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Chapter 3 - La criada que recordaba otro apellido

Los bomberos controlaron el incendio antes de que alcanzara el techo. El informe preliminar indicó que había comenzado dentro de la caja fuerte, probablemente por un dispositivo incendiario de activación remota. No encontraron pasaportes, solo cenizas y fragmentos metálicos.

Victoria insistió en que era víctima de una conspiración.

—Primero ese frasco, después el collar y ahora esto —dijo ante dos detectives—. Elena quiere dinero. Lleva años obsesionada con la familia Halstead.

Adrian escuchaba desde el otro lado del salón.

—¿Por qué estaría obsesionada?

Victoria fingió dudar.

—Pregúntale por su esposo.

Elena se tensó.

—Mi esposo murió hace siete años.

—No hablo de eso. Hablo de quién era antes de llamarse Gabriel Reyes.

Maya miró a su madre.

—¿Qué quiere decir?

Elena apretó los labios.

Adrian pidió a los detectives que se retiraran unos minutos. Cuando quedaron solos, cerró las puertas de la biblioteca.

—Elena, necesito la verdad completa.

Ella contempló a sus hijos. Noah aún tenía la marca del brazo y Maya se aferraba a su cintura.

—Gabriel no nació con el apellido Reyes —dijo al fin—. Se llamaba Gabriel Mercer.

Adrian frunció el ceño.

—¿Mercer, como el doctor de mi abuela?

—Era su hermano menor.

Victoria soltó una risa triunfal.

—Por fin.

Elena la ignoró.

—Gabriel trabajó como contador para Halstead Global. Descubrió transferencias ilegales a compañías fantasma. Le dijo a su hermano, el doctor Simon Mercer, que iba a informar al consejo. Dos semanas después murió en un accidente de automóvil.

—El informe dijo que conducía ebrio —respondió Adrian.

—Gabriel no bebía. La policía encontró una botella abierta en el vehículo, pero no había alcohol en su sangre. Yo intenté reabrir el caso. Nadie quiso escucharme.

—¿Por qué cambió de apellido?

—Porque antes de morir recibió amenazas. Pensó que alguien dentro de la empresa quería silenciarlo. Adoptó el apellido de mi padre para protegernos.

Victoria se cruzó de brazos.

—Una historia conveniente.

Elena se volvió hacia ella.

—Tú trabajabas en relaciones públicas de la empresa durante aquel tiempo. Fuiste la última persona que llamó a Gabriel la noche del accidente.

Adrian la miró.

—¿Es cierto?

—Hablaba con cientos de empleados.

—No era una empleada cualquiera. Gabriel tenía documentos sobre cuentas controladas por ti.

Victoria se acercó a Elena.

—Ten cuidado. Acusar a alguien de asesinato sin pruebas puede costarte más de lo que tienes.

—Ya me costó a mi marido.

Noah abrió la mano. Mostró la pequeña llave que llevaba en el bolsillo desde la noche anterior.

—Papá me dio esto antes de morir.

Elena lo miró con sorpresa.

—Pensé que la habías perdido.

—La guardé porque dijiste que era lo último que tenía de él.

La llave era de acero, pequeña y antigua. Llevaba grabado el número 314.

Adrian la examinó.

—¿Sabes qué abre?

—No —respondió Elena—. Gabriel dijo que, si algo le ocurría, debía buscar “donde el tiempo no se mueve”. Creí que hablaba de un banco, pero ninguna sucursal reconoció la llave.

Maya señaló el reloj de pie de la biblioteca. Era una pieza del siglo XIX que llevaba años detenido a las tres y catorce.

—Ese reloj siempre marca 3:14.

Todos se volvieron.

Victoria dio un paso hacia la puerta.

—Esto es ridículo. Tengo una entrevista con mi abogado.

Adrian bloqueó la salida.

—Te quedarás.

Grant retiró el panel trasero del reloj. Detrás del mecanismo había una cerradura diminuta. La llave de Noah encajó.

Un compartimento se abrió con un clic.

Dentro encontraron una memoria USB, una fotografía y un sobre sellado.

La fotografía mostraba a Gabriel junto a Adrian, ambos mucho más jóvenes, durante una ceremonia de la empresa. Detrás aparecía Simon Mercer. Y junto a él, sonriendo a la cámara, estaba Victoria.

En el reverso, Gabriel había escrito: “Si me ocurre algo, los tres conocen la razón. Uno intentó ayudarme. Dos eligieron el dinero”.

Adrian sintió un nudo en el estómago.

—¿Cuál de nosotros intentó ayudarlo?

Elena abrió el sobre. Había una carta dirigida a ella.

“Lena: Simon ha cambiado. Victoria le paga para alterar diagnósticos y conseguir firmas de pacientes vulnerables. Descubrí que el próximo objetivo es Evelyn Halstead. Ella conserva acciones con poder de veto sobre una venta que Victoria quiere cerrar. Si Evelyn queda incapacitada, Adrian podrá votar en su nombre. Si Victoria controla a Adrian, controlará la empresa. Confía en el reloj. No confíes en la sangre”.

Adrian terminó de leer con la respiración contenida.

—Esta carta tiene siete años. Victoria ya planeaba acercarse a mí entonces.

Victoria permanecía inmóvil.

—Es una falsificación.

—Gabriel murió tres meses antes de que tú y yo nos conociéramos —dijo Adrian—. ¿Cómo sabía que intentarías controlarme?

—No lo sabía. Elena escribió esto después.

Grant conectó la memoria USB a una computadora sin acceso a internet. Había archivos contables, fotografías de contratos y grabaciones de audio.

Una voz masculina, identificable como la de Simon Mercer, decía: “La dosis debe ser baja. No queremos matarla, solo confundirla”.

Luego se escuchó a Victoria.

“Cuando Evelyn firme la transferencia, Adrian podrá creer que su abuela empeoró por la edad. Después de la boda, no importará lo que descubra”.

El audio tenía fecha de seis semanas atrás.

Maya se tapó la boca.

Adrian miró a Victoria. Algo en su rostro se quebró, pero no era tristeza. Era la última parte de la confianza que todavía le quedaba.

—¿Cuánto tiempo llevas drogando a mi abuela?

Victoria respiró lentamente.

—No sabes lo que estás escuchando.

—Escucho tu voz.

—Las grabaciones pueden manipularse.

—También los medicamentos, las cámaras y los niños, al parecer.

Ella lo miró con desprecio.

—Te di una vida. Antes de mí eras un hombre solitario escondido detrás de reuniones y aviones privados. Yo convertí tu apellido en algo admirado.

—Mi apellido ya era conocido.

—Era viejo. Yo lo hice poderoso otra vez.

Elena intervino.

—Lo único que hiciste fue buscar una familia rica con suficientes heridas para no notar las tuyas.

Victoria la abofeteó.

El sonido resonó en la biblioteca.

Adrian la sujetó de la muñeca antes de que pudiera golpearla de nuevo.

—Se acabó.

Victoria intentó soltarse.

—Quítame las manos de encima.

—Grant, llama a la policía.

El jefe de seguridad sacó el teléfono, pero la pantalla quedó negra. Al mismo tiempo, todas las luces de la mansión se apagaron.

Una voz automática anunció desde los altavoces:

—Sistema de seguridad bloqueado. Protocolo de emergencia activado.

Las puertas de acero contra incendios descendieron sobre las salidas.

Victoria sonrió en la oscuridad.

—¿De verdad creíste que llevaba siete años preparándolo todo sin pensar en una salida?

Se escuchó un golpe, después un grito de Maya.

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Cuando las luces de emergencia se encendieron, Victoria había desaparecido.

Y Noah también.

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