Chapter 2 - El collar que apareció en un bolsillo vacío

La policía no llegó aquella noche.
Victoria convenció a Adrian de que llamar a las autoridades sin saber qué contenía el frasco podía destruir la reputación de la familia y poner nerviosa a Evelyn. Él no cedió del todo, pero aceptó enviar la sustancia a un laboratorio privado de confianza. Mientras tanto, ordenó que una enfermera independiente permaneciera con su abuela y prohibió a Victoria acercarse a sus medicamentos.
La fiesta terminó sin anuncio de boda. Los invitados salieron murmurando y los periodistas publicaron fotografías de Victoria con el maquillaje impecable y una expresión de hielo.
A las dos de la madrugada, Adrian llevó a Noah y Maya al hospital. Elena Reyes estaba despierta, conectada a una vía intravenosa. Tenía el rostro cansado y una venda en la frente.
—Mamá —gritó Maya.
Los niños se lanzaron sobre ella. Elena los abrazó con fuerza y después miró a Adrian.
—¿Qué pasó?
—Victoria los agredió —respondió él—. Y ellos vieron algo relacionado con mi abuela.
Elena cerró los ojos durante un segundo.
—Sabía que esto ocurriría.
—¿Qué sabía?
Ella miró a sus hijos.
—No aquí.
A la mañana siguiente, Elena recibió el alta. Adrian insistió en alojarla con los niños en una casa de huéspedes dentro de la propiedad, lejos del ala principal. Victoria protestó.
—Esa mujer debería ser despedida —dijo durante el desayuno—. Sus hijos han inventado una historia ridícula y ahora actúas como si fueran víctimas.
—Lo son.
—No tienes pruebas.
—Tengo las marcas en el brazo de Noah.
Victoria bebió café con calma.
—Se golpeó solo contra la pared cuando intenté detenerlo.
Adrian dejó el tenedor.
—No vuelvas a mentirme de manera tan obvia.
Ella sonrió sin humor.
—¿Y tú no vuelvas a mirarme como si fuera una criminal por culpa de una criada resentida.
—Elena lleva años trabajando para mi familia.
—Precisamente. Sabe demasiado sobre nuestros horarios, nuestras cuentas y nuestras debilidades. ¿Nunca te has preguntado por qué sigue aquí pese a que le pagamos mucho más de lo normal?
Adrian no respondió.
A media mañana, un grito atravesó la mansión.
Victoria apareció en el vestíbulo sosteniendo un estuche vacío.
—¡Mi collar de zafiros ha desaparecido!
Era una pieza famosa, valuada en más de ochocientos mil dólares. Había pertenecido a una princesa europea y Victoria pensaba usarlo durante el anuncio de boda.
El jefe de seguridad, Grant Cole, cerró todas las salidas. Revisaron al personal, registraron la cocina y comprobaron las cámaras. Una de ellas mostraba a Noah entrando brevemente en el salón de vestir la noche anterior.
—Entré porque escuché a Maya llamarme —explicó el niño.
—Tu hermana estaba en la biblioteca —dijo Grant.
—La voz venía del teléfono de la señora Victoria. Lo dejó sonando.
Victoria se llevó una mano al pecho.
—¿Ahora afirma que lo atraí a mi habitación?
Adrian observó la grabación. La cámara del pasillo funcionaba, pero la del interior del salón había dejado de grabar durante exactamente siete minutos.
—¿Quién tiene acceso al sistema? —preguntó.
—Yo, dos supervisores y la señora Vale —respondió Grant—. Ella pidió acceso después de que desapareciera una pulsera hace tres meses.
Victoria lo miró con furia.
—¿Me estás acusando?
—Solo respondo.
Registraron la casa de huéspedes. Elena se negó a que revisaran a los niños sin Adrian presente. Cuando él llegó, Noah vació sus bolsillos por voluntad propia: una canica, dos monedas, un trozo de cuerda y una llave pequeña.
No había collar.
Grant revisó el abrigo gris que el niño había usado durante la fiesta. De uno de los bolsillos interiores sacó el collar de zafiros.
Maya dejó escapar un grito.
—¡Eso no estaba ahí!
Victoria permanecía junto a la puerta.
—Qué sorpresa —dijo—. El pequeño héroe resultó ser un ladrón.
Noah negó con la cabeza, pálido.
—Yo no lo tomé.
Elena se interpuso entre él y Grant.
—Alguien lo puso ahí.
—El abrigo estaba en esta casa —contestó Victoria—. Cualquiera de ustedes pudo esconderlo.
Adrian tomó el collar y examinó el broche.
—¿Cuándo lo usaste por última vez?
—Ayer, antes de la fiesta.
—Las fotografías muestran que llevabas diamantes, no zafiros.
Victoria parpadeó.
—Me cambié de opinión.
—Entonces el collar pudo desaparecer mucho antes de que Noah entrara en tu salón.
—¿De verdad vas a defenderlo después de encontrarlo en su bolsillo?
Adrian miró al niño.
—Noah, dime exactamente qué pasó cuando entraste.
—Escuché una voz que decía mi nombre. Venía del teléfono. Cuando entré, la señora Victoria estaba detrás de la cortina.
Todos se volvieron hacia ella.
—Eso es una mentira —dijo Victoria.
—Usted me preguntó qué había visto en el despacho de la señora Evelyn. Me ofreció dinero para decir que Maya inventó todo.
—¡Basta!
—Después escuchamos que venía gente y usted me dijo que saliera por la otra puerta.
Adrian se acercó a Victoria.
—¿Estabas en el salón con él?
—No.
—La cámara del interior dejó de funcionar durante siete minutos.
—Eso no prueba nada.
Maya tiró de la manga de Adrian.
—Señor, el collar tiene algo pegado.
En la parte trasera del zafiro central había una pequeña mancha oscura. Adrian la tocó con un pañuelo y percibió un olor dulce, parecido al de las almendras.
Elena palideció.
—Ese es el mismo olor que había en la lavandería antes de que me desmayara.
Grant dejó de tomar notas.
—¿Qué quiere decir?
—Encontré una bolsa de basura con guantes, jeringas y frascos vacíos. Pensé que eran desechos médicos de la señora Evelyn. Cuando intenté llevarla afuera, sentí mareos. Después no recuerdo nada.
Adrian miró a Victoria.
—¿Dónde está esa bolsa?
—No lo sé —respondió Elena—. Cuando desperté, había desaparecido.
Victoria se rio.
—Esto está convirtiéndose en una obra de teatro barata.
En ese momento, el teléfono de Adrian sonó. Era el laboratorio.
Se alejó unos pasos para contestar. Su rostro se volvió más duro con cada frase.
—¿Están seguros? —preguntó—. Envíen el informe y no hablen con nadie.
Colgó.
—El contenido del frasco no era un medicamento recetado —dijo—. Es un sedante experimental que puede causar debilidad muscular, pérdida de memoria y fallo respiratorio si se acumula.
Evelyn llevaba meses sufriendo exactamente esos síntomas.
Victoria no se movió.
—Alguien puso ese frasco en mi bolso.
—¿Y el collar en el bolsillo de Noah? —preguntó Elena—. ¿También lo puso alguien?
—Probablemente tú.
Elena dio un paso hacia ella.
—Yo estaba en una ambulancia.
Victoria alzó la barbilla.
—Entonces quizá tus hijos no sean tan inocentes como finges.
Noah comenzó a llorar en silencio. Adrian se agachó a su lado.
—Te creo.
El niño lo miró sorprendido.
—¿De verdad?
—Sí. Pero necesito que seas valiente una vez más. ¿Viste dónde guardó Victoria el frasco después de hablar contigo?
Noah pensó.
—No. Pero vi otra cosa. Ella abrió la caja fuerte detrás del espejo. Había muchos pasaportes. Todos tenían su fotografía, pero nombres diferentes.
La expresión de Victoria cambió por primera vez.
Grant se dirigió hacia la puerta.
—Revisaré la caja fuerte.
Victoria sacó un teléfono de su bolso.
—Nadie tocará mis pertenencias sin una orden.
Adrian extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—No.
—Victoria.
Ella retrocedió y pulsó un botón. En el piso superior sonó una alarma. Segundos después, una columna de humo comenzó a salir del salón de vestir.
—¡Fuego! —gritó alguien.
Todos corrieron hacia el pasillo.
Cuando Adrian llegó, la pared detrás del espejo estaba envuelta en llamas. La caja fuerte se encontraba abierta y vacía.
Victoria apareció detrás de él con lágrimas perfectas en los ojos.
—Alguien está intentando destruirme —susurró.
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Pero Noah, oculto detrás de Elena, vio una pequeña llave dorada colgando del brazalete de Victoria.
Era idéntica a la llave de la caja fuerte.