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El Reflejo Roto / Chapter 1 / 10

Capítulo 1: La Apariencia de la Perfección

El salón principal de la finca de la familia Sterling era una visión extraída de un cuento de hadas moderno. Cientos de rosas blancas colgaban del techo abovedado, el cristal de las inmensas lámparas de araña tintineaba suavemente con la brisa de los ventiladores ocultos, y un suave murmullo de expectación llenaba el aire. Ethan Sterling, un magnate de los bienes raíces y viudo desde hacía tres años, estaba a punto de casarse de nuevo. Para la alta sociedad de la ciudad, era el evento de la década. Para Ethan, era la promesa de un nuevo comienzo, una forma de darle a su hijo Leo, de apenas seis años, la figura materna que tanto necesitaba.

O al menos, eso era lo que Ethan quería creer.

En la suite nupcial del piso superior, Victoria se miraba en el inmenso espejo de cuerpo entero. Su vestido era una obra maestra de la alta costura: un diseño entallado con un escote pronunciado, cubierto de intrincados bordados de pedrería que brillaban como polvo de estrellas bajo las luces. En su cabello rubio, perfectamente recogido, descansaba una tiara de diamantes que le daba el aire de la realeza que siempre había creído merecer. Victoria era hermosa, gélida y meticulosamente calculada. Había pasado los últimos dos años moldeándose a sí misma para ser la esposa perfecta para Ethan Sterling. Había soportado las aburridas cenas de negocios, había sonreído ante las cámaras de los paparazzi y había fingido un interés maternal que estaba muy lejos de sentir.

El único obstáculo en su camino hacia la vida perfecta, la cuenta bancaria ilimitada y el estatus social indiscutible, era Leo.

—Respira, Victoria. Hoy es tu día —murmuró para sí misma, ajustando el velo de tul que caía por su espalda—. Nadie te va a quitar esto.

Un golpe suave en la puerta interrumpió su momento de auto-admiración. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió ligeramente. Era Elena, la niñera y empleada de mayor confianza de la casa Sterling. Elena llevaba su impecable uniforme oscuro con delantal blanco, el cabello negro recogido en un moño severo, pero con unos ojos cálidos que contrastaban con su apariencia estricta. A su lado estaba Leo, vestido con un pequeño esmoquin negro que era una réplica exacta del que llevaba su padre.

—Señorita Victoria, disculpe la interrupción —dijo Elena, manteniendo la voz baja y respetuosa—. El fotógrafo quiere tomar unas fotos de usted con Leo antes de la ceremonia.

Victoria apretó la mandíbula, pero forzó una sonrisa deslumbrante, aunque sus ojos permanecieron fríos.

—Claro, Elena. Que pase el niño.

Leo entró en la habitación con pasos vacilantes. Era un niño tímido, de grandes ojos marrones que siempre parecían buscar la aprobación de los demás. Aún extrañaba a su madre, y aunque Victoria le compraba juguetes caros, Leo instintivamente sentía la barrera de hielo que la mujer ponía entre los dos cuando Ethan no estaba mirando.

—Te ves bonita, Victoria —murmuró el niño, jugueteando nerviosamente con el dobladillo de su chaqueta.

—Gracias, Leo —respondió ella, sin moverse ni un centímetro hacia él, aterrorizada de que el niño pudiera arrugar su vestido—. Por favor, quédate ahí parado. No toques nada. Tienes las manos... —Victoria hizo una pausa, mirándolo de arriba abajo con evidente disgusto— ... pegajosas. ¿Qué le diste de comer, Elena?

—Solo unas galletas, señorita. Le lavé las manos tres veces —respondió la niñera, dando un paso protector hacia el niño. Elena conocía la verdadera naturaleza de Victoria. Había visto las miradas de desdén, había escuchado los suspiros de fastidio cuando Leo quería jugar. Pero su deber era proteger al niño, y sabía que Ethan estaba ciego de amor.

—Pues lávaselas una cuarta vez —espetó Victoria, perdiendo un poco su fachada—. Este vestido cuesta más que tu salario de diez años. No voy a permitir que un accidente arruine las fotos para la revista Vogue.

Leo bajó la mirada, sus pequeños hombros hundiéndose. Elena le puso una mano reconfortante en la espalda.

—Vamos, cariño. Iremos a lavarnos las manos otra vez.

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Mientras la puerta se cerraba tras ellos, Victoria suspiró pesadamente y se volvió hacia el espejo. Pronto, pensó. Pronto Leo será enviado a un internado suizo exclusivo. Ethan sufrirá al principio, pero lo convenceré de que es lo mejor para la educación del niño. Y entonces, esta casa, esta vida, será solo mía.

En el piso de abajo, ajeno a las tensiones que se gestaban en la suite nupcial, Ethan recibía a los invitados. Se sentía nervioso, pero feliz. Miraba el gran piano de cola negro en el centro del salón, las flores, la bandeja de plata donde reposaban los anillos. Quería a Victoria. Creía que su ambición era solo empuje, y que su frialdad ocasional era timidez. Pensaba que con el tiempo, ella y Leo formarían un vínculo inquebrantable. Era el punto ciego de un buen hombre desesperado por reconstruir su familia. No sabía que estaba a punto de presenciar la verdadera cara del monstruo que estaba a punto de llevar al altar.

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