Capítulo 3: El Fin de la Farsa

El cerebro de Victoria tardó un segundo en procesar el peligro inminente. El velo de la rabia se levantó bruscamente, reemplazado por un pánico helado que le paralizó las venas. Miró a Ethan, intentando buscar una excusa, intentando volver a ponerse la máscara, pero era demasiado tarde. El cristal se había roto y los pedazos estaban esparcidos por todo el suelo.
Ethan no gritó de inmediato. Su respiración era pesada, sus puños estaban apretados a los costados con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Había visto toda la secuencia. Había visto a su hijo pequeño tropezar y buscar apoyo, y había visto a la mujer que iba a convertir en su esposa golpearlo con la fuerza suficiente para tirarlo al suelo.
La imagen de Leo llorando, aferrado al cuello de la niñera Elena, destrozó algo fundamental dentro del pecho de Ethan. Su instinto paternal, primitivo y feroz, tomó el control absoluto.
—Ethan... yo... —balbuceó Victoria, dando un paso hacia él, con los ojos llenos de lágrimas repentinas, lágrimas de miedo por haber arruinado su propio plan—. Él... él casi rompe el vestido, yo solo reaccioné por el estrés, yo no quería...
—¡Lárgate! —El grito de Ethan fue tan fuerte que hizo eco en las paredes del salón, haciendo que algunos invitados dieran un salto en sus sillas. No había rastro de piedad en su voz. Señaló la puerta principal con un brazo firme y tembloroso por la ira—. ¡Lárgate de mi vista ahora mismo!
Victoria retrocedió, con los ojos desorbitados, su pecho subiendo y bajando erráticamente. La corona de diamantes en su cabeza parecía ahora una burla macabra.
—Ethan, por favor, mi amor, estamos a punto de casarnos, los invitados... la prensa... no puedes hacerme esto. ¡Fue un accidente!
Ethan acortó la distancia entre ellos en dos zancadas. Su rostro estaba a escasos centímetros del de ella. Sus ojos oscuros ardían con un fuego que Victoria nunca había visto.
—Has tocado a mi hijo —dijo Ethan, su voz descendiendo a un susurro peligroso y letal, pronunciando cada palabra con una claridad aplastante—. Le has puesto una mano encima a mi sangre. No hay boda. No hay matrimonio. No hay nada entre nosotros, nunca más.
Victoria dejó escapar un sollozo ahogado. Se llevó las manos al rostro, dándose cuenta de que acababa de perder un imperio multimillonario en un arrebato de ira por una mancha de polvo.
Ethan se dio la vuelta, dándole la espalda por completo. Caminó hacia una pequeña mesa cercana donde descansaba una bandeja de plata, aquella destinada a las alianzas. Sin miramientos, Ethan se arrancó la rosa blanca que llevaba como boutonniere en la solapa de su esmoquin, la arrojó sobre la bandeja de plata con un sonido metálico sordo y se desabrochó el cuello de la camisa.
Ignoró a los invitados estupefactos, ignoró al padrino que intentaba acercarse, ignoró a Victoria que seguía llorando en el centro del salón. Caminó directamente hacia donde Elena seguía arrodillada, consolando al niño.
Ethan se dejó caer sobre una rodilla. Su rostro se suavizó instantáneamente al mirar a su hijo. Le acarició el cabello suavemente, notando la marca roja que se empezaba a formar en la mejilla del pequeño.
—Shhh, Leo, ya pasó. Papá está aquí. Nadie volverá a hacerte daño, te lo prometo.
Elena levantó la vista hacia Ethan. Había lágrimas en los ojos de la empleada, lágrimas de dolor por el niño al que amaba como propio, pero también de respeto hacia el hombre que finalmente había abierto los ojos.
—Llévalo a mi oficina privada, Elena. Quédate con él. No dejes que nadie entre —ordenó Ethan con suavidad, ayudando a la mujer a ponerse en pie con el niño en brazos.
—Sí, señor Sterling —respondió Elena con voz firme, acunando a Leo protectoramente.
Ethan se puso de pie, miró a su padrino y a los guardias de seguridad que estaban apostados cerca de las puertas.
—Cancelen todo. Que desalojen el salón. La fiesta se acabó.
Sin dirigirle una sola mirada más a Victoria, Ethan giró sobre sus talones y acompañó a Elena y a Leo hacia el pasillo trasero, dirigiéndose hacia las puertas del ascensor de servicio.
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En el salón principal, Victoria se quedó completamente sola. Rodeada de cientos de personas, pero más sola de lo que había estado en toda su vida. Los murmullos de la élite comenzaron a elevarse, los teléfonos móviles aparecieron grabando su humillación. Había soñado con ese día durante años. Había soñado con ser la reina de la mansión Sterling.
Ahora, parada en medio del mármol, con su vestido arruinado y su corona pesando sobre su cabeza vacía, Victoria se dio cuenta de que su ambición la había destruido. Y mientras las puertas del ascensor se cerraban al fondo del pasillo, ocultando a Ethan, a su hijo y a la mujer que realmente cuidaba de él, la verdadera historia apenas comenzaba.