Chapter 7 - La novia que escribió sus propios votos

El órgano comenzó a tocar.
Victoria caminó por el pasillo central sin padre, sin familia y sin una sola persona a quien necesitara realmente. Los invitados se levantaron. Algunos eran amigos de la alta sociedad; otros, ejecutivos que querían observar de qué lado quedaría el poder cuando terminara la ceremonia.
Caroline se sentó en la primera fila, entre dos hombres de Victoria que fingían ser asistentes. Adrian permaneció ante el altar. La caja de acero descansaba junto al reclinatorio.
El sacerdote abrió el libro.
—Estamos reunidos para celebrar la unión de Adrian Halstead y Victoria Vale.
Victoria le entregó una tarjeta.
—Usará estos votos —dijo.
El sacerdote palideció al leerla.
Adrian bajó la voz.
—¿También lo amenazaste?
—Su hijo tiene deudas. Yo solo ofrecí una solución.
La ceremonia continuó. Mientras tanto, Grant recibió un mensaje cifrado: Saint Agnes estaba vacía. El equipo federal había encontrado la silla de ruedas de Evelyn, medicamentos y un video preparado para simular su presencia.
Noah llamó a su teléfono.
Grant respondió con el auricular oculto.
—La imagen era falsa —susurró el niño—. Creemos que la señora Evelyn está cerca de la iglesia. En el video se oye la misma campana que acaba de sonar durante la ceremonia.
Grant miró hacia arriba. Saint Aster compartía un antiguo túnel con el convento abandonado de la manzana contigua.
—¿Cómo saben que no es una grabación?
—La campana suena dos veces en ambos audios y después se oye un tren. La línea subterránea pasa debajo de la iglesia cada siete minutos.
Maya tomó el teléfono.
—Está debajo de nosotros.
Grant envió la información a Ruiz.
Victoria se acercó al micrófono.
—He escrito mis propios votos porque nuestra historia no ha sido común —dijo, mirando a las cámaras—. Adrian, prometo proteger tu nombre cuando otros intenten mancharlo. Prometo cuidar de tu familia, incluso cuando no pueda cuidarse a sí misma. Y prometo perdonar las decisiones que tomaste bajo la influencia de personas interesadas.
Cada frase estaba diseñada para presentar a Adrian como inestable y a Victoria como su salvadora.
Le entregaron la tarjeta a él.
“Yo, Adrian Halstead, reconozco que mis recientes acusaciones fueron producto del agotamiento y la confusión. Confío plenamente en Victoria Vale para proteger mis intereses personales y empresariales”.
Adrian levantó la vista.
—No leeré esto.
Victoria mantuvo la sonrisa para las cámaras.
—Entonces tu abuela recibirá una dosis que no podrá soportar.
—Primero quiero verla en directo.
—Después de tus votos.
—No.
El sacerdote dio un paso atrás.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Victoria tomó la mano de Adrian con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en su piel.
—Lee la tarjeta.
Caroline se puso de pie.
—Déjalo.
Uno de los hombres a su lado la obligó a sentarse.
—No conviertas esto en algo vulgar —dijo Victoria—. Ya hiciste suficiente daño huyendo como una cobarde.
Caroline levantó el mentón.
—Me fui porque tu mentor intentó matarme.
—Tu esposo intentó matarte. Yo solo aprendí de él.
El broche oculto transmitió cada palabra.
En la casa segura, Noah pulsó el botón de emisión pública. La imagen comenzó a enviarse a una cuenta anónima. Sin embargo, la señal se cortó a los pocos segundos.
—Nos bloquearon —dijo Maya.
Un agente revisó el router.
—Alguien está interfiriendo desde fuera.
Las luces de la casa segura se apagaron.
Noah sintió el mismo miedo que en el pasillo de la mansión.
—Victoria sabe dónde estamos.
Una ventana se rompió. Los agentes sacaron sus armas. Elena llevó a los niños hacia una habitación interior, pero un cilindro metálico rodó por el suelo y comenzó a liberar humo.
—¡Máscaras! —gritó un agente.
Elena cubrió las caras de Noah y Maya con una manta húmeda. La puerta trasera explotó. Hombres vestidos de negro entraron. Hubo gritos, golpes y disparos contra el techo.
Un paño cubrió la boca de Elena.
Lo último que vio fue a Maya arrastrando a Noah debajo de una mesa.
En la iglesia, Grant recibió una alerta y perdió el color del rostro.
—Atacaron la casa segura.
Adrian se volvió hacia él.
—¿Elena y los niños?
—No responden.
Victoria sonrió.
—Tu familia improvisada ha resultado ser una distracción muy útil.
Adrian dio un paso hacia ella.
Grant sacó su arma y la apuntó contra él.
Los invitados gritaron.
—Entrégame la caja —ordenó Grant.
Adrian lo miró con incredulidad.
—¿Qué haces?
—La caja.
Victoria extendió la mano.
—Sabía que elegirías correctamente, Grant. Simon mantendrá viva a tu hermana.
Grant tomó la caja de acero y se la entregó.
Caroline cerró los ojos, como si una última esperanza acabara de desaparecer.
Victoria abrió la caja. Vio los libros y sonrió.
—Por fin.
Pero al retirar el primer volumen descubrió cables y un dispositivo luminoso.
—¿Qué es esto?
—Una baliza —respondió Grant.
Giró el arma y apuntó a los dos hombres que custodiaban a Caroline.
—FBI. Suelten a la señora Halstead.
Las puertas laterales se abrieron. Agentes federales entraron en la iglesia.
Victoria dejó caer la caja.
—Traidor.
—No —dijo Grant—. Solo tardé demasiado en dejar de obedecerte.
Uno de los hombres lanzó una granada de humo. Los invitados corrieron hacia las salidas. En medio del caos, Victoria agarró a Caroline y le puso un cuchillo en el cuello.
—Todos atrás.
Simon Mercer apareció detrás del altar con una pistola. Había permanecido oculto en la sacristía.
—Vamos —ordenó.
Victoria arrastró a Caroline hacia una puerta subterránea. Simon disparó contra una lámpara y los cristales cayeron sobre el pasillo, obligando a los agentes a cubrirse.
Adrian corrió detrás de ellos.
Descendieron por una escalera de piedra hasta los túneles bajo la iglesia. Allí encontró la silla de ruedas de Evelyn, vacía, y un teléfono reproduciendo su imagen.
—¡Mamá! —gritó.
La voz de Victoria llegó desde la oscuridad.
—Ahora tienes que elegir, Adrian. Tu madre o los hijos de Elena.
Una pantalla se encendió en la pared. Mostraba a Elena, Noah y Maya dentro de una habitación con azulejos verdes. Estaban atados a sillas. Detrás de ellos ardía una pequeña llama.
Simon apareció junto a la pantalla.
—El edificio está preparado para incendiarse —dijo—. Tienes quince minutos para entregarnos la verdadera ubicación de los libros originales.
Adrian lo miró.
—Victoria ya tiene la caja.
Simon rio.
—Victoria tiene papel falso. Ambos lo sabíamos.
Victoria giró lentamente hacia él.
—¿Ambos?
Simon apuntó también contra ella.
—Lo siento, querida. Nunca pensé compartir la empresa contigo.
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Por primera vez, Victoria parecía realmente sorprendida.
El hombre que había sido su socio durante años acababa de convertirla en otra rehén.