Chapter 4 - La voz escondida dentro del reloj

—¡Noah! —gritó Elena.
Corrió hacia la puerta cerrada, golpeándola con ambas manos. Adrian activó el panel de emergencia, pero el sistema no respondió. Grant utilizó una barra de hierro para levantar parcialmente la compuerta de acero.
Maya estaba agachada junto al reloj, llorando.
—Ella lo agarró —dijo—. Noah intentó impedir que se llevara la memoria y la señora Victoria lo arrastró por el pasillo secreto.
—¿Qué pasillo? —preguntó Adrian.
Maya señaló el espacio detrás del reloj. Al abrirse el compartimento, una parte de la pared se había desplazado. El hueco era lo bastante grande para que una persona pasara.
Adrian tomó una linterna.
—Grant, quédate con Elena y Maya. Yo voy por él.
—No irás solo —respondió Elena.
—Es peligroso.
—Es mi hijo.
No esperó permiso. Entró primero.
El corredor estrecho descendía entre las paredes de la mansión. Había sido construido durante la Prohibición para mover licor sin que los invitados lo vieran. Adrian conocía algunas entradas, pero no aquella.
Encontraron el teléfono de Victoria en el suelo. La pantalla mostraba un plano digital de la casa y un punto rojo moviéndose hacia el garaje subterráneo.
—Tiene otro dispositivo —dijo Adrian—. El teléfono es una distracción.
Más adelante escucharon la voz de Noah.
—¡Suélteme!
Elena corrió.
Llegaron a una sala de mantenimiento donde Victoria sujetaba al niño contra una tubería. En la otra mano tenía una jeringa.
—Un paso más y le inyecto lo mismo que recibió Evelyn —advirtió.
Elena se detuvo.
—No le hagas daño.
—Tu familia debió aprender a guardar silencio hace siete años.
Noah trató de morderla. Victoria presionó la aguja contra su cuello.
—Quieto.
Adrian levantó las manos.
—Déjalo ir. La memoria ya está copiada.
Victoria dudó.
—Mientes.
—Grant envió los archivos al fiscal antes de que se cortara la energía.
Era una apuesta. Adrian no sabía si Grant había tenido tiempo.
—Si eso fuera cierto, la policía ya estaría aquí.
—Las puertas están bloqueadas. No puedes saberlo.
Una sirena lejana comenzó a sonar fuera de la propiedad. Victoria miró hacia el techo.
Noah aprovechó la distracción y pisó su pie. Ella gritó. Elena se lanzó hacia el niño, mientras Adrian sujetaba la muñeca de Victoria. La jeringa cayó, pero ella sacó un pequeño cuchillo del muslo de su vestido.
—¡No me tocarás! —gritó.
Intentó clavárselo a Adrian. Él desvió el golpe y el cuchillo cortó su manga. Elena empujó a Noah detrás de una columna.
Victoria retrocedió hasta una puerta metálica.
—Todo esto era mío —dijo, respirando con dificultad—. La empresa, la casa, el futuro. Yo hice el trabajo que ustedes eran demasiado débiles para hacer.
—Drogaste a una anciana y atacaste a niños —respondió Adrian—. Eso no es poder. Es miedo.
Victoria abrió la puerta. Detrás había un túnel hacia el bosque.
—Nos veremos en el altar —dijo.
Activó una palanca. Vapor caliente salió de las tuberías, llenando la sala. Adrian perdió de vista su silueta. Cuando el aire se aclaró, ella había escapado.
La policía llegó diez minutos después. Encontraron un vehículo abandonado al final del túnel, pero ningún rastro de Victoria.
Simon Mercer también había desaparecido.
Evelyn fue trasladada a un hospital universitario. Los médicos confirmaron que había recibido dosis repetidas del sedante durante al menos cuatro meses. Podía recuperarse, pero necesitaría tiempo.
Noah no quería separarse de Elena. Aun así, insistió en entregar algo al detective principal.
—Ella buscaba esto —dijo.
Sacó la memoria USB de su calcetín.
—¿Cómo la conservaste? —preguntó Adrian.
—Cuando apagó las luces, la guardé aquí y dejé que se llevara la funda vacía.
Maya lo abrazó.
—Eres un loco.
—Pero un loco inteligente.
Por primera vez desde la noche anterior, Elena sonrió.
Los investigadores copiaron los archivos. Sin embargo, faltaba la carpeta principal. Estaba protegida por una contraseña y un sistema que borraría todo después de tres intentos fallidos.
La pista era una frase: “La hora en que una familia dejó de existir”.
Elena pensó en el reloj detenido a las 3:14.
Introdujeron 0314.
La carpeta se abrió.
Había pruebas de transferencias ilegales por más de doscientos millones de dólares, contratos falsos y expedientes médicos alterados. Victoria y Simon habían utilizado identidades de pacientes fallecidos para mover dinero entre clínicas privadas. También aparecía una lista de accionistas a quienes pretendían declarar incapaces.
El nombre de Evelyn estaba marcado en rojo.
El de Adrian aparecía debajo.
—¿Yo? —preguntó.
Un detective abrió un documento titulado “Fase dos”. El plan indicaba que, después de la boda, Adrian sufriría un supuesto colapso por agotamiento. Simon emitiría un diagnóstico psiquiátrico temporal y Victoria asumiría el control de sus acciones mediante un poder conyugal.
—No pensaba casarse contigo —dijo Elena—. Pensaba reemplazarte.
Adrian sintió náuseas.
Pero el archivo contenía algo todavía peor: un informe del accidente de Gabriel con fotografías nunca publicadas. Los frenos habían sido manipulados. En una imagen, tomada por una cámara de peaje, se veía el automóvil de Victoria siguiendo al de Gabriel minutos antes del choque.
Elena se sentó.
—Ella lo mató.
—Todavía necesitamos demostrar quién cortó los frenos —dijo el detective—. La imagen prueba que estaba cerca, no que causó el accidente.
Maya había permanecido junto al reloj portátil que los agentes habían llevado como evidencia. Tocó el marco y escuchó un clic.
—Hay algo más dentro.
El detective retiró una segunda tapa. Apareció un diminuto grabador de voz, antiguo pero intacto.
La última grabación era de Gabriel.
“Si están oyendo esto, significa que no pude volver. Simon sabe dónde están los libros originales. Victoria cree que los quemamos, pero existe una copia en el lugar donde enterramos a la mujer que nunca murió”.
El audio terminó.
Adrian miró a Elena.
—¿Quién es la mujer que nunca murió?
Elena negó con la cabeza.
Evelyn, desde la cama del hospital, escuchó la grabación por videollamada. Su rostro cambió.
—Yo sé quién es —susurró.
—¿Quién, abuela?
Evelyn cerró los ojos.
—Tu madre.
Adrian se quedó inmóvil.
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Su madre, Caroline Halstead, había muerto hacía dieciocho años.
O al menos eso era lo que toda la familia creía.