.
—¿George Harlan? —preguntó Audrey.
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Cassandra sonrió.
—Está esperando una llamada. Si no la recibe en diez minutos, desaparecerá para siempre.