Capítulo 9: La Visita y la Víbora

A las nueve de la mañana en punto, el timbre de la finca Sterling sonó con una estridencia que rompió la paz de la mañana. Marcus, el jefe de seguridad, abrió las grandes puertas de roble para dejar entrar a una mujer de mediana edad, vestida con un estricto traje gris y llevando un maletín metálico. Su placa la identificaba como la señora Higgins, supervisora senior de los Servicios de Protección Infantil del estado.
Higgins tenía la mirada escéptica de alguien que había visto lo peor de la humanidad. Las mansiones de los ricos no la intimidaban; sabía que detrás del mármol y las sedas a menudo se escondían los monstruos más crueles. Venía predispuesta. La rueda de prensa de Victoria Vane le había pintado la imagen de un padre narcisista y una niñera maquiavélica.
Ethan la recibió en el vestíbulo principal, vestido de manera informal pero impecable.
—Señora Higgins. Pase, por favor. No tenemos nada que ocultar.
La trabajadora social asintió fríamente y lo siguió hasta la gran sala de estar. Allí, Elena estaba sentada en la alfombra, armando un complejo rompecabezas de dinosaurios junto a Leo. La luz del sol entraba a raudales por los ventanales, iluminando una escena de domesticidad tan pura que a Higgins le costó conciliarla con el reporte que llevaba en su maletín.
—Hola —dijo Leo, levantando la vista, mostrando una sonrisa que iluminó su rostro a pesar del leve tono amarillento del hematoma que aún marcaba su mejilla izquierda—. ¿Vienes a jugar?
La expresión dura de la señora Higgins se suavizó imperceptiblemente. Se arrodilló a una distancia prudente.
—Hola, Leo. No, no vengo a jugar hoy. Vengo a charlar un ratito contigo. ¿Te gusta armar rompecabezas con tu niñera?
Leo frunció el ceño, confundido por la palabra. Miró a Elena y luego al trabajador social.
—Elena no es mi niñera. Es mi Elena. Ella hace los mejores panqueques y ayer me curó con hielo cuando me dolió la cara. Y mi papá me compró un perrito. Estamos haciendo el T-Rex.
Higgins sacó su libreta. Durante la siguiente hora, entrevistó a Ethan, a Elena y, con extrema delicadeza, a Leo. Hizo preguntas trampa, diseñadas para detectar signos de alienación parental o miedo condicionado. Buscó señales de que el niño estuviera repitiendo un guion ensayado. Pero los niños de seis años son pésimos mentirosos frente a un profesional experimentado.
Leo habló de cómo Victoria siempre le gritaba cuando su papá no estaba mirando. Habló de cómo le daba miedo acercarse a ella porque siempre olía a "perfume fuerte" y tenía las manos frías. Y habló, con una adoración genuina y abrumadora, de cómo su papá y Elena lo cuidaban.
Cuando la señora Higgins cerró su libreta, la tensión en sus hombros había desaparecido por completo. Se levantó y miró a Ethan a los ojos.
—Señor Sterling, he visto miles de casos en mi carrera. Sé distinguir un hogar abusivo de uno lleno de amor. La acusación de la señora Vane es evidentemente maliciosa y carente de cualquier fundamento. Cerraremos el expediente hoy mismo. Les pido disculpas por la intrusión, pero entenderán que el protocolo nos obliga.
—No hay nada que disculpar. Agradezco que proteja a los niños que realmente lo necesitan —respondió Ethan, estrechando la mano de la mujer.
Cuando la puerta se cerró tras la trabajadora social, Ethan y Elena compartieron una mirada de alivio tan profundo que parecía un abrazo físico. Habían ganado la primera batalla. Ahora, le tocaba a Victoria probar su propio veneno.
A la misma hora, en el exclusivo restaurante de un club privado en el centro de la ciudad, Victoria Vane brindaba con champán francés. Estaba sentada frente a su abogado, Arthur Vance, celebrando anticipadamente su victoria mediática. Los noticieros matutinos no paraban de repetir fragmentos de su llanto ensayado.
—Cincuenta millones, Arthur. Y pensar que hace unas semanas estaba dispuesta a conformarme con ser la esposa sumisa de ese imbécil —Victoria se rio, dando un sorbo a su copa—. A estas alturas, Ethan ya debe tener a los servicios infantiles respirándole en el cuello. Seguro que me llamará antes del anochecer para rogarme un acuerdo.
Vance asintió, cortando su filete de ternera.
—Es matemática pura, Victoria. Los hombres ricos odian los escándalos que involucran a sus herederos. Pagará. Y yo me llevaré mi treinta por ciento.
Antes de que Victoria pudiera responder, un camarero se acercó a la mesa, pero no llevaba comida. Llevaba una bandeja de plata y, sobre ella, un grueso sobre de color manila sellado con cera roja, el sello distintivo del bufete de abogados más despiadado del país.
El camarero dejó el sobre frente a Vance.
—De parte de la corporación Sterling, señor. Dijeron que era de extrema urgencia.
Vance frunció el ceño. Rompió el sello y sacó el fajo de documentos. A medida que sus ojos recorrían las líneas legales, el color abandonó su rostro por completo. El abogado palideció tanto que parecía a punto de sufrir un infarto.
—¿Qué pasa, Arthur? —preguntó Victoria, su sonrisa vacilando ante la expresión de terror puro de su abogado—. ¿Es el acuerdo de confidencialidad? ¿Cuánto ofrecen?
Vance dejó caer los papeles sobre la mesa. Le temblaban las manos.
—No hay acuerdo, Victoria. Es... es una contrademanda civil y penal. Por fraude premeditado, extorsión agravada e intento de perjurio.
Victoria soltó una carcajada nerviosa.
—¡Por favor! No tienen pruebas de nada de eso. Es solo una táctica para asustarnos.
—¡Tienen tus malditos registros bancarios! —escupió Vance, perdiendo por completo los modales de la alta sociedad—. ¡Tienen el rastro del dinero de los prestamistas que intentaste pagar usando las cuentas de Sterling! Saben que tus deudas te obligaron a casarte con él. Y peor aún... saben que no tienes ninguna prescripción médica de ansiolíticos. ¡Declaraste perjurio en cadena nacional frente a mí!
Victoria sintió que el champán se le convertía en ácido en el estómago. El salón del restaurante pareció empezar a dar vueltas.
—Además... —Vance tragó saliva, mirando horrorizado la segunda página—. Además, me acaban de enviar una notificación del colegio de abogados. Sterling ha contratado investigadores privados que descubrieron las transferencias ilícitas que hice el año pasado a un juez para cerrar el caso de otro cliente. Me van a quitar la licencia. Me van a meter en la cárcel.
Vance se levantó de un salto, tirando la silla hacia atrás. Dejó un billete de cien dólares sobre la mesa y miró a Victoria con asco y desesperación.
—Estás sola en esto, Victoria. Estás acabada. Y yo también por haberte escuchado. No me vuelvas a llamar.
El abogado salió corriendo del restaurante, dejando a Victoria sentada en medio del lujo que ya no le pertenecía. Su teléfono comenzó a vibrar frenéticamente sobre la mesa. Eran notificaciones de noticias de última hora. Abrió la pantalla con manos temblorosas.
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"EXCLUSIVA: LAS DEUDAS DE JUEGO DE LA FALSA MÁRTIR. SE REVELA EL OSCURO PASADO FINANCIERO DE VICTORIA VANE".
Victoria miró la pantalla, paralizada. Ethan Sterling no solo se había negado a rendirse; el dragón se había despertado y acababa de reducir todo su mundo a cenizas.