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Chapter 1 - Los gritos en el pasillo de mármol

La mansión Halstead brillaba aquella noche como una joya clavada en la colina más cara de Connecticut. Ciento veinte invitados recorrían los salones bajo candelabros franceses, una orquesta tocaba junto a las puertas del jardín y los camareros avanzaban en silencio con bandejas de champán. Todo debía ser perfecto porque Victoria Vale iba a anunciar su boda con Adrian Halstead, el heredero de una fortuna construida con hoteles, hospitales privados y propiedades en tres continentes.

Pero en el pasillo de servicio, lejos de las cámaras y de las sonrisas, dos niños lloraban.

Noah Reyes, de diez años, apretaba la mano de su hermana Maya, de ocho. Ambos vestían camisetas sencillas y jeans gastados. Su madre, Elena, trabajaba como ama de llaves en la mansión desde hacía seis años. Aquella tarde había sufrido un mareo y una ambulancia se la había llevado al hospital. Victoria había ordenado que los niños esperaran en la cocina hasta que terminara la fiesta.

Ellos obedecieron hasta que escucharon un golpe en el despacho de la señora Evelyn Halstead, la abuela de Adrian.

—Solo quería ver si estaba bien —sollozó Noah.

Victoria se inclinó hacia él. Llevaba un vestido blanco cubierto de cristales y una sonrisa que jamás aparecía cuando no había testigos importantes.

—No mientas —dijo—. Entraste en una habitación privada y tocaste cosas que no te pertenecen.

—No tocó nada —intervino Maya—. Usted estaba poniendo algo en el vaso de la señora Evelyn.

El rostro de Victoria se endureció.

—¿Qué dijiste?

Maya retrocedió, pero no soltó la mano de su hermano.

—Vimos el frasco. Noah dijo que olía raro. La señora Evelyn no quería beber y usted la obligó.

Victoria miró a ambos lados del pasillo. No había empleados. La música del salón principal cubría cualquier ruido.

—Escúchenme bien, pequeños parásitos —susurró—. Su madre vive bajo este techo porque yo lo permito. Come porque yo lo permito. Si vuelven a acusarme de algo, mañana estarán durmiendo en la calle.

Noah se puso delante de Maya.

—No le hable así.

Victoria soltó una risa breve.

—¿Crees que puedes darme órdenes en mi propia casa?

Lo agarró del brazo. Noah intentó soltarse y ella lo empujó contra la pared. Maya gritó y corrió hacia su hermano, pero Victoria la apartó de un tirón.

—¡Victoria!

La voz masculina atravesó el corredor.

Adrian Halstead estaba de pie bajo el arco de madera oscura, todavía con el abrigo puesto. Había regresado de Londres dos días antes de lo previsto. Alto, de traje gris y expresión contenida, parecía más peligroso cuando hablaba en voz baja que cuando levantaba la voz.

Victoria soltó el brazo de Noah.

—Adrian, cariño. No sabes lo que hicieron.

Él observó la marca roja en la muñeca del niño y las lágrimas de Maya.

—Sé lo que acabo de ver.

—Se metieron en el despacho de tu abuela. El niño intentó robar una pieza de plata y la niña me insultó. Solo trataba de mantener el orden.

—No robé nada —dijo Noah.

Victoria lo señaló.

—¿Ves? Ni siquiera muestra respeto.

Adrian se acercó a los niños y se arrodilló para quedar a su altura.

—¿Dónde está su madre?

—En el hospital —respondió Maya—. Se cayó en la lavandería.

Adrian miró a Victoria.

—Me dijiste que Elena se había tomado la noche libre.

—Eso creí. Los empleados exageran cualquier malestar para evitar trabajar durante los eventos.

—Una ambulancia no suele llevarse a alguien por pereza.

Victoria cruzó los brazos.

—Ellos se lo buscaron, querido. Esos pequeños sirvientes creen que pueden faltarme al respeto en mi casa.

El silencio que siguió fue tan frío que Maya dejó de llorar.

—Esta no es tu casa —dijo Adrian—. Es la casa de mi familia. Y ningún niño que esté bajo este techo será llamado sirviente.

La sonrisa de Victoria desapareció.

—¿Vas a humillarme delante de ellos?

—Tú te has humillado sola.

Noah respiró hondo.

—Señor Halstead, vimos algo.

Victoria se giró con rapidez.

—Noah, basta.

—Déjalo hablar —ordenó Adrian.

El niño miró a su hermana antes de continuar.

—La señora Victoria tenía un frasco pequeño. Echó gotas en el té de la señora Evelyn. Ella dijo que no quería tomarlo, pero la obligó.

Victoria abrió mucho los ojos, como si la acusación la hubiera herido.

—Eso era su medicamento. Tu abuela está enferma, Adrian. ¿Ahora vas a creer a dos niños que entraron sin permiso en su habitación?

—Quiero ver el frasco.

—Lo tiré. Estaba vacío.

—Entonces quiero hablar con mi abuela.

—Está descansando. El doctor Mercer dijo que nadie debía molestarla.

Adrian pasó junto a ella, pero Victoria le bloqueó el camino.

—Tienes ciento veinte invitados esperando nuestro anuncio.

—Que esperen.

—Los periodistas también están aquí. Si desapareces ahora, convertirán esto en un escándalo.

—Si alguien ha estado drogando a mi abuela, el escándalo ya existe.

Victoria bajó la voz.

—Ten cuidado con lo que sugieres.

Adrian la miró durante varios segundos.

—Eso mismo iba a decirte.

Le pidió a uno de los guardias que acompañara a Noah y Maya a la biblioteca y que les llevara comida caliente. Luego llamó al hospital para preguntar por Elena. Mientras hablaba, subió las escaleras hacia las habitaciones privadas de Evelyn.

La puerta estaba cerrada.

Victoria apareció detrás de él.

—El doctor dejó instrucciones estrictas.

Adrian probó el picaporte.

—¿Desde cuándo se encierra a mi abuela por fuera?

Victoria no respondió.

Él tomó una estatua de bronce de una mesa y golpeó la cerradura. La madera cedió al tercer intento.

Evelyn Halstead estaba acostada en la cama, demasiado pálida, con una bandeja de té a su lado. Sus ojos se abrieron lentamente.

—Adrian —susurró—. Pensé que no volverías hasta el jueves.

Él se sentó junto a ella.

—¿Qué te han estado dando?

—Mis pastillas. Victoria se ocupa de todo.

—¿Te sientes peor después de tomarlas?

Evelyn trató de incorporarse, pero no pudo.

—Cada día estoy más cansada.

Adrian tomó la taza. En el fondo quedaba un sedimento blanquecino.

Victoria entró en la habitación.

—Esto es absurdo. Llamaré al doctor Mercer.

—Hazlo —dijo Adrian—. Y dile que traiga el expediente completo de mi abuela.

Evelyn miró a Victoria y después a su nieto.

—¿Qué ocurre?

Antes de que Adrian respondiera, Maya apareció en la puerta. Había escapado del guardia y sostenía algo entre los dedos.

—Señor Halstead —dijo—. Encontré esto en el suelo cuando ella empujó a Noah.

Era un pequeño tapón de metal. En la parte superior había una etiqueta azul con dos letras impresas: VX.

Victoria palideció.

Adrian tomó el objeto.

—¿Qué significa VX?

—No lo sé —respondió Victoria demasiado rápido.

Maya señaló el bolso de cristal que descansaba sobre una silla.

—El frasco estaba ahí.

Victoria corrió hacia el bolso, pero Adrian fue más rápido. Lo abrió y vació su contenido sobre la cama. Un teléfono, un lápiz labial, tarjetas de crédito y un frasco sin etiqueta cayeron sobre la colcha.

Evelyn soltó un gemido.

Adrian levantó el frasco.

—La fiesta terminó.

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Victoria lo miró sin pestañear. Luego, para sorpresa de todos, sonrió.

—No, querido —dijo—. La fiesta apenas acaba de comenzar.

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